

Lengua madre
En México, hay madres que han tenido que aprender otro idioma. Uno que no se hereda, que no se estudia en la escuela, que no aparece en los libros. Es un lenguaje que se arrastra desde la tierra, que se articula entre fosas clandestinas, fragmentos óseos, olores imposibles, objetos personales cubiertos de lodo. Son profesionistas, amas de casa, mujeres que un día —sin guía ni entrenamiento— comenzaron a excavar. No por vocación, sino por amor. No por método, sino por desesperación.
Estas mujeres no buscaban convertirse en peritas forenses. Pero lo hicieron. Aprendieron a leer las señales del terreno, a distinguir entre basura y restos humanos, a manejar el vocabulario de la muerte con precisión quirúrgica. Palabras como cráneo, exhumación, cadáver, tortura o tiro de gracia dejaron de ser tecnicismos y se volvieron parte de la vida cotidiana.
Frente a ellas, el lenguaje institucional es otro. Aséptico, evasivo, frío. Donde ellas dicen: “mi hijo fue asesinado y enterrado clandestinamente con la complicidad de autoridades que no hicieron nada”, los funcionarios responden con términos como “carpeta”, “averiguación”, “pendiente”. La distancia entre ambos registros no es sólo una fractura comunicativa, sino una fractura moral. Donde ellas buscan verdad, el Estado administra silencio.
La transformación de su lenguaje es, también, una forma de resistencia. Nombran lo que otros prefieren no mirar. Hablan cuando se espera que callen. Y al hacerlo, se convierten en testigos del testigo: de otras madres, de otros dolores, de otras maneras de habitar el mundo cuando la pérdida ha tomado todo.
En este contexto, las investigaciones del filósofo Roberto Carlos Monroy Álvarez resultan particularmente esclarecedoras. Él ha estudiado cómo, en la modernidad, se ha construido un discurso que confunde el tratamiento del cadáver humano con el de los desechos sólidos. Así, el cuerpo humano ha sido desplazado al terreno de lo que se desecha, se entierra o se olvida, junto a la basura.

Retomando el texto “Los desechables de la tierra” de Rodrigo Mier, Monroy analiza cómo un reacomodo discursivo ha producido la noción del ser humano como desechable. Esta categoría no solo incluye a quienes el sistema neoliberal considera prescindibles —migrantes, pobres, viejos, indígenas, prostitutas, desempleados—, sino que extiende esta lógica a la administración del cuerpo y su disposición final. El humano, en tanto no productivo o no rentable, se vuelve inservible, inútil, dispensable. En palabras de Mier, se ha formado un sentido común donde el ser humano es tratado como basura.
Este desplazamiento no es meramente simbólico. La violencia sistemática y la indiferencia institucional han producido un imaginario donde los cadáveres, sobre todo de mujeres, aparecen en basureros, terrenos baldíos o drenajes, sin que esto sorprenda. Ejemplos como los hallazgos en Ciudad Juárez, analizados en la narrativa de Bolaño, no son excepciones, sino manifestaciones de una tecnología política que Michel Foucault habría descrito como biopolítica, y que Achille Mbembe ha llevado al extremo bajo el concepto de necropolítica: la administración de la muerte como forma de gobierno.
Mier recupera anécdotas reveladoras: una playa “llena de basura” que resultó estar llena de gente pobre; o el uso común del término “desechables” en Colombia para referirse a indigentes, como si fueran residuos sólidos. Estas escenas muestran cómo se ha naturalizado una retórica donde lo humano y lo inservible se confunden.
Lo que era impensable hasta hace unas décadas —que ciertos humanos fueran considerados basura— se ha vuelto un lugar común. Más allá del horror, lo que interesa aquí es advertir cómo el lenguaje mismo prepara el terreno para la violencia, la desaparición y la deshumanización.
Por eso, cuando las madres hablan, lo hacen en otro registro. Uno que no niega el dolor ni la pérdida, sino que los nombra. Porque buscar es ya una forma de hablar. Y en este país, nombrar puede ser la última trinchera contra el olvido.

