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Entre la enorme proporción de incendios forestales intencionales, desastres domésticos o industriales provocados por ignorar las precauciones elementales, y los abiertos desafíos a las restricciones elementales para proteger a la gente, queda claro que la mayor parte de los desastres tienen un componente de gravedad añadido por la imprudencia de la población.

El reforzamiento de las medidas de seguridad y actuación para una eventual emergencia provocada por el volcán Popocatépetl evidencia una concepción diferente de la protección civil que va de la reacción ante los desastres, a la planeación y disminución de riesgos para hacer las necesarias intervenciones mucho más efectivas.

Los gobiernos federal y estatal, y los de algunos municipios han mostrado una disposición a mejorar sus esquemas de protección civil y hasta a invertir sustancialmente en la disminución de riesgos y equipamiento frente a emergencias. Pero todo eso sirve de bastante poco si la gente continúa omitiendo los aspectos básicos de prevención, sea por ignorancia, imprudencia, o hasta por codicia (como en el caso de los asentamientos humanos irregulares) o tacañería que lleva a no invertir en las medidas de protección necesarias.

Por supuesto que es útil tener brigadas entrenadas y equipadas para el combate de incendios forestales, pero su trabajo sería mucho menos riesgoso si hubiera menos incendios. Si se considera que por lo menos el 75% de los incendios forestales son intencionales para buscar cambios en los usos de suelo, limpieza de terrenos para cultivo, o simplemente por dolo, el riesgo se reduciría sustancialmente con actuaciones humanas más responsables.

Es una buena noticia también la rehabilitación de las rutas, albergues, señalética y otros componentes de las rutas de evacuación del Popocatépetl; pero si la gente continúa desacatando la zona restringida para tomarse fotos en el volcán, el riesgo se multiplica y las víctimas de un eventual desastre podrían ser muchas.

Los estudios sociales atribuyen el desacato a las disposiciones de Protección Civil a la falta de conciencia (ideas como ‘a mí nunca me va a pasar’); la desconfianza ciudadana en las autoridades y las deficiencias en la implementación gubernamental, como programas desactualizados y escasa coordinación entre los niveles de gobierno.

En el caso de Morelos el gobierno estatal ha reconocido, sin decirlo, las enormes deficiencias de los ayuntamientos en materia de protección civil, y por ello ha diseñado un programa de coordinaciones regionales al mando del estado. En paralelo ha establecido coordinación con los municipios que trabajan más en la materia y conmina a los otros a mejorar sus protocolos y coordinación. Como ejemplo de las deficiencias municipales está el que, de los 36 ayuntamientos del estado, sólo Cuernavaca tiene un atlas de riesgo actualizado; el resto resultan obsoletos y no se corrigen por falta de recursos y de voluntad.

Después de cada gran desastre natural que ha enfrentado el estado se ha retomado el tema de la protección civil y la gente habla de ella y se prepara durante unos meses. Pero pasa el tiempo y el conocimiento se olvida y los vicios y prácticas de riesgo vuelven. Esto demuestra que la promoción de una cultura de protección civil debe ser una práctica permanente en las instituciones, las empresas, las escuelas, los hogares y hasta en las calles. En ello nos van muchas vidas.

La Jornada Morelos