

Sin lugar a duda, la crisis que provocaron las muy fuertes lluvias del jueves por la noche y madrugada del viernes evidenciaron la fuerza de la naturaleza y las debilidades históricas de la infraestructura en Cuernavaca; pero también, y esto para nada debería soslayarse, la profunda irresponsabilidad de la ciudadanía cuyas malas prácticas contribuyen a aumentar la magnitud de los desastres.
Definitivamente hay condiciones de la ciudad que son recetas para las catástrofes: el tendido eléctrico entre las ramas de los árboles, la falta de drenajes pluviales en muchas zonas de la ciudad, los defectos en el encarpetamiento que por décadas apostó a las frágiles tortas de pavimento y otros defectos que se han ido acrecentando en la misma medida que la ciudad ha crecido de 500 mil habitantes en el 1988 a un millón 156 mil en el 2025 (conforme a las estimaciones de Macrotrends).
En algunos de los defectos, la responsabilidad es compartida, entre autoridades y grupos poblacionales; como más de una decena de asentamientos irregulares, algunos en zonas de riesgo de derrumbes e inundaciones, que se fueron ampliando con los consiguientes daños ambientales, sociales y al estado de derecho. Si bien quienes invadieron esas zonas son los principales responsables, la autoridad municipal tampoco hizo algo para detener el crecimiento urbano irregular convirtiéndose en cómplice por omisión o comisión. Dado que los asentamientos han estado ahí por décadas, retirarlos se ha convertido en un reto económico, político y social para cualquier administración municipal, pese a los riesgos que la gente corre en esas zonas.
En ese contexto, pareciera que la cohabitación y la seguridad de todos depende en gran medida de cierto grado de responsabilidad ciudadana, algo que parece no existir en la mayoría de la población.
La mayor parte de los desastres asociados con las lluvias de la madrugada del viernes derivan de taponamientos de desfogues pluviales. La basura dejada por la gente en las calles es arrastrada por la corriente hasta bloquear los espacios por donde correría en condiciones normales, lo que genera inundaciones, encharcamientos y corrientes de mucho mayor caudal al manejable.
La acumulación de basura se debe a dos factores: primero, la generación de desechos en las calles asociada al comercio fijo y ambulante y a la irresponsabilidad de miles de consumidores aparentemente incapaces de la disposición adecuada de sus residuos; y segundo, el abandono de los desechos domiciliarios y de locales en la vía pública fuera de los días y horarios establecidos para la recolección. En ambos casos hablamos no de problemas atribuibles a la infraestructura o a la aptitud de las autoridades municipales, sino de una combinación elemental de decencia y sentido común.

Si hay algo que nos demuestran las contribuciones de la irresponsabilidad social a los desastres en Cuernavaca, pero también en otras partes del mundo, es que las leyes, reglamentos, protocolos y procedimientos tienen una razón fundamental: la protección de la población y de la convivencia armónica.
Y claro que la responsabilidad ciudadana puede ser insuficiente para contener los desastres causados por fenómenos a los que hemos dado en llamar la furia de la naturaleza; pero sin duda es fundamental para reducir muchos de los daños que ella causa algo que, como se mostró este viernes, puede resultar sumamente valioso.

