

Se acostumbran a tener miedo con razón y sin ella. Se habitúan a dar por hecho que no les van a creer, que pueden vivir humillándolas, cerrándoles los caminos, burlándose, apropiándose de sus bienes, de su luz. Muchas creen que tienen que pagar porque las amen y gustosas agradecen haber sido la elegida convirtiéndose en alfombras. Ellos lo saben, por eso abusan. Y si no, el sistema los obliga a ser violentos, a ser hombres. Es así. Por eso las mujeres callan. Están aterradas. Me consta. La doctrina del shock es más que aleccionadora, la pedagogía del horror sobre sus ganas de ser libres, de hablar, de denunciar, es efectiva. En México, las cifras son contundentes: 80.1% de las mujeres mayores de 15 años han sufrido algún tipo de violencia a lo largo de su vida, ya sea emocional, económica, física, sexual o patrimonial. Esa cifra, para muchos, no es tan importante. Va primero la de los feminicidios. Siguen asesinando a once mujeres a diario.
Cada 8 de marzo y/o 25 de noviembre decimos lo mismo. El párrafo anterior se ha vuelto un cliché, la desgracia de un lugar común. Ni siquiera estoy segura de que sigan leyéndome después de esas líneas. De seguro pensarán que no tengo nada nuevo por decir porque, aunque el silencio no es neutral, ha sido una estrategia de control, un mecanismo para invisibilizar el dolor y perpetuar la impunidad; porque, aunque romperlo significa transformar la experiencia individual en memoria colectiva y la memoria en acción política, a pesar de hacerlo, de vivir conforme a esta consciencia, nada cambia sustantivamente o sí, sobreviene el hartazgo de la mano de la comprensión de quemarlo todo. Un hartazgo que madura hasta que ya no podemos más.
Por eso escribo este texto y lo dedico a todas las que estamos cansadas de que con cualquier excusa se nieguen a escucharnos, a publicarnos lo que deseamos decir y es urgente. Por eso escribo, porque la censura me ha alcanzado en todas sus formas, facetas, perpetradores y gente que “por mi bien” me dice que no hable de tal o cual cosa. Escribo no sólo para nombrar, sino reapropiarme de un lenguaje, para dar a conocer un contenido que en todos los medios en los que he colaborado, han tratado de atajar o atenuar cuando la línea de fuga va precisamente en dirección contraria: en el arriesgarse a decir o abandonar los espacios donde no se permite la verdadera libertad de expresión. Sin embargo, el espacio público no es la única arena de tal silenciamiento, comienza en la esfera privada donde la violencia emocional es normalizada en nombre del amor romántico o la búsqueda del mismo porque ni los narcisistas ni los psicópatas aman en verdad.
Decía que ahí comienza todo, en la violencia emocional, también llamada psicológica, una de las formas más comunes y menos reconocidas de agresión hacia las mujeres. A diferencia de la violencia física, no deja marcas visibles en el cuerpo, pero sí imprime cicatrices profundas en la mente y en la vida cotidiana. En el mundo, millones de mujeres enfrentan esta forma de violencia en sus hogares, en el trabajo y en los espacios públicos, sin que siempre sea identificada como tal.
Las consecuencias de la violencia emocional son múltiples y devastadoras. En primer lugar, afecta la salud mental: las mujeres que la padecen suelen experimentar ansiedad, depresión, insomnio y sentimientos de culpa. El gaslighting, por ejemplo, es una estrategia de manipulación que lleva a la víctima a dudar de su propia percepción de la realidad, generando confusión y pérdida de confianza en sí misma. Esta erosión de la autoestima puede derivar en aislamiento social y en la incapacidad de tomar decisiones autónomas.
En segundo lugar, la violencia emocional impacta en la salud física. Diversos estudios han demostrado que el estrés crónico derivado de la violencia psicológica se relaciona con problemas cardiovasculares, gastrointestinales y debilitamiento del sistema inmunológico. Así, lo que comienza como una agresión verbal o una manipulación constante termina repercutiendo en el cuerpo de manera tangible.

Otra consecuencia es la limitación en el desarrollo personal y profesional. Las mujeres que viven bajo violencia emocional suelen ver obstaculizados sus proyectos de vida: se les desmotiva, se les ridiculiza o se les hace sentir incapaces. Esto no sólo afecta su desempeño laboral, sino también su participación en espacios comunitarios y políticos, perpetuando la exclusión y la desigualdad de género.
Finalmente, la violencia emocional tiene un impacto intergeneracional. Hijas e hijos que crecen en ambientes donde la madre es violentada emocionalmente aprenden patrones de relación basados en el control y la desvalorización. Esto perpetúa el ciclo de violencia y dificulta la construcción de vínculos sanos en el futuro.
Romper el silencio frente a la violencia emocional es apremiante. Reconocerla como una forma de agresión legítima y dañina es el primer paso para erradicarla. Las mujeres necesitan redes de apoyo, espacios seguros y políticas públicas que visibilicen esta problemática y ofrezcan atención integral. La violencia emocional no es “menos grave” que la física: sus consecuencias son invisibles, pero igualmente destructivas.
Dicha violencia es una herida silenciosa que afecta la mente, el cuerpo y la sociedad en su conjunto. Nombrarla, denunciarla y combatirla es indispensable para construir un futuro donde las mujeres puedan vivir con dignidad, libres de miedo y con plena capacidad de desarrollo. No obstante, lo que desea el patriarcado es justo lo opuesto: nos quieren indignas, temerosas, sin poder desarrollarnos. También por eso escribo este 25N desde el privilegio de ser de las poquísimas con quien no lo han logrado, aunque se empeñen en borrarme, en no publicar mis artículos o textos completos, aunque desde su estulticia y cobardía le teman al feminismo, a la inteligencia, a la pasión, a la prolífica lucidez de la mujeres fuertes y le den el trabajo que me corresponde a otros menos capaces, con menor CV y logros, sólo porque son corruptos, porque pactan con otros hombres patriarcales desde la corrupción, el nepotismo, la violencia; porque se trata, bajo el visto bueno de otras mujeres envidiosas y machistas, de hacer a un lado a las personas como yo. Sí, hablo en primera persona porque denuncio con plena consciencia de ello, con absoluta responsabilidad en pie de lucha de cara a otro día violeta o anaranjado, pues algún día las cosas van a cambiar verdaderamente. Con todo y sus demoras, le apuesto a la justicia.
*Escritora

Foto: UNAM

