Parlamentos de la Mujer van y vienen y, aunque es importante reconocer algunos avances en materia de inclusión y diseño de políticas públicas para ellas, también debe admitirse que las legislaturas y los gobiernos han sido incapaces hasta ahora de saldar las enormes deudas que el Estado, entendido como el conjunto de instituciones que gobiernan y administran; y la sociedad, concebida como el grupo de personas que comparten el territorio donde habitan, sus normas, símbolos, costumbres y tradiciones; han ido tejiendo a través de una historia de marginación, subyugación y violencia.

Parte porque los pendientes históricos son de tamaño descomunal, otra porque la evolución social y las conquistas de los movimientos por los derechos de las mujeres han evidenciado nuevos retos para atender, pero mucho más por la desidia de los políticos que, por temor o conveniencia electoral, son omisos en la atención de las justas demandas de ellas, lo cierto es que, no cada ocho de marzo sino todos los días, las demandas de las mujeres son las mismas y podrían condensarse en una sola que se pone en los carteles y en las pintas de paredes cada ocho de marzo: “no quiero sentirme valiente, quiero sentirme libre”.

Y si bien los avances son tan visibles que es imposible ocultarlos, también debe concederse generan paradojas insostenibles desde cualquier visión humana del problema: Las mujeres de Morelos pueden estudiar una carrera, pero no están a salvo en el transporte público; pueden ser profesionistas y directivas de empresas, pero sufren acoso y hostigamiento en sus empleos; pueden ganar más que los hombres, pero deben hacer el doble o triple de trabajo; se pueden divorciar rápidamente, pero son víctimas de violencia vicaria y abusos en los tribunales. Las mujeres de Morelos pueden decidir sobre hacer una carrera en política, en empresas, en el arte, pero no sobre sus propios cuerpos.

Las conquistas que la lucha de miles de mujeres a través de la historia ha conseguido son insuficientes primordialmente porque desde los poderes públicos se escamotea el reconocimiento total a los derechos y se presenta siempre a cuentagotas. Pese a que las mujeres han sido sumamente generosas a través de la historia, el estado les da siempre respuestas mezquinas, contraviniendo incluso la generosidad propia que ellas han llevado a los gobiernos donde ocupan cargos de decisión.

Llama la atención que, frente al progresismo y el compromiso con la lucha feminista de la presidenta, Claudia Sheinbaum y la gobernadora, Margarita González Saravia; y a los reclamos de miles de mujeres morelenses ubicadas en espacios de poder algunas, y otras en el activismo al que obligan la indignación y el miedo, la respuesta de muchas instituciones sea tan avara como una clase de zumba y en otras tan insultante como el silencio y la omisión.

En el Congreso de Morelos, sede del Parlamento de las Mujeres, los reclamos fueron en torno a la violencia, la marginación, la falta de acceso a la salud y por supuesto, al pendiente de la despenalización del aborto. Antes de las intervenciones de ciudadanas y activistas, la presidenta de las comisiones de Puntos Constitucionales y de Igualdad de Género de la LVI Legislatura, Melissa Montes de Oca, tuvo que recordar a los diputados de la sentencia del juzgado noveno que los obligaría a despenalizar el aborto. “Esta sentencia más que un mandato judicial, es un llamado a la justicia, a la equidad y a la humanización de nuestras decisiones legislativas. Como diputados y diputadas tenemos el deber de alinearnos con los principios fundamentales de los derechos humanos y al hacerlo, debemos erradicar todo vestigio de retroceso que ponga en duda nuestro compromiso con la libertad, la autonomía y el respeto absoluto a las mujeres”, aseguró la diputada, pero, como ha ocurrido desde que el tema llegó al Congreso, no la escucharon los suficientes legisladores para lograr la mayoría: omisiones y silencio.

La Jornada Morelos