Cuando el agua se vuelve negocio

 

Los recientes bloqueos realizados por operadores de pipas en la Ciudad de México y Toluca, tras los operativos de clausura de pozos y tomas clandestinas, exhiben una realidad incómoda: el agua se ha convertido en un recurso tan escaso y valioso que se ha vuelto atractivo para los circuitos de la economía informal e incluso del crimen organizado. Lo que debería ser un bien público gestionado con criterios de equidad y sustentabilidad, se transforma en mercancía, en fuente de poder y en objeto de disputa.

La escasez, la falta de inversión en infraestructura y la débil vigilancia sobre las fuentes de abastecimiento han permitido que florezca un mercado paralelo de agua en pipas, muchas veces sin controles de calidad, sin trazabilidad de su origen y a precios abusivos. En las colonias donde el suministro por red es insuficiente o intermitente, las familias pagan mucho, pero mucho más por el agua de una pipa que por la tarifa doméstica, perpetuando una desigualdad que golpea más fuerte a quienes menos tienen.

El servicio mediante pipas no debería ser un sustituto permanente, sino un mecanismo complementario y temporal, mientras se garantiza el acceso regular al agua entubada. Un servicio público de agua potable digno debe cumplir con las cuatro “C”: Cantidad, Calidad, Continuidad y Costo adecuado. Cuando alguna de estas condiciones falla, se abre espacio a la discrecionalidad, la corrupción y, en los casos más graves, al control del recurso por actores ilegales.

No existe una estadística oficial que mida el tamaño del mercado de pipas en México. La Procuraduría Federal del Consumidor monitorea desde 2020 los precios promedio del servicio: en 2022, una pipa de 10 mil litros costaba alrededor de $1,065 pesos, y para 2023 el promedio nacional subió a $1,180 pesos, con variaciones que pueden superar el doble en zonas de alta demanda. La Comisión Nacional del Agua reconoce en su Sistema de Información del Agua un apartado sobre “distribución por pipas”, pero los datos agregados nacionales no se publican. Esta falta de transparencia impide dimensionar el valor económico del negocio y, por tanto, regularlo adecuadamente. No saber cuánto vale el agua que se distribuye fuera de la red formal es, en sí mismo, un síntoma de debilidad institucional.

La coyuntura actual ofrece, además, una oportunidad única para ordenar este vacío legal. En el marco de la discusión de la nueva Ley General de Aguas y las reformas a la Ley de Aguas Nacionales, sería fundamental incluir disposiciones específicas que regulen la distribución de agua mediante pipas, tanto públicas como privadas. Esto implicaría establecer registros obligatorios de concesionarios, control de calidad del agua transportada, trazabilidad de su origen, tarifas transparentes y mecanismos de supervisión ciudadana. Regular este mercado no significa criminalizar a quienes reparten agua, sino garantizar que el recurso se maneje con equidad, legalidad y bajo criterios de derecho humano, evitando que la escasez siga siendo terreno fértil para la corrupción y el abuso.

El reto para las autoridades no es sólo sancionar tomas irregulares, sino reconstruir la confianza y la capacidad del servicio público. Es urgente transparentar la distribución de pipas oficiales, regular las privadas y fortalecer la planeación hidrosanitaria con criterios de equidad y eficiencia. El agua no puede seguir tratándose como un negocio; es un derecho humano y un bien común que debe gestionarse con responsabilidad, justicia y visión de futuro. La verdadera solución no está en perseguir a los piperos, sino en garantizar que ningún hogar dependa de ellos para tener lo más básico: agua suficiente, segura, continua y a un costo justo.

Bloqueo de “piperos” en el Estado de México. Foto: La Jornada archivo

Juan Carlos Valencia Vargas