Constelación Edgar Artaud Jarry

 

Hace unos días murió el poeta Edgar Altamirano, mejor conocido como Edgar Artaud Jarry, que, para Pedro Granados, es quizá “un más plausible –aunque no menos opaco– fundador del Infrarrealismo; sin los pliegues ni las frustraciones de Roberto Bolaño o, respectivamente, de José Vicente Anaya”. Yo no sé si fue fundador o no, pero sé que siempre estuvo cerca del movimiento y para mí es el más tierno y asombroso poeta de esa generación.

Siempre que un artista muere, se tiende a hablar de uno mismo, en lugar de hablar del otro. Yo me limitaré a decir que consideraba a Edgar un amigo querido. Mantuvimos una correspondencia digital de varios años, tengo prácticamente todos sus libros, a través de él también conocí al poeta peruano Pedro Granados y en Cuernavaca le organicé lecturas y homenajes, porque lo admiraba. Pero este texto no es sobre mí, es sobre Edgar Artaud.

A Edgar lo conocí a través de Dany Hurpin y Nayeli Sánchez, mis amigos de la Cartonera Cuernavaca, que fueron los más grandes promotores de su obra. Desde la primera vez que hablamos, me contó que estaba enfermo. Lo primero que me llamó la atención fue su voz. Muy débil, rasposa, como si fuera a quebrarse en llanto. Era muy tímido y pocas veces te miraba a los ojos. Ese día lo vi leer por primera vez en La Casona Spencer. Sus poemas me conmovieron y me hicieron reír y lo vi convertirse en una fuerza cósmica, con su máscara y su sentido del humor tan genuino y triste.

En aquellos años yo formaba parte de la revista La Piedra y organizamos varias lecturas y presentaciones y siempre que podíamos invitábamos a Edgar. Nos gustaba su manera de leer, su sencillez, sus máscaras y disfraces. También en esa época había otros colectivos de poetas, como los Poetas Salvajes, los Intransigentes de Tijuana, Poesía y Trayecto y todos nos sentíamos cercanos a la obra de Edgar y era común verlos rodeado y seguido por escritores noveles, estudiantes y locos. Además, era un poeta realmente interesado por la obra de sus colegas más jóvenes y por las formas y los temas de lo que circulaba en blogs, tumblr y redes sociales.

Tiempo después supe que Edgar era matemático y que era catedrático universitario. Que tenía otra faceta, académica, en la que también era respetado, pero a la que no tomaba demasiado en serio. Lo suyo era la poesía, interesarse por el espacio exterior y las estrellas, navegar el internet con avatares anónimos, escaparse de Chilpancingo para ir a lecturas y emborracharse poquito. En una época incluso comenzó a aparecer vestido de astronauta en sus presentaciones e inició una campaña en su Facebook para ir a la luna, la cual tuvo que cancelar, por sus múltiples achaques y enfermedades.

La última vez que lo vi fue precisamente en la Casona Spencer. Yo había ido a una lectura organizada también por la Cartonera, en la que participaban los poetas Shinnosuke Niiro y Yaxkin Melchy. Sorpresivamente me encontré a Edgar y platicamos brevemente. Me regaló una nueva edición de su libro Golpeándome la cabeza. Unos días después me escribió por Facebook y me dijo: “espero verte en Cuernavaca o México o encontrarnos en otro sitio, […] aún recuerdo nuestro primer encuentro en una lectura en Cuernavaca”. Yo también lo recuerdo Edgar, querido. Y veo las estrellas y pienso que lograste tu misión. Ya eres una constelación.

Edgar Artaud Jarry, Edgar Altamirano. Imagen: laflecharoja.com

Davo Valdés de la Campa