

Genealogías de la autopublicación
La historia de la publicación no está hecha sólo de imprentas oficiales, editores consagrados y bibliotecas pulcras. Existe un subsuelo donde la escritura se abre paso con sus propios medios, casi siempre precarios, casi siempre urgentes, al margen y con los medios que se tienen al alcance. Allí respira la autopublicación: un gesto que no solo responde a la falta de recursos o al rechazo de los circuitos dominantes, sino que constituye en sí mismo una poética de la disidencia.
Un ejemplo emblemático que siempre me gusta pensar es el de Leaves of Grass de Walt Whitman. En 1855, el poeta norteamericano costeó por sí mismo la primera edición de un libro que no dejaría de expandirse durante toda su vida. En total serían nueve ediciones, la última en 1892, conocida como the deathbed edition. Cada reedición era una reescritura: Whitman añadía poemas, suprimía otros, corregía versos. El libro nunca tuvo un cierre definitivo: su estructura abierta y circular proponía otra manera de entender la obra literaria. Autopublicarse, en este caso, no fue un gesto de carencia, sino de absoluta libertad creativa.
Hace unos días di la primera sesión de un Taller de Autopublicación en Risografía en Talleres Atepetlac, un espacio de encuentro y oficios en Tepoztlán, Morelos. Mi sesión abordaba el tema de la autopublicación y los formatos disidentes.
Para abordar el tema, pensé una brevísima genealogía de la autopublicación. Una que se escribe en los márgenes menos visibles pero cuyo alcance culturalmente hablando es enorme y decisivo. El primer momento histórico que revisamos fue en el siglo XVIII, cuando los llamados “editores piratas” replicaban sin autorización libros que circulaban con rapidez, desafiando los monopolios de las imprentas oficiales y extendiendo lecturas a nuevos públicos. Aquella piratería temprana se convirtió en un acto de democratización del acceso al saber, aunque estuviera condenada por las instituciones. Según Robert Darton en su genial Pirating and Publishing gran parte de las obras de Voltaire, Rousseau y otros filósofos circularon gracias a estas ediciones piratas. Estas publicaciones, producidas fuera de París —en el llamado “Creciente Fértil de la piratería” (Ámsterdam, Bruselas, Suiza, Renania)— escapaban al sistema de privilegios del Antiguo Régimen y ofrecían libros más baratos y accesibles al mundo lector. Según Darnton, este fenómeno permitió democratizar la cultura, difundir las Luces, inaugurar los superventas y expandir los livres philosophiques (textos filosóficos, políticos, eróticos o prohibidos). Es decir, que la piratería editorial fue clave en socavar el orden cultural y político de la época y difundir obras que estaban condenadas al silencio.
Siglos después, en los años noventa, revisamos el movimiento Riot Grrrl que se armó con fotocopiadoras y grapas para producir zines en los que se mezclaban manifiestos feministas, dibujos, canciones y testimonios personales. Eran publicaciones hechas a mano, frágiles, muchas veces con un tiraje de apenas unas decenas de copias. Sin embargo, su potencia radicaba precisamente en esa estética de la precariedad: cada página era un acto de resistencia frente a la industria cultural masculina que no abría espacio a esas voces en el mundo del punk y el rock. Este movimiento feminista combinaba música, política y cultura DIY (hazlo tú mismo), creó una subcultura que impulsó bandas femeninas, activismo y sobre todo el uso de fanzines: autopublicaciones sin censura ni criterios editoriales que permitieron difundir ideas feministas, denunciar violencias y construir comunidad.

En América Latina, las editoriales cartoneras repitieron el gesto con otro acento. A partir de la crisis argentina de 2001, proyectos como Eloísa Cartonera comenzaron a rescatar cartón de la calle para hacer tapas pintadas a mano. Cada ejemplar era único, irrepetible, y su precariedad material se convirtió en un manifiesto político: la literatura no debía esperar la legitimidad de las grandes editoriales para hacerse presente en las manos de los lectores.
En todos estos momentos —Whitman, los piratas, los zines feministas, las cartoneras— hay un mismo hilo: la apropiación de los medios de producción y circulación de la palabra. A veces con una imprenta costeada de su propio bolsillo, otras con la fotocopiadora de la universidad o con cartón recogido de la basura. En cada caso, la tecnología se vuelve herramienta para tensionar los límites del libro y cuestionar quién tiene derecho a publicar.
La autopublicación, en este sentido, no es únicamente un recurso de quienes quedan fuera de los circuitos dominantes: es también una estrategia estética, una afirmación política y, a menudo, una celebración de lo inacabado. Como en el sueño circular de Whitman, siempre abierto a nuevas páginas.

Imagen eloisacartonera.com

