

En los últimos años, la infancia ha comenzado a habitar un territorio que para los adultos todavía es desconocido: el mundo digital. Lo que antes era un espacio de juego y aprendizaje hoy también puede convertirse en un escenario silencioso donde niñas y niños son expuestos a formas de abuso que no dejan marcas visibles, pero que fracturan la vida con la misma intensidad que cualquier agresión física.
UNICEF ha señalado que uno de cada tres usuarios de internet en el mundo es un niño, una cifra que revela la dimensión del riesgo: la infancia ya no es espectadora de la tecnología, sino protagonista dentro de un entorno que no fue diseñado pensando en su protección.
En este escenario, el abuso sexual digital aparece como un fenómeno que se oculta detrás de pantallas, chats y cámaras, sin necesidad de que agresor y víctima se encuentren cara a cara. Basta imaginar a una niña de once años, conectada desde su habitación, creyendo que habla con un amigo de su edad, sin sospechar que al otro lado puede haber un adulto que utiliza el anonimato como herramienta de manipulación.
UNICEF y el proyecto Disrupting Harm han documentado que muchos agresores no comienzan con una amenaza, sino con afecto: primero un comentario amable, luego una solicitud aparentemente inocente, hasta que la conversación se convierte en una exigencia sostenida por el miedo. Cuando la imagen ya fue enviada, el agresor cambia las reglas. La niña descubre que aquello que pensó que desaparecería se convierte en la llave de su silencio.
Lo más devastador de esta forma de violencia es que no termina cuando cesa el contacto. UNICEF ha advertido que la circulación de material de abuso sexual infantil ha alcanzado cifras históricas; en solo un año, empresas tecnológicas reportaron más de dieciocho millones de casos de imágenes y videos relacionados con niños, niñas y adolescentes. Cada archivo puede ser visto, almacenado y distribuido infinitas veces, lo que significa que el daño se renueva cada vez que un desconocido vuelve a acceder a él. A diferencia del abuso presencial, el digital no tiene un cierre definido: continúa mientras el contenido exista.
Para las víctimas, el impacto emocional es profundo y silencioso. UNICEF ha documentado que la exposición temprana a violencia sexual afecta el desarrollo del cerebro y puede generar estrés tóxico, una forma de sobrecarga emocional que altera la capacidad para regular las emociones, confiar en otros e incluso sentirse segura en el propio cuerpo. Muchas niñas y niños no hablan porque creen que serán culpados.

Temen perder el teléfono, decepcionar a sus padres o ser castigados por algo que nunca estuvo realmente bajo su control. La vergüenza se vuelve una prisión y, en ese encierro emocional, el abuso se perpetúa sin que nadie lo advierta.
Las familias y las escuelas suelen enfrentarse a este fenómeno con herramientas insuficientes. No basta con decir “ten cuidado en internet” o “no aceptes desconocidos”; el riesgo no siempre proviene de un extraño. UNICEF ha identificado que, en muchos casos, el agresor digital es alguien conocido por el niño, incluso un compañero que comparte almacena o difunde contenido sin dimensionar el daño. Por eso, la respuesta no puede centrarse en prohibiciones o discursos basados en el miedo, sino en crear entornos donde niñas y niños puedan pedir ayuda sin temor al juicio. La protección real ocurre cuando un niño sabe que, pase lo que pase, no será culpado.
Las recomendaciones que emergen de estos estudios no se presentan como recetas aisladas, sino como parte de una transformación profunda en la forma de acompañar a la infancia. La educación digital debe comenzar temprano, enseñando que el cuerpo tiene derechos incluso detrás de una pantalla, que ningún secreto impuesto es una muestra de cariño y que pedir ayuda no significa estar en problemas. Las familias requieren pasar de la vigilancia punitiva al acompañamiento respetuoso: no revisar dispositivos como castigo, sino construir acuerdos que permitan que el niño sepa que no está solo. Las escuelas, por su parte, deben dejar de tratar estos casos como indisciplina tecnológica y asumirlos como situaciones de protección infantil, con protocolos claros para actuar cuando un estudiante enfrenta amenazas, difusión de imágenes o coerción digital.
Desde el sistema jurídico, el desafío implica reconocer que la violencia sexual digital es tan real como la física, aunque se exprese de manera distinta. Preservar evidencia sin revictimizar, eliminar contenido con intervención institucional y garantizar que la víctima nunca sea tratada como responsable son pilares fundamentales. UNICEF insiste en que ningún niño puede consentir su propia explotación; por ello, la respuesta debe centrarse en protección, no en castigo hacia la víctima. Además, la cooperación con plataformas tecnológicas ya no es opcional: es la única forma de impedir que el daño se multiplique más allá de fronteras y jurisdicciones.
Finalmente, el reto más grande no está en las pantallas, sino en lo que ocurre fuera de ellas. El abuso sexual digital prospera cuando la infancia se siente sola, cuando no encuentra un adulto disponible, cuando el miedo pesa más que la confianza. Por eso, la verdadera prevención nace en la relación: en las conversaciones cotidianas, en la capacidad de escuchar sin escandalizarse, en el mensaje firme y amoroso que cada niña y cada niño necesita escuchar al menos una vez en la vida: “no importa lo que haya pasado, puedes contármelo; no estás sola, no estás solo, y nunca será tu culpa”.
Para más información sobre actividades, conferencias y temas de interés del TUJPA, puede contactar a través de: Teléfono: 7775002627 / Página web: www.tujpamorelos.gob.mx / Redes sociales: @tujpamorelos
*Jueza Especializado del Tribunal Unitario de Justicia Penal para Adolescentes del Estado de Morelos

