La Navidad cabe en un libro

 

Tengo la certeza de que hoy el tiempo pasa más rápido que durante mi niñez y mi juventud. Llegó la Navidad y los niños juegan sin abrigo en el jardín frío y húmedo por el Norte que se avecina. No es la primera vez que este día me encuentra escribiendo y leyendo, buscando entre mis apuntes y recuerdos algo que contar sobre el misterio que estos días encierran. Nada se mueve excepto los árboles del fondo gris que alcanzo a distinguir lejanos como fantasmas exagerados. Los ruidos de los cuetes de la iglesia cercana mezclados con la estruendosa música de fiesta cesaron en la madrugada. Es la mañana, y un perro ladra a un motociclista que entrega comida rápida, poniendo un punto suspensivo al silencio.

Ayer cenamos sándwiches de pollo mi esposa y yo, acompañados con un vino blanco que estuvo a punto de convertirse en vinagre. Mientras veíamos una película sosa conversamos con cierta nostalgia del ayer cuando nos preparábamos para la fiesta y las expectativas de diversión nos colmaban de ansiedad. La comida y la cerveza estaban listas desde la tarde del 24 junto a una sucesión de risas, baile, recuerdos y relatos que duraban la noche y madrugada. El día de la Navidad nos levantábamos tarde para el recalentado que duraba varias horas, disfrutando de la sobremesa. Los niños corrían como muñecos de cuerda sin fin. Sentíamos el espíritu de la vida despreocupada sin pensar en las tareas pendientes. Ni en el tiempo.

La Navidad sosegada de hoy carece de ese espíritu. Nos refugiamos en el terreno conocido de nuestros vicios, defectos y escasas virtudes a las que nos aferramos. Extrañamos a los que se fueron por necesidad o por la ley de la vida. En un rinconcito en el fondo del comedor, hay varias veladoras encendidas en su memoria. En el año nuevo encenderemos otro par, una por el año que se fue y otra por el que viene, como lo manda la tradición familiar.

En estos días a mi hija se le ocurrió abrir la caja de los recuerdos. Entre fotos familiares y postales de lugares que me parece imposible hayamos visitado, encontró la carta de un joven de 20 años a su padre. Era yo y era otro, que en ese entonces estudiaba biología en la universidad y le contaba a mi padre lo que iba a hacer en el futuro. La carta, esmerada en la caligrafía, narraba entre reproches por los vicios y la falta de dinero, mi decisión de ser investigador sobre todas las cosas. O ya de perdida, decía, profesor, pero no cualquier profesor. Quería enseñar en la universidad. Sentí en esos pocos minutos de lectura un aluvión de emociones que en mis ojos parecía lloviznar. Recordé el camino que hacía en las noches frescas hacia el cuarto de estudiante en una ciudad extraña. Repasaba en la cabeza la clase de metabolismo que daba el profesor Moreira, un simpático argentino bastante preparado en bioquímica. Me hacía imaginar al fisiólogo Bernardo Houssay y a Luis Federico Leloir memorables investigadores argentinos que obtuvieron el premio Nobel en el siglo pasado. Repasaba también mis angustias por la tarea pendiente de inmunología y mi seminario de investigación sobre la diferenciación celular de los hongos mixomicetos. Tenía una ansiedad que casi se tragaba mis sueños. Mi memoria iba de un recuerdo a otro hasta el día en que hice el último examen de la carrera. Regresé a casa aquel año sin certezas y con el libro de John Womack, Zapata y la Revolución Mexicana en mis manos. Meses después estaba en un laboratorio de investigación como un aprendiz de las moléculas de la vida.

Cierro los ojos brevemente para sentir vivos los recuerdos y tocarlos con mis manos frías. Será otra Navidad mirando por la ventana y leyendo un libro voluminoso. Esta vez El Conde de Montecristo u otro cualquiera que espera en el librero. Estoy celebrando.

vgonzal@live.com

Foto: Redes sociales

Víctor Manuel González