Iván Illich y la cruzada contra el progreso

 

Iván Illich denunció y combatió las ideas ocultas detrás del desarrollo económico y el progreso rapaz del imperialismo capitalista. Cuyos objetivos son la acumulación de capital, expresados como mercado global y gobierno mundial. Así como la decadencia moral por la acumulación de bienes materiales, y la concentración morbosa de servicios. El acumular y tener por sobre el saber y el ser, parecieran entonces las dos caras de la moneda del mito progresista. La cara de la confianza en el avanzar del conocimiento, para entender la técnica y dominar la naturaleza como “amos del mundo” (Cf. Génesis 1:26-30). O bien, la cara de la reflexión crítica de Epimeteo (hermano de Prometeo), que nos previene por las desastrosas consecuencias de la ciega fe en el progreso. Pero estas reflexiones nos advierten también, que no es con el crecimiento de la inversión extranjera y el empleo, ni con la creación de un mercado global, controlado por las corporaciones transnacionales (como el petróleo de Venezuela), ni con el gigantismo burocrático del Estado del Bienestar, como lograremos conformar una conversación intercultural para lograr la convivialidad, que cultive el respeto y autonomía de las culturas y naciones, el apoyo mutuo y el fruto de la libertad creadora de la diversidad multicultural comunitaria.

La idea del progreso se encuentra profundamente enraizada en el curso de al menos tres mil años de Historia de la llamada Cultura Occidental, (grecorromana y judeocristiana, eurocentrista e imperialista, cientificista y escolarizada). Este criterio de antigüedad dista mucho de ser unánime entre los estudiosos del tema, ya que, por ejemplo: John Bury entre otros, niega la existencia de la idea del progreso en la Antigüedad Clásica, la Edad Media e incluso el Renacimiento, ubicando sus orígenes en la época Moderna. Mientras que otros, como Robert Nisbet, señalan los orígenes y evolución de la noción de progreso desde Homero y Hesíodo, pasando por Tales, Demócrito, Pitágoras, Heráclito, Parménides, Protágoras, entre otros. De prácticamente todos los pensadores del periodo presocrático (quizá sólo con la excepción de los más antiguos Homero y Hesíodo), solamente conocemos fragmentos, y estos aún en ocasiones, como referencias indirectas.

Me inclino por la postura de que la noción de progreso germina ya desde los orígenes de la antigüedad clásica, pues encuentro que además de los argumentos históricos, filosóficos y mitológicos esgrimidos por los autores que comparten esta posición, la idea del progreso se encuentra ligada a rasgos sicológicos profundos en la humanidad desde prácticamente nuestros orígenes culturales; pues la ambición de saber y la voluntad de poder son conductas generadoras de sendas prácticas constituyentes de los factores decisivos en la construcción histórica de la noción de progreso.

En La Odisea de Homero, se describe a los cíclopes, se les pinta como carentes de toda cultura, viven en un estado primitivo, no conocen la agricultura. Los cíclopes “ni siembran ni siegan” dice Homero, lo que nos revela una clara visión de evolución en la propia sociedad griega. Recordemos con atención que el origen mismo de los relatos homéricos es el resultado de al menos, cuatro centurias precedentes de tradición oral.

Pero es en Hesíodo (s. VIII a. C.) donde encontramos variados elementos que hablan de una concepción lineal evolutiva en orden ascendente, de la idea de progreso. La Teogonía es una de las primeras obras poéticas de la cultura griega que viene a ser como el Génesis del Antiguo Testamento Hebreo, pero ubicada en la mitología griega. En ella se narra el origen del Cielo, la Tierra y el Océano, así como el linaje de los dioses y héroes de la mitología griega, conservada y difundida hasta entonces por medios orales.

La Teogonía sirvió para fundamentar una tradición mitológica que permanece casi mil años a través de los autores latinos. A diferencia de los textos homéricos, la Teogonía está escrita para ser leída como una verdad revelada, como una revelación hecha al autor por las Musas del Monte Helicón; historias que forman la primera parte del libro. Los relatos de la Teogonía parecen escritos como una respuesta a la excesiva humanización de los dioses que se manifiesta en la precedente tradición homérica.

En ambas obras se hace referencia al mito del astuto titán Prometeo, quien roba el fuego a los dioses para entregarlo a los hombres desencadenando con esto, el progreso que se define como la evolución hacia estadios de mayor dominio sobre la naturaleza y entre los hombres, evolución que se puede lograr por medio del saber. A causa de ese fuego robado, dice el agraviado Zeus: “les enviaré un mal (Pandora) del que quedarán encantados, y abrazarán su propio azote”.

Y a la vuelta de casi tres milenios, en un periodo de movimiento pendular de la Historia nos encontramos encantados todavía con las consecuencias de ese hurto mitológico, que transformó la posición de los hombres en el cosmos. Muchos de nosotros, en consecuencia, de esta vieja tradición, nos abrazamos embelesados a los espejismos del progreso, aún ante la creciente evidencia de que el progreso nos conduce a esa fatal condición de ser la única especie con capacidad para el auto exterminio. Avanzar en la decadencia. Esta es mi definición del progreso moderno, dijo Nietzsche.

 

El mito de la Caja de Pandora. Foto: Depositphotos

Braulio Hornedo Rocha