Charles Bukowski: avaricia y miedo en la ciudad universal

 

Leer La enfermedad de escribir de Charles Bukowski, precisamente con motivo de su nacimiento el 16 de agosto de 1920, no deja de ser un ejercicio reflexivo acerca de la fuerza que tienen las palabras. Ya que, cuando Bukowski describe su vida en la ciudad de Los Ángeles, parece vaticinar una dinámica urbana que amenaza con establecerse como norma en todo el orbe. Efectivamente, Bukowski delinea un universo urbano dominado por la avaricia y el miedo; coordenadas donde la precariedad laboral se expresa a través de contratos inhumanos; la manera en la que viven las clases trabajadoras; el abandono de los espacios públicos, siempre dominados por la presencia de la basura; la delincuencia y el peligro de muerte, además de esa burocracia que desde las oficinas amenaza con vampirizar la vida de la gente; en fin, la nostalgia de tiempos mejores y la evidencia de que aquí, ante nosotros, todo se degrada. Por lo que, para Bukowski “Los Ángeles es una Cruz de la que colgamos como pequeños Jesucristos de mierda…”, quizá podríamos referir de este modo, los efectos degradantes de la lógica de las ciudades modernas.

De esta manera, su realismo de bajos fondos nos permite comprender la hermandad que une a las hordas de trabajadores que, a pesar de todo, liban sangre y tiempo en fábricas, comercios y oficinas por igual. Por si fuera poco, este cínico moderno retrata con la misma fuerza el dogma del consumo y su persistencia debido a que, incluso, en los hogares más miserables se compra eufóricamente cerveza, cigarrillos y cualquier tipo de porquerías. La hybris que puede verse en cada una de las líneas de este escritor maldito, es también una especie de furia que lleva al límite a sus personajes, hombres y mujeres que, debido a sus deplorables condiciones, se sumen en la espesa costra de la decadencia humana bajo la ambigüedad de quien es, a un tiempo, víctima y victimario, “Joder, mis personajes casi nunca evolucionan, están demasiado jodidos…A veces me gusta dejarlos tranquilos y no tengo nada que decir sobre ellos, apenas son unas pinceladas irregulares”, afirmaba en una carta escrita en 1979, definiendo la estructura narrativa de la degradación permanente o estacionaria, en la que sus personajes viven un infierno sin un atisbo de mejora.

Podemos hablar también de la extraña pareja que nos plantea Bukowski para comprender los arrabales, Thomas Hobbes y Benjamin Franklin, como las deidades liminares que marcan el feudo de los indeseables, entre los cuales habitó durante más de treinta y cinco años. Miedo a morir y ansias de consumo, los tristes márgenes de la narrativa humana en las ciudades universales. De esto habla en una carta a Patrick Foy, “Es demasiado tarde para arreglar los estragos causados por este juego monstruoso; hombres y mujeres, casi todo el mundo, enloquecerían de ira. Lo peor de todo es que el juego continúa y se ha vuelto más inhumano si cabe; se basa en la avaricia y el miedo…”.

A diferencia de Allen Ginsberg, el aullido de Bukowski había encontrado cobijo precisamente entre borrachos, prostitutas y vagos. El vio lo mejor de su generación entre ellos, en contraste, consideraba que lo peor se presentaba bajo la forma de profesores universitarios y de gente acomodada. Desde luego, se consideraba más revolucionario que sus críticos, alimentado por una especie de rebeldía ante cada una de las formas que la sociología estableció como los dogmas para acceder a la movilidad social. Era simple en su propuesta política, “…no soy un verdadero revolucionario, me limito a escribir palabras. Pero cambiar un gobierno por otro no me parece un gran avance. Hay que empezar por el individuo. Habría que cambiar el individuo que tenemos ahora por otro, y si nos es imposible entonces habría que remendar el que tenemos”. La ciudad universal se ha establecido y la monotonía de sus formas ha devastado la originalidad y la diversidad que, en otro momento, las caracterizaba. Sin embargo, la única vía que encuentra Bukowski ya entrado en años, es una especie de pedagogía política cercana a la propuesta clásica del humanismo.

Más allá de la calidad de su obra, tantas veces discutida, podemos referir la coherencia de sus personajes con un contexto que, silenciosamente y bajo la honestidad del sueño antiamericano, se hace dueño del universo revelándose como una auténtica pesadilla, a final de cuentas, sus palabras siguen siendo una realidad, por lo que muchos podemos suscribirnos bajo la mirada crítica de un escritor que, después de vivir intensamente la vida, afirma: “Si solo escribiese sobre las luces y nunca mencionara las sombras sería un impostor”.

Charles Bukowski. Cortesía del autor

  1. Nahuatlato, Profesor de Tiempo Completo en el Colegio de Morelos.

José Manuel