

Jóvenes cada vez más tristes
En los últimos meses, en mi práctica clínica, he notado un aumento en los motivos de consulta relacionados con la depresión —desde luego, los pacientes no lo nombran así— en personas cada vez más jóvenes. Tristeza, ansiedad, malestar generalizado, abulia, anhedonia, son cualidades cada vez más frecuentes en el trabajo clínico con jóvenes y adolescentes.
A pesar de que la brecha generacional que me separa de ellos no es tan grande, parece que los cambios generacionales sí lo son. Desde la juerga al hablar, hasta conceptos o formas de vinculación más propios del mundo virtual, me resultan ya no sólo novedosos sino inasequibles.
El hecho de que los jóvenes sean cada vez más infelices ya está siendo documentado, por ejemplo, en trabajos como el de Blanchflower, D. G., Bryson, A., & Xu, X. (2025) [1], quienes notaron un cambio radical en la “curva de la felicidad”, la cual, hasta hace poco, era alta en la infancia y la juventud, decrecía luego en la edad adulta, y volvía a repuntar hacia la vejez. Ahora, sin embargo, la curva empezó a decrecer en la población joven, ¡desde los 13 años!
Aunque indicadores como la tasa de suicidios se empezaron a elevar, en nuestra historia reciente, desde el 2008, esta modificación en la llamada curva de la felicidad, según el informe antes citado, indicó que la infelicidad juvenil empezó a aumentar claramente en 2012, y se intensificó todavía más con la pandemia del 2019, sin que existan motivos claros para ello.
Para sorpresa de nadie, desde el 2015 el malestar intrapsíquico empezó a coincidir con muertes por suicidio, sobredosis de drogas e intoxicación etílica, ingresos psiquiátricos y el consumo de antidepresivos, mientras que las especulaciones respecto a los motivos empezaron a aparecer: Jonathan Haidt (2024) se lo atribuye a los smarthphones, y al temprano acercamiento de los niños a las redes sociales, Jesús G. Maestro (2024) a la sobreprotección y el idealismo de los padres, mientras que Patricia Castro (2023) se lo atribuye a la precariedad, y a la desesperanza de que “sea posible luchar por un mundo con mejores condiciones”.

Todo esto puede ser cierto. Sin embargo, quisiera aventurar una pregunta para una futura reflexión: ¿qué estamos entendiendo por salud mental?, ya que el trabajo de Blanchflower, D. G., et al. (2025) se basa en indicadores y medidas relacionadas con la salud mental, como el bienestar subjetivo, el malestar, y la presencia de angustia y pensamientos suicidas, a través de métricas como el “Mental Health Quotient” (MHQ) y otras medidas de malestar psicológico.
Aunque trabajos como el de Bautista Castro, L. R. (2024) [2] han comenzado a cuestionar este concepto, su alternativa sigue siendo buscar algún indicador científico para su cuantificación. Nada de malo hay con la ciencia, pero quizá cuando se trate de un constructo tan cambiante y subjetivo, quizá los indicadores cuantitativos, lejos de ayudarnos a comprenderlo, lo reduzcan a un número, y quizá, de lo que se trate no sea tanto de medir, sino de escuchar a nuestros jóvenes.
- Blanchflower, D. G., Bryson, A., & Xu, X. (2025). The declining mental health of the young and the global disappearance of the unhappiness hump shape in age. PLoS One, 20(8), e0327858. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0327858
- Bautista Castro, L. R. (2024). El mito de la salud mental: Una aproximación a la naturaleza pseudocientífica del concepto. Acta Comportamentalia, 32(3), 477-494. https://doi.org/10.32870/ac.v32i3.88368
*Licenciado en Psicología por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM), y maestrante en Salud Pública, por la Escuela de Salud Pública de México (ESPM/INSP). Contacto: freudconcafe@gmail.com

