¡Qué manera de llover! Un llamado urgente



Julio de 2025 pasará a la historia como el mes más lluvioso registrado en la Ciudad de México. Se acumuló un total de 298 mm, prácticamente el doble del promedio histórico mensual de 150 mm, y durante la tarde del 31 de julio cayeron más de 38 millones de metros cúbicos de agua solo en la Zona Metropolitana. Ese día el drenaje profundo operó al máximo, expulsando más de 130 m³/s, aunque aun así no fue suficiente para contener cortinas de agua que convirtieron las principales avenidas y barrios vulnerables en ríos urbanos desbordados.

Esta situación no es nueva, pero sí es cada vez más frecuente. El cambio climático no solo se manifiesta en sequías prolongadas, sino también en lluvias más intensas y concentradas, que rebasan la capacidad de los sistemas tradicionales de drenaje y alcantarillado. Lo preocupante es que, mientras las lluvias crecen en intensidad, nuestra infraestructura parece haber quedado anclada en otra época, pensada para condiciones que ya no existen.

El modelo urbano dominante ha encajonado ríos y cauces, pavimentado suelos y sellado la posibilidad de que el agua siga su curso natural. En lugar de captarla o infiltrarla, la ciudad se empeña en expulsarla lo más rápido posible, como si fuera un estorbo. Pero la naturaleza insiste: lo que no se adapta, se colapsa. Las recientes lluvias no solo exhibieron los límites físicos del sistema, sino también la urgencia de transitar hacia una visión más integral y resiliente de la gestión del agua en las ciudades.

Invertir en infraestructura no significa solo ampliar el drenaje o desazolvar tuberías. Implica restaurar cauces históricos, abrir espacios para la infiltración, recuperar ríos urbanos como elementos vivos del paisaje y de la gestión hídrica. Significa también repensar el diseño urbano para que los parques, plazas, camellones y espacios públicos funcionen como zonas de retención temporal del agua, como sucede en ciudades que han aprendido a vivir con ella, no contra ella.

La experiencia internacional —de ciudades como Medellín, Rotterdam o Madrid— demuestra que es posible reconciliar la ciudad con sus cuerpos de agua. Pero para lograrlo se requiere visión de largo plazo, voluntad política, planeación interinstitucional y participación ciudadana. No se trata solo de construir más, sino de construir mejor.

Las lluvias de julio no son solo una anécdota meteorológica. Son una advertencia. Si no transformamos nuestra relación con el agua urbana, las inundaciones dejarán de ser un evento extraordinario para convertirse en una rutina que erosiona la calidad de vida, los servicios y la seguridad de millones de personas.

Repensar nuestra infraestructura hídrica urbana no es un lujo: es una necesidad impostergable.

*Profesor, consultor y gerente general de AQUATOR

Foto: Víctor Camacho-La Jornada

Juan Carlos Valencia Vargas