Las peligrosas lenguas del populacho, caracterizadas habitualmente como sierpes venenosas, debían ser reguladas racionalmente, su salvajismo y peligrosidad debían ser reducidos por una serie de técnicas disciplinarias orientadas a la regularidad, a la seguridad y al orden gramatical. Este es uno de los ejemplos más nítidos de la voluntad disciplinaria problematizada por Michel Foucault, ya que no se trata de afirmar que la totalidad de las palabras y la inmensa variedad de usos lingüísticos hayan sido objeto de una disciplina y, por ende, disciplinados de manera efectiva, sino tan sólo de precisar el surgimiento de una voluntad de disciplina diversa como problema de estudio.

La lengua como origen del pecado fue objeto de un recelo particular en la dogmática del cristianismo, los pasajes donde se recomienda un estrecho gobierno de la lengua no son escasos, y señalan una configuración normativa sobre las amenazas de este pequeño órgano dimensionado históricamente como sinónimo del desliz más inocente o de la voluntad pecaminosa más aberrante bajo la forma de la blasfemia. Para ejemplificar esto, tomemos las palabras del franciscano Andrés de Olmos como ejemplo, pues el religioso reconoce su misión en el territorio recién descubierto de la siguiente manera: «Dize Dios por Jeremías: mira que di mis palabras en tu boca; mira que te puse oy sobre las gentes y sobre los reynos para que arranques y destruyas, derrames y disipes y edifiques y plantes. De manera que aquí Dios muestra claro al obrero de su viña a arrancar primero las malas yerbas de los vicios, heregías, hechizerías y abusiones y supersticiones, y después a plantar las virtudes y poner en la yglesia personas buenas y suficientes porque, como dize la glosa ordinaria sobre las otras palabras, no podían ser edificadas buenas obras si primero no se destruya a las malas».

Efectivamente, el gobierno de la lengua y la administración de la palabra, a partir de la Conquista de México, fue objeto de los más ceñidos mecanismos normativos y sustento de elaborados discursos de talante teológico y gramatical. De cualquier modo, las precauciones jamás serán pocas y la preocupación nunca habrá de desaparecer, tal como ocurre con el resto del cuerpo, las variaciones normativas le dan gestos e imprimen matices a la lengua: así podríamos hablar de una lengua india disciplinada, temerosa o vergonzante o de una lengua castellana refinada o exquisita, orgullosa de su siglo de Oro. Bajo esta óptica, los peligros de las lenguas sometidas pueden identificarse claramente como una posibilidad permanente de pecado: blasfemias, obscenidades, mentiras, perversidades.

En este sentido, pensemos en el profundo influjo corporal derivado de la Gramática española de Antonio de Nebrija, o de las primeras gramáticas de Alonso de Molina y del mismo Andrés de Olmos e, incluso, en los efectos normativos del libro de Rafael Ramírez, Cómo dar a todo México un idioma.

Lo que está en juego es la constitución de un sujeto moral, claro, a partir de un trabajo normativo que involucra directamente a todo el cuerpo a través de la lengua. A pesar de todo la configuración de dicho sujeto moral no puede ser concebida de manera inocente al pensar que la presencia coercitiva de la norma bastaría para tal efecto, por el contrario, una vez que la norma existe es necesario que el sujeto asuma ciertas conductas en su confrontación con dicha norma, en este caso prácticamente se nos escapa de los labios la noción de encarnar la norma y de reconocer e identificar las resistencias derivadas de este acto.

No podemos afirmar que las estructuras normativas determinen total y absolutamente la conducta del sujeto, ni tampoco que lo hagan de manera efectiva o no, lo que está en juego y resulta significativo es la voluntad de normar, en este caso la voluntad de disciplinar la lengua y las palabras que posibilita. Con todo, la constitución de sí como sujeto moral, es decir disciplinado, responde a una “elaboración interior” producto de la sujeción de la conducta a la norma en cuestión. Más allá de interesarnos por los resultados de dicha síntesis entre la conducta del individuo y la norma, pensemos en la voluntad misma de sujeción, hecho reconocible en este momento bajo una compleja configuración teológica y gramatical.

Nahuatlato, Profesor de Tiempo Completo del Colegio de Morelos.

José Manuel