

Animalitos y florecitas en la poesía morelense
(Segunda parte)
A diferencia del viajero decimonónico que idealiza el valle templado como una postal entre bugambilias y jacarandas, el poeta contemporáneo, que habita y recorre Cuernavaca, no ve necesariamente en la ciudad una tierra de promesa, sino un animal que tiembla, agazapado, en espera del ataque. En las siguientes entregas, analizaré poemas de describa, evoquen o representen de cierta forma la flora y fauna de Morelos. Con la poesía de J. Andrés Herrera estamos lejos de la visión de Humboldt, de los versos soleados de Alfonso Reyes, pero sí a unos cuantos pasos del delirio abismado de Lowry. El Morelos de Herrera es íntimo, corporal, una ciudad que se habita como se habita un trauma. Es la Cuernavaca de alguien que elige vivir ahí a pesar de todo.
Los títulos de sus libros son ya pistas: Eso que revienta, El morbo y las promesas, Cuernavaca Ska-Jazz Club. No hay aquí flores para el adorno, ni fauna para el encanto, sino cuerpos, bichos, muslos, jacarandas muertas, libélulas armadas. Una naturaleza que no embellece gratuitamente: hiere y perturba. En esta ocasión el poema que analizaré es “Poema de Cuernavaca”, un canto de largo aliento, dividido en ocho partes, en donde el poeta del Estado de México, pero afincado en Morelos desde hace muchos años, hace un homenaje-lamento a la ciudad de Cuernavaca.
I. Flora sin consuelo
En el poema, las plantas que aparecen en sus poemas no son adornos paisajísticos, sino vestigios emocionales. Las jacarandas, por ejemplo, no representan una primavera, sino una memoria podrida:

“Bauticé mis tres ruedas en tus jacarandas muertas
y desde entonces conozco las calles azules.”
Lo azul ya no es color celeste, sino calle mojada, depresión, infancia de tres ruedas (tríptico de bicicleta y abandono). La flora en Herrera no crece, se pudre; no decora, recuerda. Su vegetalidad es el eco de lo que se rompió.
La guayaba, el níspero, el pomelo: frutas nombradas no como manjares, sino como registros sensoriales de una intimidad cortada:
“No recuerdes que cortaba pomelos en julianas,
las bocas engullendo nísperos,
el nombre náhuatl de una niña.”
Herrera escribe como si la ciudad misma hubiera florecido una vez, pero ahora solo quedara el hueso bajo la fruta, la cáscara seca. La botánica de su poesía es una flor desollada.
II. Fauna urbana
En lugar de ciervos o mariposas, hay caballos heridos, felinos acosadores, aves con nombre de bala:
“Soy un caballo herido en tu vientre,”
“Mis ojos son un felino que te acosa,”
“el arma de libélulas de Cuernavaca.”
El animal aquí no es criatura salvaje, sino metáfora de un yo desgarrado por la ciudad que habita. Son bestias que no sirven para domesticar ni para escapar. El caballo no galopa, sangra. El colibrí no poliniza, es símbolo del tiempo detenido:
“Nací en el tiempo de los colibríes por un cerro de ocotes.”
Incluso el “arlequín” o la “urraca” son animales-figura, casi caricaturas de un teatro citadino donde todo el mundo actúa y nadie se salva. La fauna está en los humanos, y viceversa. Hay cuerpos convertidos en bestias porque ya no saben hablar de otra forma.
III. La ciudad como organismo
Herrera no escribe sobre Cuernavaca, la invoca. La ciudad es un cuerpo femenino, sexualizado, sucio, deseado y maltratado:
“Ciudad-vagina, me devora tu madrugada.”
“Ciudad piedra, otro corazón sin líquidos.”
“Ciudad carmín, crecerás hasta el incendio de los cielos…”
Esta Cuernavaca es carne abierta, es garganta en fiebre. Se mezcla con el hablante, lo posee, lo olvida, lo escupe:
“Te amo y te dejo como una gota
de mezcal a las cinco de la tarde
en el bosque de La Herradura.”
Como en Bajo el volcán, la ciudad no es escenario, sino protagonista ambigua. El volcán no explota, pero tiembla. Las barrancas no descansan: conjuran. El cielo no cubre: amenaza.
“Me basta un hotel en una calle de Chamilpa,
donde mi mujer me espere desnuda en la cama…”
La geografía urbana se mezcla con el deseo, con el cansancio, con el recuerdo de una bañera que nunca existió. No hay espacio limpio: todo está ya manchado por el recuerdo, por el deseo del Trópico.
IV. Poética del derrumbe
Al final del poema “Poema a Cuernavaca”, el yo lírico parece despedirse. Pero no es un adiós definitivo; es una detonación, es una transformación radical. Herrera no abandona la ciudad, la sabotea con su escritura:
“Te dejo con un proyectil de salivazos / de extraviado, de ciego, de borracho.”
La despedida no es otra cosa que la manera más intensa de quedarse. De seguir escupiendo en las banquetas, de seguir llorando en hoteles baratos, de seguir viendo a la ciudad como un espejo sucio donde todavía aparece el rostro de alguien que una vez creyó que Cuernavaca era la ciudad de la eterna primavera.

