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Con la cruel y casi perpetua historia de violencia contra las mujeres resulta absurdo para los hombres e insultante para ellas pensar que las acciones que cada año se realizan durante periodos apenas equivalentes a un mes son suficientes para restaurar los derechos, mucho más cuando han sido aparentemente insignificantes para siquiera contener la violencia de género que cada día aumenta, se disfraza, reproduce, y atiza en la sociedad.

Aunque debe reconocerse el nuevo enfoque y la seriedad que los gobiernos de México y Morelos tienen para enfrenar el problema de violencias contra las mujeres mediante la identificación de las causas, las múltiples dimensiones y el tamaño del problema, el reconocimiento de las necesidades de las víctimas y de la población en riesgo, y la articulación de redes que funcionan para compartir experiencias, saberes y empoderar a las mujeres; las cifras continúan siendo alarmantes en parte porque se trata de un problema que nace en el seno de las familias a donde el Estado solo puede llegar mediante la reeducación; y también porque en gran medida el propio sistema reproduce esquemas patriarcales generadores de violencia que solo simulan alertarse cada 8 de marzo, los días naranja y los 25 de noviembre en un gatopardismo absoluto.

La violencia contra las mujeres es alarmante y prácticamente generalizada y continúa reproduciéndose también porque el patriarcado reacciona y tiene sus métodos y vías de restauración que aplica siempre que se siente amenazado. Esto ha permitido que desde muchos escenarios se considere la necesidad de crear espacios libres de violencia, entornos de paz y armonía para las mujeres como una especie de Zeitgeist (el espíritu de los tiempos) para la primera parte del siglo XXI, una suerte de moda que puede ser ignorada, desplazada, o admitida cuando es conveniente, en los espacios donde el patriarcado domina, que siguen siendo prácticamente todos los de la vida pública.

La aparición de corrientes de reacción contra los feminismos, de argumentaciones sobre la suficiencia de los avances innegables de las últimas décadas, tiende a negar que cada espacio ganado por las mujeres ha costado sangre, lágrimas, se ha tenido que construir con los cimientos de miles de víctimas. La urgencia de muchos hombres por aparecer este día y asegurar que han trabajado contra la violencia de género parece una búsqueda por lavarse las manos de la responsabilidad que los varones de todo el mundo tenemos, como un pecado original, en la generación de ambientes hostiles contra las mujeres y demuestra que no entienden el pasado, pero tampoco el presente.

Tienen razón las feministas, en algún momento del futuro el patriarcado se va a caer, su capacidad de restauración no alcanzará para la precisión de las acciones de las colectivas, de las políticas públicas, de los empoderamientos y las redes de mujeres. Es una lucha que los machismos no pueden ni deben ganar. La pregunta en todo caso sería, cuánta violencia más costará arrancar de raíz una cultura en sí misma violenta. No debe ser mucho, en todo caso, una muestra de verdadera hombría sería que los propios varones le dieran la puntilla a los machismos y micromachismos que construyen ese patriarcado que a todos ha enfermado y que a tantas mujeres ha victimizado.

Cuando se habla de violencias, especialmente de género, referimos a problemas que trascienden con mucho la buena voluntad y las acciones del Estado. Correctas en sus métodos y aplicación, las políticas de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo y la gobernadora, Margarita González Saravia para erradicar la violencia contra las mujeres serán insuficientes mientras la sociedad no opere el cambio y para eso hacemos falta todas y todos.

La Jornada Morelos