¿Alguna vez dejaremos de inundarnos?

 

Cada temporada de lluvias, la historia se repite. Bastan unas horas de precipitación intensa para que calles, avenidas, viviendas y comercios queden bajo el agua. En los últimos días, las tormentas han vuelto a provocar afectaciones graves en varias zonas del estado y del país: vialidades colapsadas, vehículos varados, interrupciones del suministro eléctrico, pérdidas materiales y, en algunos casos, incluso vidas humanas. Las imágenes se multiplican en redes sociales, y con ellas también los reclamos y la desesperación de la gente.

Las autoridades suelen salir al paso con un argumento ya conocido: se trató de lluvias “atípicas”. Es cierto que los patrones meteorológicos están cambiando (el cambio climático ha intensificado los eventos extremos) y que las precipitaciones concentradas en pocas horas son cada vez más frecuentes. Pero también es cierto que, más allá del carácter extraordinario de las lluvias, seguimos siendo extraordinariamente vulnerables. No se ha trabajado con la anticipación y la planeación que exige un territorio expuesto a este tipo de riesgos.

Durante años, los programas de prevención se han quedado en el papel. Las obras de drenaje pluvial, de control de escurrimientos o de mantenimiento de cauces son insuficientes o tardías. La gestión urbana ha permitido la ocupación de zonas inundables, el entubamiento de ríos y barrancas, y la impermeabilización masiva de suelos que antes absorbían el agua. Así, cada tormenta encuentra a nuestras ciudades en condiciones más frágiles.

La protección civil tampoco puede improvisarse. Prevenir implica contar con sistemas de alerta temprana eficaces, con protocolos de actuación claros, con brigadas y equipos entrenados, y sobre todo con población informada. La gente necesita saber qué hacer antes, durante y después de una emergencia, cómo proteger su vivienda, dónde acudir y a quién escuchar. Sin esa preparación comunitaria, cualquier lluvia intensa puede convertirse en desastre.

La solución no vendrá solo de una magna obra más ni de un comunicado posterior. Requiere coordinación entre gobiernos, instituciones, empresas, medios y ciudadanía. Cada uno puede y debe contribuir desde su ámbito: los municipios limpiando cauces y rejillas; los estados planeando obras integrales de drenaje y retención; la federación impulsando políticas de adaptación al cambio climático y regresando al control de ríos; y la sociedad no ensuciando y vigilando.

Para dejar de inundarnos no podemos evitar la lluvia, pero si aprender a convivir con ella. Hacer de la prevención un hábito, no una reacción. El agua no tiene la culpa: la falta de planeación sí.

*Profesor, consultor y gerente general de AQUATOR

Imagen: La Jornada Veracruz

Juan Carlos Valencia Vargas