Poesía, teatro y ciudad: el caso de Atlixco y Héctor Azar

José Manuel Meneses Ramírez[1]

La mirada de los artistas nos permite comprender nuestro entorno de una manera más profunda, explorar los perfiles del espacio que la mirada habitual deja escapar. El caso de Héctor Azar y su mirada sobre México es un ejemplo de esta fuerza artística. Sin embargo, hablar del maestro Azar no sólo implica poesía, sino también una enorme producción escénica que nos da cuenta de la complejidad de nuestro país de cara a las grandes transformaciones que trajo consigo el siglo veinte, de sus tribulaciones y de los rasgos de sus habitantes en el largo camino de la vida. De tal forma, a través de sus letras emprendemos un viaje que nos permite conjugar las formas de nuestra tierra en su comunión con las tradiciones que le dan sentido, así como frente a los cambios y necesidades de un mundo que se mide, desde finales del siglo pasado, en escala global.

Efectivamente, la poderosa imaginación del escritor atlixquense nos permite adentrarnos, ya sea en el argot o en las penurias de la clase trabajadora mexicana; ya sea en el contexto de la decadencia fabril, en la caída de los grandes sindicatos o en la proletarización de nuestras ciudades. Esta furia de cambios sociales también barrió el horizonte del núcleo industrial de México durante el siglo XX, particularmente de Atlixco, su ciudad de origen con sus míticas siete fábricas. El maestro Azar ha dado cuenta de la belleza natural, del vigor de la gente y de la disolución de un bloque asociado con la forma de las fábricas en sus obras. Me gusta pensar que, de manera general, su poesía nos permite apreciar la fuerza de México, de sus mujeres y hombres en los colores y matices que le imprimen al espacio que habitan. En este sentido Héctor Azar es un poeta de las ciudades, un poeta capaz de pintar con sus palabras. Debido a la relevancia de su obra, su nombre ha estado asociado al teatro y la poesía casi naturalmente, ya en vida se le reconocía como «El zar del teatro» o «el humanista de Atlixco», cualquiera que sea el calificativo con el que la crítica especializada lo conozca, el maestro siempre será un referente para la literatura mexicana e internacional.

A veinticinco años de su muerte, Héctor Azar sigue siendo el máximo representante de las letras atlixquenses, su mirada artística sigue estando vigente, así como el amor por su tierra que fue una de sus características más importantes. La sabiduría del maestro nos describe la vida de los mexicanos con ecos del mundo clásico y prehispánico. Tomemos como ejemplo Olímpica, uno de sus trabajos más celebrados, ahí nos reconocemos en la dureza habitual de la vida y en los esfuerzos, constantes y casi anónimos por salir adelante. Sin duda, se trata de una obra maestra que gira en torno a la familia y a los avatares que la determinan. A lo largo de mis recorridos por el valle de Atlixco, me encuentro, una y otra vez, con los ecos de la voz del maestro. ¿Cómo no hacerlo? Mientras camino por Axocopan y observo sus manantiales y cuerpos de agua vienen a mi mente las palabras que el maestro pronunció en la Sala de Cabildos del Ayuntamiento de Puebla en 1978 al respecto:

«Acuosa luz que baña el jeroglifo de Atlixco: lágrima fértil, rostro de agua, superficie de tierra tan llena de haces de luz y flores de agua…»

A pesar del paso del tiempo, estas palabras me parecen una de las versiones más hermosas de una referencia a la ciudad de Atlixco y sus rincones. De esta manera, la naturaleza o el valor de la historia atlixquense, siempre estarán bien resguardados en sus letras. La poesía y el teatro son un cofre inexpugnable donde se puede guardar, de manera perene, la riqueza del sentido, de aquello que le imprime sentido a nuestra vida. Así, éstas y muchas otras generaciones podrán percibir los mil detalles que hacen de nuestro valle central un lugar incomparable. La abundancia del agua, la fertilidad que hiciera posible el Val de Cristo o el colorido de sus campos, todos han sido temáticas inmortalizadas en sus palabras, dice el maestro Héctor Azar a propósito de nuestra tierra:

«Atlixco se reveló entonces como un privilegiado prodigio del Volcán Popocatépetl, que generoso deposita en el valle atlixquense el líquido cristal de sus deshielos»

Por todo esto, volver a la obra de don Héctor Azar es siempre una experiencia de aprendizaje, un viaje de reconocimiento a través de lo que nosotros mismos somos: ¿quién no ha leído sus hermosos poemas sobre Atlixco? ¿Quién no ha encontrado un nuevo gusto por esta tierra y por sus colores tal y como los describe? ¿Quién no ha amado el Volcán o nuestras escaleras anchas? Somos los felices herederos de su talento, considero que no se puede caminar, habitar o visitar Atlixco sin encontrarse, al mismo tiempo, con un perfil del querido maestro del teatro y la poesía. Sus versos, sus libros y sus letras son patrimonio vivo e intangible que le da sentido a nuestras ciudades.

José María Velasco, “El Popocatépetl y el Iztaccíhuatl” (1895) / Cortesía del autor

  1. Filósofo y politólogo.

La Jornada Morelos