La crisis climática en México: nuevos planes, viejos desafíos

 

El clima en el mundo ha cambiado. Las temperaturas récord que se registraron en 2024 no son una excepción ni un evento aislado, sino la confirmación de una tendencia que amenaza con modificar las condiciones de vida tal como la conocimos. A nivel global, la temperatura promedio ya superó los 1.5 grados respecto a la era preindustrial y en México el calentamiento ha sido aún más rápido: cerca de 1.8 grados, con una tendencia que apunta a un incremento de 3.2 grados por cada siglo si no se actúa con firmeza. El año pasado fue el más cálido en nuestro país desde que existen registros, y sus efectos están por todas partes: olas de calor extremas, sequías prolongadas, inundaciones y granizadas repentinas con afectaciones a la salud, la agricultura y la biodiversidad.

En este contexto, la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales presentó recientemente la actualización de la Estrategia Nacional de Cambio Climático, el instrumento que guiará la política nacional para enfrentar este desafío. Se trata de un documento clave que define cómo México busca cumplir con sus compromisos internacionales, particularmente los derivados del Acuerdo de París. La Estrategia se propone reducir al menos 140 millones de toneladas de dióxido de carbono para el año 2030, lo que equivale a una disminución del 35 por ciento respecto a las emisiones proyectadas sin acción adicional. Este esfuerzo se concentrará principalmente en sectores como el transporte, la generación de energía y la agricultura, que son responsables de buena parte de los gases de efecto invernadero que emitimos.

Pero la estrategia no se queda solo en la reducción de emisiones. También contempla medidas de adaptación para fortalecer la resiliencia de comunidades y territorios que ya padecen los efectos del cambio climático. Por ejemplo, se elaborarán mapas de vulnerabilidad para priorizar la atención en 253 municipios particularmente expuestos a riesgos climáticos. Asimismo, se impulsará la restauración de ecosistemas degradados, con metas de reforestación que incluyen 100 mil hectáreas de bosques y la recuperación de 80 mil hectáreas de manglares, fundamentales para proteger nuestras costas. La transición hacia una economía circular y la gestión de contaminantes climáticos de vida corta como el metano y el carbono negro también son prioridades dentro de esta estrategia.

Un componente fundamental será el financiamiento. La Estrategia contempla un esquema de gobernanza que articule a las diferentes dependencias del gobierno federal, estados y municipios, así como mecanismos para garantizar la transparencia y el seguimiento de los avances. También se plantea la integración de instrumentos financieros nacionales e internacionales que permitan movilizar los recursos necesarios para cumplir con las metas climáticas. Todo ello se enmarca en la actualización de las Contribuciones Nacionalmente Determinadas (NDC), que México presentará este mismo año, donde se definirán los nuevos compromisos del país en la ruta hacia la neutralidad de carbono en 2050.

Sin embargo, las buenas intenciones y los documentos bien elaborados no bastan. Lo que está en juego es la coherencia entre el discurso y la acción. Mientras se presentan estrategias y planes climáticos, el país continúa desarrollando proyectos energéticos basados en combustibles fósiles que contradicen los objetivos de descarbonización. La credibilidad de la política climática mexicana dependerá de la capacidad de alinear todas las políticas públicas en una misma dirección: la sostenibilidad y la justicia climática.

En México ya sentimos los efectos de esta crisis global. Las lluvias son cada vez más erráticas, las olas de calor más frecuentes y las fuentes de agua más escasas. La Estrategia Nacional de Cambio Climático representa una oportunidad para que el país, y con él los estados y municipios, transformen sus modelos de desarrollo. Pero para que no quede solo en el papel, es indispensable que existan recursos, voluntad política y una ciudadanía informada y participativa. El tiempo se agota y la ventana para evitar los peores escenarios climáticos se estrecha cada día más. La verdadera pregunta es si seremos capaces de actuar a la altura que exige esta emergencia global.

*Profesor, consultor y gerente general de AQUATOR

Imagen: IAgua

Juan Carlos Valencia Vargas