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El sismo de magnitud 6.5 con epicentro en San Marcos, Guerrero, ocurrido la mañana de ayer, volvió a colocar a la naturaleza como protagonista indiscutible y, al mismo tiempo, a la fragilidad humana como una realidad ineludible. El saldo —una mujer fallecida, cientos de viviendas dañadas, carreteras afectadas, hospitales con evacuaciones preventivas y más de 500 réplicas en pocas horas, de acuerdo a la última información oficial— no puede condensarse en cifras porque detrás de cada dato hay historias de vulnerabilidad, miedo y pérdidas que, en muchos casos, se repiten una y otra vez en las mismas regiones del país.

Guerrero, una entidad acostumbrada a convivir con los impredecibles fenómenos de la naturaleza, volvió a exhibir sus contrastes. Por un lado, la rápida activación de protocolos de protección civil, evacuaciones oportunas y atención a fugas de gas, derrumbes y daños hospitalarios; por otro, la persistencia de viviendas precarias, infraestructura carretera vulnerable y comunidades que siguen siendo las primeras en resentir la fuerza de la tierra. La muerte de una mujer aplastada por el techo de su vivienda en San Marcos es un recordatorio doloroso de que la prevención no termina en la alerta sísmica, sino que comienza en la calidad de la vivienda, el ordenamiento territorial y la reducción de desigualdades históricas.

El registro de los centenares de réplicas en pocas horas confirma, además, que los sismos no son eventos aislados, sino procesos que se prolongan y ponen a prueba la capacidad institucional y social para mantenerse en alerta. Hospitales evacuados, carreteras parcialmente cerradas, aeropuertos con cierres preventivos y daños en inmuebles públicos evidencian que la resiliencia que se construye —o se debilita— con inversión, planeación y capacitación constante.

En contraste, el saldo blanco reportado en Morelos ofrece una lectura complementaria y necesaria. La activación inmediata de protocolos, la coordinación entre los 36 municipios, la evacuación ordenada de edificios públicos, la revisión de hospitales, centros penitenciarios y mercados, así como la vigilancia preventiva en zonas históricamente vulnerables, muestran que la prevención sí marca la diferencia. Se debe reconocer que la preparación reduce riesgos y permite enfrentar las eventualidades.

Este escenario obliga a subrayar una lección central: proteger a la ciudadanía frente a desastres naturales requiere un enfoque integral. Las alertas sísmicas son indispensables, pero no suficientes. Tan importante como escuchar una alarma es saber qué hacer después; tan relevante como evacuar un edificio es contar con rutas seguras, infraestructura funcional y personal capacitado. En ese sentido, cobra especial relevancia el rescate y la rehabilitación de las vías de evacuación del volcán Popocatépetl, una tarea que la actual administración estatal ha asumido con decisión y visión preventiva y de que la hablábamos ayer. No es una obra menor ni un asunto secundario: es una inversión estratégica en seguridad humana.

La madre naturaleza no negocia ni concede prórrogas. Frente a ella, la humanidad no puede aspirar al control absoluto, sino a la previsión, la preparación y la capacidad de respuesta. El sismo de ayer fue un recordatorio contundente de que los desastres naturales no distinguen calendarios ni fronteras estatales, pero sí evidencian diferencias en planeación, infraestructura y cultura de la prevención, porque cuando la tierra se mueve, lo único que realmente marca la diferencia entre el desastre y el nivel de preparación colectiva.

La Jornada Morelos