Morelos comparte con la Ciudad y el Estado de México, mucha de su gente, costumbres, formas de intercambio de mercancías, círculos económicos, y especialmente una superficie de más de 250 mil hectáreas de floresta conocida como el Gran Bosque de Agua, que se extiende por 37 municipios y alcaldías y conecta 21 áreas naturales protegidas.

De la salud de este bosque de agua depende el 70% del agua que se consume en la Ciudad de México y toda la que llega a las dos capitales, Cuernavaca y Toluca, mediante acuíferos y cuerpos de agua dependientes de los ecosistemas de la región. Pese a la importancia del área, el deterioro que ha sufrido por décadas se ha acelerado en los últimos años debido a la urbanización, la tala ilegal, los incendios forestales y el uso de zonas de bosque como áreas de cultivo; la mayor parte de estos problemas son cuestiones sociodemográficas que, sin embargo, pueden y deben enfrentarse desde los gobiernos locales tanto en los municipios como en los estados.

Los esfuerzos aislados y efímeros de algunos municipios y gobiernos estatales han sido insuficientes para detener la destrucción de cientos de hectáreas de bosque cada año; que tiene orígenes múltiples, como la corrupción en los usos de suelo, la escasa rentabilidad del campo, la falta de espacios de vivienda accesibles en los grandes centros urbanos, y las actividades de grupos criminales dedicados a la tala de bosques y otras actividades delictivas.

El tamaño de los problemas que amenazan al bosque de agua es tal, que muchas autoridades locales han tenido que bajar los brazos en lo que refiere a la defensa del medio ambiente, alcaldías que cuentan con apenas una veintena de policías mal equipados, son insuficientes para combatir a los millonarios intereses del crimen organizado, de las fraccionadoras y de otros entes depredadores del medio ambiente en todo el país.

Llamaba la atención que los esfuerzos, hasta ahora, se habían emprendido aislados. Un puñado de quijotes acompañados de activistas sociales y solo la bendición de los gobiernos estatales, se atrevían a hacer frente a las bandas de tala inmoderada, a poner alto en los cabildos a los permisos para urbanización o para la operación de empresas depredadoras. Sólo en Morelos, la defensa del medio ambiente ha sumado a una decena de mártires en los últimos años, asesinados todos sin que se haya detenido a todos los responsables.

Tuvieron que pasar muchos años para que tres mujeres coincidieran en las gubernaturas de Morelos y el Estado de México y en la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México. Ellas lograron ponerse de acuerdo y establecer por primera vez en muchos años, una alianza por la defensa del bosque de agua y de las áreas naturales en el área triestatal. Las mandatarias entendieron y llevaron a la práctica lo que John Donne nos había enseñado desde 1624 que “ningún hombre es una isla entera por sí mismo. Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo”, lo que ocurre en Xonacatlán, en Cuajimalpa, nos afecta tanto a los morelenses, mexiquenses y capitalinos como lo que pasa en Huitzilac.

Morelos comparte con la Ciudad y el Estado de México mucho más que las relaciones humanas, que el gusto por los tlacoyos y otras garnachas; tienen un espacio vital común y la responsabilidad de cuidarlo entre todos es insoslayable pero también intransferible. La existencia futura de la vida como la conocemos en los tres estados, de cientos de especies de flora y fauna y de nuestros hijos y nietos, depende de lo que podamos construir todos a partir del acuerdo de alianza para combatir la tala clandestina e impulsar la conservación de las áreas naturales firmado ayer por las tres mandatarias.

La Jornada Morelos