

Más allá de que, para la sensibilidad estética se encuentran en el pináculo del mal gusto musical, los corridos bélicos o narcocorridos construyen una narrativa que junto con otras manifestaciones pseudo artísticas, se inscribe directamente en la apología del delito, una práctica que busca legitimar el crimen y la violencia mediante su glorificación y normalización.
Increíblemente, hasta antes de la prohibición de los narcocorridos en Morelos había políticos, diputados, senadores y hasta ayuntamientos que promovían las presentaciones de cantantes de ese género, peor aún, pagadas con dinero de los contribuyentes. Llama la atención, y probablemente tendría que reconocerse, la velocidad con que muchos de esos personajes se sumaron a la iniciativa y dejaron de promover a los apologistas del delito en un estado que lo que requiere con urgencia es una sinfonía de paz.
La estructura de las piezas parte de melodías recurrentes y rítmicas que acompañan la narración de historias que presentan las acciones de criminales como hazañas de proporciones legendarias. Su carácter simplón y repetitivo les da permanencia en la memoria que contribuye a la celebración de un estilo de vida delincuencial, violento, alejado de los valores elementales de la humanidad y la sociedad.
Si bien esa especie musical forma apenas una parte de toda una serie de expresiones con las que los grupos delictivos exhiben su poder y los que consideran sus logros retratados hasta en series televisivas que se transmiten sin mayores filtros en plataformas de streaming, también son, los narcocorridos, la expresión más simple y de mayor alcance en la sociedad, por lo que en Morelos, a iniciativa del Poder Ejecutivo, el Congreso de Morelos aprobó la reforma que prohíbe la difusión pública de este tipo de música en eventos públicos.
La restricción tiene un sustento argumental innegable, el incremento del delito de narcomenudeo, y toda la gama de ilícitos que con él se relacionan, desde el robo, extorsión, y portación de armas por mencionar algunos, han mantenido un incremento creciente en el estado durante las últimas décadas; peor aún, cada vez son más los adolescentes y hasta niños que con copartícipes de estas actividades criminales.
La apología del delito daña la confianza en la justicia, en las instituciones del Estado y en la capacidad de ellas para proteger a la ciudadanía; descompone la moral pública al normalizar la violencia y debilitar los valores humanos y sociales; influye negativamente en la formación de las infancias y adolescencias; presenta a los criminales como modelos de comportamiento a seguir; incita a la violencia, En suma contribuye al deterioro social mediante la exaltación a repetir conductas criminales.

Y aunque muchos empezaron a criticar la medida por considerar que silencia una expresión no deseable ni cultural, pero real de la sociedad actual, y advirtieron sobre el daño que podría provocar a la libertad de expresión, no hay posibilidad de confusión en los conceptos.
Porque la libertad de expresión protege la expresión de las ideas, la apología del delito pone en riesgo el orden público, la seguridad y el bienestar de la sociedad, lo que de sí la convierte en una conducta ilícita.


