

La historia y el medio ambiente juzgarán muy pronto a quienes, desde sus posiciones en las administraciones estatales y municipales, las empresas constructoras, la irresponsabilidad social y hasta la inacción ciudadana, han permitido la sistemática destrucción del arbolado urbano de Cuernavaca.
La normalización que se ha hecho de las prácticas de aniquilación de ejemplares maduros, algunos incluso centenarios, para dar espacio a cableados, anuncios luminosos, entradas de vehículos, desarrollos inmobiliarios, o cualquiera otra malentendida expresión de progreso, permitió el paulatino traslado de la indignación activa a la pérdida de asombro frente a los actos de depredación.
El activismo con que hace dos o tres décadas se defendía casi cada árbol de la ciudad, ha sido suplantado con un aletargamiento social que sólo despierta en las redes sociales que resultan inútiles para frenar los actos depredadores.
La codicia es siempre peligrosa, mucho más cuando se combina con la ignorancia y el salvajismo disfrazado de actos civilizatorios, modernizadores o urbanizadores.
En Cuernavaca, nuestros más antiguos habitantes, los grandes árboles que se podían encontrar en casi toda la ciudad han sido agredidos cotidianamente y pocas son las voces y mucho menos las acciones para defenderlos. Incluso en colonias que eran privilegiadas y embellecidas por su denso arbolado, Las Palmas, Miraval, Vistahermosa, Delicias, Reforma, las agresiones contra los árboles maduros han disminuido hasta en la mitad su capacidad de alojar la biodiversidad que caracterizó a la ciudad por siglos.
Y aunque la autoridad presuma realizar acciones de arborización urbana con nuevos ejemplares, lo cierto es que el daño que se está permitiendo y hasta fomentando desde múltiples frentes es irreparable. Para que los árboles nuevos empiecen siquiera a realizar las funciones de los maduros que se están retirando deben pasar décadas, lo que generaría un lapso de muchos años que comprometería el clima y la vida que conocemos en Cuernavaca.

Y aunque debieran concederse algunos aciertos muy recientes en el manejo ambiental de la ciudad, como el inicio de la recuperación de las barrancas; lo cierto es que la falta de cuidado del arbolado urbano es un enorme pendiente que prácticamente borra el resto de los esfuerzos por el impacto negativo que tiene no solo en el paisaje, sino en el equilibrio general del sistema.
Es urgente recuperar la idea de coexistencia con los árboles de la ciudad, que era uno de los valores fundamentales de la población de Cuernavaca hace años (uno que permitió la conservación de la mayor parte del arbolado con la primera gran explosión demográfica de la ciudad en los ochenta y noventa).
Las agresiones que se cometen contra el arbolado lo son también contra el medio ambiente, y mucho más contra los habitantes de la ciudad que sufren las consecuencias de cada atentado cometido en aras de una expansión urbana que bien podría darse considerando a cada uno de los árboles que aún existen. Así se hizo en Cuernavaca por muchas décadas.
Y visto que las autoridades no tienen para el cuidado de los árboles sino ocurrencias, queda el tiempo de la organización ciudadana, del activismo real y positivo de la gente. Denunciar la depredación, defender la vida y la salud de cada árbol maduro, se vuelve urgente porque, como dicen los expertos, estamos en una emergencia que definirá la viabilidad de nuestra ciudad para cada uno de sus habitantes, pero también para el mundo que la observa, visita y también disfruta.

