

La sororidad la llevo marcada en el cuerpo, me ha costado comprenderla porque en realidad, este concepto va más allá de la solidaridad entre mujeres; representa un compromiso profundo de apoyo mutuo basado en experiencias compartidas y en la lucha colectiva contra las desigualdades de género. No es solo amistad o compañerismo: es una práctica consciente de empatía, colaboración y defensa de los derechos de las mujeres para construir un entorno más equitativo y justo para todas.
Sin embargo, la sororidad no significa callar los abusos de otras mujeres. Su esencia radica en la justicia, la equidad y el respaldo sincero, nunca en la complicidad ni en la omisión de conductas dañinas. El espíritu de la sororidad exige un compromiso con el bienestar de todas, promoviendo un entorno seguro y justo para todos.
El mundo de la ciencia, como muchas otras esferas de la sociedad, ha estado históricamente marcado por un sistema patriarcal que limita y obstaculiza la participación plena de las mujeres. Desde la invisibilización de nuestras contribuciones hasta la falta de apoyo y representación en roles de liderazgo, hemos enfrentado desafíos significativos. En este contexto, la sororidad no solo es un valor, sino un motor de cambio que impulsa la colaboración, el reconocimiento y la equidad de género.
Sin embargo, es importante señalar que no todas las mujeres comprendemos o compartimos el concepto de la sororidad. Algunas, inmersas en estructuras patriarcales o influenciadas por dinámicas de competencia impuestas, pueden no reconocer la importancia de este apoyo mutuo. Este es uno de los grandes retos para construir una verdadera cultura de sororidad: reconocer que la solidaridad es una práctica que se aprende y se cultiva, y que implica romper con patrones tradicionales que perpetúan la división y el aislamiento.
En la ciencia, la sororidad se materializa a través de redes de apoyo entre investigadoras, académicas y estudiantes. Estas redes crean espacios donde se comparten conocimientos, se visibilizan logros y se promueve el desarrollo profesional de las mujeres. Iniciativas como colectivos de científicas, programas de mentoría y conferencias específicas para mujeres en STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas) buscan acompañar a las participantes y fomentar un entorno de intercambio y crecimiento.
Esta solidaridad tiene un impacto directo en la calidad y diversidad de la producción científica. Estudios muestran que los equipos diversos no solo rinden mejor, sino que generan soluciones más creativas y eficaces. La sororidad en la ciencia no solo contribuye al bienestar de las investigadoras, sino que enriquece el desarrollo del conocimiento en su conjunto para todas las personas.

La sororidad también invita a reflexionar sobre la interseccionalidad, reconociendo que no todas las mujeres enfrentamos los mismos retos. Las mujeres de comunidades indígenas, afrodescendientes y otras minorías enfrentan barreras adicionales que deben ser abordadas desde una perspectiva inclusiva y equitativa. En este sentido, la sororidad debe ser consciente y activa, incluyendo y apoyando todas las voces en el ámbito científico.
La sororidad en la ciencia no es solo una herramienta de apoyo, sino una estrategia para transformar el ámbito académico y científico en un espacio más justo y colaborativo. Es un recordatorio de que, al alzar la voz por una, se alza por todas. Trabajando juntas, las mujeres no solo conquistamos más espacios, sino que redefinimos la manera en que entendemos y hacemos ciencia, con una visión más inclusiva y humana.
Nunca más la ciencia sin nosotras.

Científicas Mexicanas / Imagen cortesía de la autora

