

Una de las preocupaciones fundamentales de todos los padres de familia es la seguridad de sus hijos en el entorno escolar, ese que no se reduce a la regular seguridad que pueden garantizar actualmente los maestros, personal administrativo y directivos en las aulas, patios y oficinas de los planteles educativos, porque necesariamente se extiende a las aceras y calles aledañas, donde las condiciones de riesgo se incrementan.
Los recientes hechos de violencia que han tenido por víctimas a adolescentes de los niveles medio superior y superior, las agresiones que han sufrido en el último año decenas de maestros que padecieron actos delictivos, evidencian la necesidad convertida ya en urgencia de replantear la atención que debe darse al pendiente de seguridad para las comunidades escolares, que no son ajenas a los hechos de violencia no solo por estar dentro de un territorio sometido a altos riesgos de inseguridad, sino también -y mucho más grave- por la extraordinaria vulnerabilidad en que se encuentran, algo que hemos aprendido de la peor manera.
El abandono que padeció el estado por casi seis años en materia de seguridad pública se conjugó con el olvido en que se tuvo a las escuelas de prácticamente todos los niveles en materia de infraestructura y protección para generar condiciones de extremo riesgo para las comunidades estudiantiles. Por ello es importante que las autoridades educativas hayan retomado la preocupación por ofrecer esquemas de seguridad mediante protocolos y coordinación con autoridades policiales para prácticamente todos los niveles educativos. Ello permitirá reducir los riesgos a que se enfrentan estudiantes, docentes y administrativos en el transporte público y las calles y aceras aledañas a las escuelas.
Faltaba, ciertamente, la otra parte, lo que ocurre al interior de los planteles, donde miles de alumnos en Morelos son víctimas de malos tratos, abusos y acoso de parte de sus propios compañeros, y en el peor de los casos, de maestros y administrativos. La violencia que se ha agravado en la sociedad también impactó los grados en que la sufren las víctimas en las escuelas. Ese acoso que era común en las escuelas desde hace muchas décadas se fue agravando paulatinamente hasta niveles ya insostenibles que convirtieron a muchos planteles en espacios tan violentos como las calles, no solo para el alumnado, también en no pocos casos, para el cuerpo docente.
Ayer inició la capacitación de maestros y directivos para la construcción de entornos seguros en las escuelas. Con ella se busca prevenir, detectar, notificar, intervenir y dar seguimiento a casos de violencia y acoso escolar. Se trata de volver a las escuelas zonas convivencia sana y pacífica mediante el trabajo en equipo de docentes, directivos, padres de familia y tutores. La paz se inicia desde la infancia y es vital que, además de contenidos educativos que ayuden al alumnado a resolver sus conflictos por la vía pacífica y a una convivencia más edificante, los ambientes en que estas habilidades se enseñan sean ejemplo de este conocimiento.
Las estrategias buscan, sin decirlo abiertamente, cerrar una pinza para mejorar la seguridad, reducir los riesgos y contribuir a la construcción de la paz dentro y fuera de las escuelas. Para ello, ciertamente, se requiere del compromiso y trabajo de todos, es tiempo de aportar todos los conocimientos y talentos para ayudar a hacer de Morelos un estado donde la paz no sea un objetivo, sino un medio para conseguir el desarrollo, el progreso, y una mejor vida para todos sus habitantes, y esa tarea comienza en las escuelas.


