

Los hechos son los hechos, y en su crudeza nos obligan a mirar más allá de las máscaras que el poder insiste en sostener. América Latina sigue siendo tratada como un laboratorio de ensayo, un territorio donde se prueban las fórmulas del saqueo y la obediencia, mientras las élites locales reproducen la misma violencia simbólica que dicen combatir. La precarización no es un accidente: es un sistema que nos condena a sobrevivir en la periferia de un mundo que se alimenta de nuestras materias primas y de nuestras vidas.
Las redes sociales, convertidas en trincheras de polarización, ya no son espacios de diálogo sino de espectáculo: ahí se mide la indignación en likes y se administra la rabia como mercancía. El ruido digital sustituye la reflexión, y la memoria colectiva se diluye en la fugacidad de un trending topic.
En este escenario, el liderazgo político y económico se reduce a administrar el miedo: miedo a perder el trabajo, miedo a migrar, miedo a disentir. Y mientras tanto, la deuda —esa palabra que se repite como un mantra— se convierte en la forma más sofisticada de dominación. Pagamos con nuestra energía, con nuestros cuerpos, con nuestra esperanza.
Los hechos son los hechos: seguimos siendo pueblos que resisten, que inventan formas de vida en medio de la devastación, que se aferran a la dignidad como último recurso. Y es ahí, en esa resistencia cotidiana, donde se abre la posibilidad de imaginar otro futuro. Porque si algo nos queda, es la certeza de que la historia no está escrita del todo, y que la voz de quienes han sido silenciados puede todavía torcer el rumbo de lo inevitable.
Tal vez se trata de imaginar otros futuros posibles, aunque la dificultad de hacerlo nos recuerde que toda utopía nace en medio de la incredulidad. Ursula K. Le Guin nos enseñó que incluso los sistemas más sólidos y aparentemente eternos pueden caer, como cayeron los reyes tras siglos de Edad Media. Hoy, el capitalismo y su padre, el colonialismo, se disfrazan de libertad, pero es una libertad peligrosa, tramada en los extremos que se muerden la cola y que convierten la polarización en espectáculo.
La culpa es sistémica porque no se trata de individuos aislados sino de engranajes que perpetúan la dominación. Las izquierdas que alcanzan el poder, atrapadas en la ecuación de la lealtad sobre la capacidad, terminan debilitando la esperanza de transformación. Y en ese vacío, las ultraderechas resurgen con fuerza, como si el fantasma del Plan Cóndor se reactivara bajo nuevas formas, recordándonos que la historia nunca se repite igual, pero siempre deja huellas de su violencia. Dicha operación militar tenía como objetivo perseguir, secuestrar, torturar y eliminar opositores políticos más allá de las fronteras nacionales. A través de redes de inteligencia compartida, durante las décadas de 1970 y 1098, se ejecutaron desapariciones forzadas, asesinatos y detenciones ilegales que afectaron a miles de personas. Los países que entonces participaron fueron Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia y Brasil, con apoyo logístico y político de Estados Unidos. ¿Les suena?

Hoy ese oscuro capítulo de Nuestra América se reconoce como un crimen de lesa humanidad, y su memoria es fundamental para entender cómo la violencia política puede articularse de manera transnacional. Evocar el Plan Cóndor es recordar que las ultraderechas no operan en aislamiento: se organizan, se apoyan y resurgen con estrategias que, aunque adaptadas a los tiempos actuales, conservan la misma lógica de control y exterminio.
Venezuela es el lamentable ejemplo de un país destrozado por una dictadura que sí lo es y unas elecciones que sí secuestraron. Donald Trump es un pedófilo fascista impune gracias a una nación que mantiene drogados a sus ciudadanos (con o sin sustancias) para que los genocidios y las invasiones imperiales e indefendibles sigan perpetrándose con el arbitrio del miedo y la evasión zombificada. La clave es el petróleo, claro, pero nadita de lo anterior es nuevo y hay que ver la aciaga polarización en redes para creer en lo que se ha convertido el mundo. No creo en supuestos análisis radicales o absolutos, en politólogos de ocasión ni en marxistas que no han leído bien a Marx.
Insisto: se trata de imaginar otros futuros sin la repetición de un 3 de enero, sólo por poner un ejemplo, exige reconocer estas trampas, desmontar las narrativas que nos condenan a la obediencia y abrir grietas en el muro de lo inexpugnable. Porque si algo nos enseña la memoria, es que ningún sistema es eterno y que la imaginación política puede ser la primera forma de resistencia.
Pero díganme ustedes, ¿qué tendríamos que imaginar? ¿Repúblicas abiertas al libre mercado que repiten las fórmulas del despojo? ¿Países que juran transformar, pero que reducen a su población a la dependencia de dádivas? ¿Territorios donde el Estado de Derecho no sea una consigna vacía, sino una práctica cotidiana donde nadie detiene a la pobreza ni al que tiene que migrar desesperado? ¿Colonias sometidas al consumo y a las barras y las estrellas, con todos accediendo supuestamente a una visa y muy pocos pudiendo viajar?
¿Qué queremos? ¿Quiénes somos como latinoamericanos? ¿Qué nos queda?
Nos queda la memoria de quienes resistieron, la dignidad de quienes no se rindieron, la imaginación como herramienta política y la certeza de que ningún sistema es eterno. Nos queda la posibilidad de inventar futuros que no estén dictados por el miedo ni por la deuda, sino por la solidaridad y la justicia. Nos queda la voz, aunque intenten silenciarla; nos queda el cuerpo, aunque lo precaricen; nos queda la comunidad, aunque la fragmenten. Nos quedan las pruebas de que las dictaduras son dictaduras, sean de derecha o de izquierda, da igual. De hecho, el 90 por ciento de lealtad y el 10 por ciento de capacidad del que se ufanan ciertos regímenes es un caldo de cultivo para que crezcan los parásitos de la ultraderecha que se convierten en monstruos por la culpa de la ineficacia de los dizque zurdos. Nos queda, también, comprobar que el régimen de Maduro operaba junto al Cartel de Sinaloa y este con el gobierno azteca. Los narcoestados versus los fascismos alarmantes, ¿qué se elige? Ambos han sembrado campos de exterminio.
No obstante, quizá ahí, en esa insistencia de seguir preguntando y de seguir imaginando, esté la clave: no aceptar lo inevitable como destino, sino como desafío. Porque los hechos son los hechos, sí, pero también lo es nuestra capacidad de soportarlos.

