

Animalitos y florecitas en la poesía morelense
(Tercera parte)
La flora y la fauna de Cuernavaca rara vez se presentan en su estado neutro. No son solo paisaje: son testigos, víctimas o cómplices. En los poemas de esta entrega, de las escritoras Dennisse Buendía, Afhit Hernández y Miriam Ponce, lo vegetal y lo animal son organismos líricos: participan de la memoria, del deseo y del asombro. La ciudad y la vegetación, en sus manos, se convierte en un ecosistema cargado de biografía, intimidad y
1. Dennisse Buendía: las golondrinas heridas y el árbol de mandarinas
En La Física de la orfandad, la naturaleza se incrusta en la memoria como un recuerdo que sangra. La azotea no es mirador, sino un puesto de caza: “esperando ver caer heridas a las golondrinas / con los pequeños dardos del vecino del cuarto piso”. La caída propia se enreda en las ramas: “caí en el árbol de mandarinas con la clavícula de fuera y mis ojos en el vuelo”. El árbol no da fruto para el festín, sino que amortigua —apenas— el golpe.
Los insectos cargan significados de desaparición: “A la memoria… suelen tragársela las hormigas panteoneras”. Y el grillo no canta para arrullar, sino que “no nos deja dormir”. Aquí, la flora y fauna son testigos y cómplices del dolor doméstico, parte de un inventario donde cada criatura es un fragmento del duelo. En la Cuernavaca de Buendía, lo vivo duele igual que la infancia y los insectos también son la huella de una violencia ajena a ellos, pero atroz, que es exclusiva de los hombres.
2. Afhit Hernández: cargamentos de rosas y pájaros abatidos
En la obra poética de Ahfit Hernández, la flora se despliega con abundancia, pero bajo un peso fúnebre. “Crecían los plantíos de flores… y mujeres tristes y secas las venden… rodeadas de niños frágiles… que crecen como sus rosas, en este lugar donde azota el sol.” Incluso la belleza fugaz —el instante en que los pétalos vuelan tras un accidente— se deshace pronto: “Su vuelo encarnado lo devoró la boca del viento húmedo.”

En sus poemas, las flores se entrelazan con cuerpos, amantes y animales míticos. “Todas tus panteras mansas. Verte desnuda es como estar frente a un tigre.” La fauna aparece como emblema de deseo y de muerte, mezclando una imaginería mediterránea con ecos prehispánicos. El mar, los lirios, los cerezos, los manzanos florecen no como postales, sino como arsenal de metáforas para hablar de pérdidas y amores que se fugan como pétalos en carretera.
3. Miriam Ponce: la fauna fantástica y el juego con la naturaleza
En A forest y Urbe posible, la flora y la fauna son expansivas, oníricas, son gestos y posibilidad. La niña baila “hechizada por los destellos / del sonido naciente de las hojas” y juega “a esconderme / entre las raíces… colgada de las ramas / como una media luna”. La ballena avanza “en pleno litoral convertido en avenida”, mientras el hablante se transforma: “Yo extiendo los brazos y les crecen plumas”.
En esta Cuernavaca, las palmeras acarician, los pinzones vuelan sobre cachalotes, el mar se cuela por las calles. La naturaleza no está herida ni mercantilizada: es un vehículo de posibilidades, un plano donde lo urbano y lo animal comparten la misma respiración.
Un territorio, tres geografías
Las tres voces miran el mismo paisaje, pero lo trazan distinto. En Buendía, los árboles, insectos y aves son memorias del dolor íntimo, testigos de la orfandad. En Hernández, las flores y animales encarnan el deseo y el duelo, ligados a una economía de la belleza que siempre se fuga. En Ponce, la flora y fauna abren un mundo alterno donde la ciudad admite que lo maravilloso irrumpa en lo cotidiano.
Cuernavaca, así, no es solo un lugar: es un organismo múltiple que cada poeta reescribe, del espesor traumático de un árbol de mandarinas a la estampida imaginaria de un cachalote por avenida Morelos.

