
Aunque hace más de dos décadas el inicio de la democratización del país trajo consigo el desvanecimiento del protocolo, también demostró que el conjunto de rituales establecidos por normas, reglas y costumbres tenía una utilidad mucho más allá de lo práctico.
El protocolo en esencia es reconocer que hay algo más grande, más importante y que merece igual o más respeto que uno mismo. No solo se trata de una herramienta para facilitar el orden y resolver problemas logísticos, aunque a algunos les pareciera esa su exclusiva función. Se trata de un conjunto de símbolos que reflejan estabilidad, profesionalismo, respeto, sabiduría en la función pública, un vehículo profundo de transmisión de mensajes desde la autoridad.
Los políticos entienden que el Poder y su ejercicio, además de en las normas jurídicas que le dan legalidad, se funda en el conjunto simbólico que le aporta legitimidad. Desgraciadamente, por muchos años Morelos no estuvo gobernado por políticos, sino por una casta de funcionarios electos que renegaban de la práctica y el arte para el que se habían “alquilado”.
La política no es solo ejercer el Poder de forma silvestre o rupestre, sino ejercer un arte y múltiples procesos para tomar decisiones que organizan la convivencia, gestionan el poder y resuelven conflictos. Renegar de la política significa también negar el diálogo, la negociación, el respeto a las leyes y la esencial búsqueda del bien común.
Así que las anteriores administraciones, rupturistas más que disruptivas, que traicionaron la política no requerían de forma alguna el uso del protocolo. De hecho, era lo contrario, el conjunto de rituales los habría obligado a ejercer alguna de las formas de la política y eso era demasiado para quienes usaban la función pública para soportar su soberbia, sus francachelas, sus liviandades y sus negocios particulares.
Habrá a quienes, después de más de una década de ausencia del protocolo entre los Poderes públicos estatales, les parezca poca cosa el que la gobernadora, Margarita González Saravia, y la LVI Legislatura del Congreso del Estado de Morelos, hayan acordado no solo la asistencia de ella al recinto legislativo para entregar el documento que contiene los resultados de su primer año de gestión. “Pudo haberlo mandado con el secretario de Gobierno y no pasaba nada”, dirían y en efecto, tendrían razón: no habría pasado nada y eso es lo grave.

Morelos ha padecido esa especie de nihilismo en el ejercicio y las relaciones gubernamentales hace demasiado tiempo. Los resultados están a la vista, una clase política raquítica, falta de orden, liderazgos, trabajo y construcción de la comunidad en casi todo el estado, la ausencia prácticamente total de resultados en todas las áreas.
El Informe de Gobierno de González Saravia es un compendio de logros significativo si se contextualiza respecto de las anteriores administraciones. Son acciones insuficientes, como ella misma reconoce, para las enormes necesidades que heredó en prácticamente todos los espacios de la administración pública local. Su idea de ordenar la casa para poder seguir trabajando es obvia, pero también urgente y digna de mencionarse siempre en medio del caos en que pretendieron acostumbrar a vivir a los morelenses.
Parte de ese orden es el regreso al protocolo, al respeto por los Poderes, los ayuntamientos, los sectores sociales, la ciudadanía. No es lo único, pero es parte de un bien principio sobre el que mucho podrá y deberá construirse en los próximos años.

