En Canis Pugnax hablaré de las ciudades, de la arquitectura, la pintura como expresiones estéticas que le dan forma; pero, también de sus lugares más sórdidos, de esta manera intentaré crear un registro que nos permita reflexionar en torno a las condiciones en las que vivimos. Mi referencia es prácticamente inmediata, pues como seres humanos nos abrimos a la existencia, efectivamente, a partir de la polis, la ciudad es el territorio del animal político, su hábitat. De tal modo, la ciudad y el espacio público que se habita es un manifiesto de las personas que le dan vida, a final de cuentas, una ciudad es también un triunfo o el fracaso de sus habitantes.

En esta primera entrega, hablaré de una película como Taxi driver (Scorsese, 1976). Claro, las ciudades son sinónimo de civilización, la máxima expresión de la vida en comunidad, y en este sentido Nueva York es, a todas luces, el mejor ejemplo de urbanidad en el país del norte, como la metrópoli es una ciudad de ciudades; sin embargo, la mirada de un director como Martin Scorsese matiza la idealidad de la gran urbe, contrastando la situación real de la ciudad, la que viven los personajes en su mundo cotidiano con la violencia, así como la propaganda que los diversos aparatos ideológicos han proyectado, para posicionar al país del norte como el centro del mundo civilizado y, particularmente, a Nueva York como el paradigma de urbanismo, la así llamada capital financiera del mundo y una supuesta vanguardia en todos los órdenes.

Uno de los más grandes especialistas en la obra del cineasta, Jerold J. Abrams, considera que la locura es un elemento central en la obra de Martin Scorsese, se trata de la locura nietzscheana, profundamente asociada con las ciudades y los monstruos que albergan. Desde esta perspectiva, la degradación que nos presenta en Taxi Driver va más allá de la dimensión de una subjetividad cerrada sobre sí misma, escalando hasta un nivel diferente, donde la cultura, en su objetividad, es vehículo de la degradación diegética, abrazando a los personajes que, además de degradarse rápidamente a lo largo del filme, viven en un ambiente decadente, sucio, violento y lleno de inmundicia que tiene lugar en el fondo de los grandes rascacielos que dominan el horizonte de la ciudad. La película hace eco de una disputa clásica para la filosofía política: ¿la naturaleza del hombre es corrompida por la sociedad?

De este modo, Taxi Driver está profundamente relacionada con la ambientación de ciudad Gótica de la década de los 80´s que realizará Todd Philips, sobre todo en los oscuros callejones y en las interminables escalinatas que nos hacen pensar una vez más en Nueva York, como si detrás de los dos filmes la degradación social se expresará de una manera tan apabullante que la podemos reconocer a pesar del cambio de nombre o, quizá, precisamente por ello. Por mi parte, considero que en Taxi Driver encontramos a la degradación como proceso que determina la trivialidad de la vida y que permite que la exaltación y los excesos cobren sentido hasta un estado final de aceptación de la fuerza que lo disuelve todo.

Después de ver la película nos queda la sensación de que nuestras ciudades Travis Bickle podría ser cualquiera, ya que es expresión de las coordenadas existenciales de un individuo gris que no tiene nada que perder, un miembro anónimo de la clase media que bien podría dejar de existir sin que nadie se dé cuenta. Su transformación será inmediata y casi fugaz. Claro, Nueva York es la ciudad perfecta para que surja el mal, en sus esquinas más oscuras, o en los callejones llenos de mugre y basura. Por otra parte, el taxi, vaya, el vehículo, como armatoste infernal que se convierte en un espacio desde el cual nos adentramos y compartimos su percepción desviada de las cosas y su ideología antiliberal; asimismo, su automóvil es su refugio y el instrumento que le permite navegar entre toda la porquería que encuentra en sus noches. El taxi lo transporta en su viaje al infierno neoyorkino y a cada uno de sus círculos de la inmundicia de la ciudad, es decir, The excemental city o la ciudad excremento, tal como el mismo Travis la denomina.

Bajo esta óptica, una de las dimensiones de la maestría de Taxi driver consiste en poner en entredicho la unidimensionalidad del mejoramiento y la profunda soledad que permea sobre las grandes ciudades. La degradación narrativa es vehículo de una degradación social, de una crítica a la descomposición del tejido social, así como a un mundo derivado de la Guerra. El conductor de taxi seguirá su viaje a través de un mundo corrupto y degradado que echa a fuera lo peor de nuestro protagonista, mientras murmura una última vez: “Someday a real rain´ll come and wash all the scum off the streets” (Un día una verdadera lluvia vendrá y lavará toda la porquería de las calles).

  1. Filósofo, filólogo y politólogo, es Profesor de Tiempo Completo en el Colegio de Morelos.

José Manuel