

Miles de muertos. Miles de desaparecidos. Los porcentajes han bajado, dice la presidenta alegre. Cifras que suenan al unísono en las mañaneras del Estado, pero tras ellas laten vidas que ya no están, familias que ya no esperan o búsquedas que nunca terminan. Este artículo es un altar. Un altar para los que murieron, para los que desaparecieron, para los que el Estado quiso convertir en números felices. Para cada padre que ya no volvió, para cada madre que aún busca a su hija, para cada hermana que calla atragantada de dolor. Este altar es un camino de flores para recordar a quienes el Estado quiere olvidar.
Tan solo en los primeros seis meses de 2025, se reportaron al menos 8 624 personas desaparecidas o no localizadas en México, mientras que 18 407 murieron por violencia.
Y aunque la presidencia afirma que los homicidios dolosos han disminuido, no menciona en absoluto el aumento de las desapariciones. Para el Estado, parecen cifras felices; para cada familia son una tragedia irremediable.
Un padre, Pedro, que no regresó a casa. Una madre, Cristina, que ya no cena con sus hijos. Una hermana, Alejandra, que ya no ríe porque el dolor la acostumbró al silencio. Cada muerto es un recuerdo que duele. Cada desaparecido es una llama que arde y no te deja vivir en paz.
En este altar ponemos la mirada que no se rinde.
Ponemos la flor que marchita, pero no olvida.
Ponemos cada lágrima de cada madre que camina la carretera, que abre la tierra, que llama por un nombre que ya no responde.
En este altar ponemos señales —flores, comida y bebida— para que regresen con nosotros… sabiendo, en el fondo, que no lo harán.
Ponemos el grito desesperado que exige al Estado que detenga esta locura: millares de vidas sin nombre, sin rostro, sin justicia.
El gobierno actual, autodenominado La Cuarta Transformación, se molesta cuando se le pregunta por los muertos y desaparecidos. La presidenta evita el tema o responde con molestia, como si la tragedia nacional fuera un ataque personal. Pero no hay nada más político que la vida y la muerte. Gobernar no es administrar cifras, sino proteger cuerpos y esperanzas. Sin embargo, el poder prefiere una “normalidad” donde los muertos se contabilizan y los desaparecidos se archivan. Quisieran que aprendiéramos a convivir con el horror, que el país siguiera funcionando entre fosas y mañaneras felices. Pero no podemos. No debemos.
¿Cuántos muertos y cuántos desaparecidos se necesitan para que el Estado reconozca su propia incapacidad? ¿Son cien? ¿Son mil? ¿Son un millón? ¿O basta con uno solo para llorar como nación?
Porque no son cifras para una mañanera. No son números sin rostro. Somos gente que confía en un gobierno que ha fallado. Y por eso alzamos este altar —no como resignación, sino como llamado. Un llamado para que la memoria se convierta en acción. Un llamado para que cada vida sea contada, cada nombre pronunciado, cada ausencia reconocida.
Hoy, en el Día de Muertos, no encendemos solo velas. Encendemos la dignidad de quienes ya no pueden hablar. No colocamos solo flores. Colocamos el deber de no olvidar. No escribimos otra estadística. Escribimos un pacto: contigo, desaparecido. Contigo, víctima de asesinato. Con ustedes, las familias que no descansan. Con nosotros, los vivos que seguimos reclamando justicia.
Este altar es para ustedes. Y este grito es para aquel Estado que ha olvidado que cada vida importa. Que cada nombre duele. Que cada ausencia cuenta.
*Instituto de Ciencias Físicas, UNAM / Centro de Ciencias de la Complejidad, UNAM.


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