Las calles de Cuernavaca se llenaron este 8 de marzo de voces, tambores, pancartas y consignas. Miles de mujeres marcharon para conmemorar el Día Internacional de la Mujer, pero también para expresar una indignación que en Morelos adquirió un tono particularmente doloroso: el recuerdo reciente de los feminicidios de las estudiantes de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, Kimberly Ramos y Karol Toledo. 

En un estado marcado por la violencia que atraviesa a todo el país, estas muertes sacudieron a la comunidad universitaria y a la sociedad morelense. Sus nombres resonaron como símbolo de un miedo cotidiano que muchas mujeres conocen demasiado bien: salir a estudiar, trabajar o caminar por la calle sin la certeza de regresar a casa. 

La marcha del 8M en nuestro estado, en esta ocasión, no fue una más. Fue un acto de duelo colectivo, pero también de resistencia. 

Estudiantes universitarias iniciaron su caminata desde el campus de la UAEM para sumarse al contingente principal. A lo largo del recorrido se escucharon consignas que condensaban décadas de lucha y experiencias de violencia: “Ni una más”, “Vivas nos queremos”, a las que ahora se sumaban, con dolor “Quiero estudiar, no desaparecer” y múltiples referencias a las universitarias sacrificadas. 

La movilización congregó a una multitud diversa que reflejó la pluralidad del movimiento de mujeres: madres buscadoras con fotografías de sus hijas desaparecidas, familiares de víctimas de feminicidio, estudiantes, académicas, mujeres con discapacidad, colectivas que exigen aborto legal y seguro, y grupos que denunciaron la violencia vicaria y el abandono de responsabilidades alimentarias. 

Cada pancarta era una historia. Cada consigna, un recordatorio de que la violencia de género no es un fenómeno aislado, sino una estructura social que se manifiesta en múltiples formas. Aun así, salvo casos aislados del llamado “Bloque Negro”, la marcha se desarrolló de forma pacífica.  

Uno de los rasgos más significativos de la jornada fue la presencia constante de la memoria. Bordados con nombres de víctimas, mantas con rostros de mujeres asesinadas, carteles dedicados a estudiantes y activistas: todo recordaba que la marcha no sólo era una protesta contra el presente, sino también una forma de negarse al olvido. 

Las autoridades estatales reconocieron el carácter pacífico de la movilización y reiteraron su disposición a mantener el diálogo con colectivas y organizaciones civiles. Asimismo, la Secretaría de las Mujeres informó que continúa brindando acompañamiento jurídico y psicológico a las familias de las estudiantes asesinadas. 

Aunque es central que las instituciones reconozcan la legitimidad de estas expresiones sociales, en esta ocasión, en Morelos la dimensión del problema exige algo más que acompañamiento institucional. La violencia contra las mujeres sigue siendo una realidad alarmante en México y en nuestro estado. La exigencia que resonó en las calles no da lugar a debates: justicia efectiva, prevención real y políticas públicas capaces de garantizar que ninguna mujer sea asesinada o desaparecida por el simple hecho de serlo. 

La marcha de este año estuvo marcada por la ausencia de dos jóvenes que deberían estar en las aulas o en la calle, pero no en las pancartas. Esa ausencia es precisamente lo que impulsa la “digna rabia” que tantas manifestantes mencionan. La sencilla aspiración de vivir sin miedo es aún una materia pendiente y, mientras esa aspiración no sea una realidad para todas las mujeres, las calles seguirán llenándose cada 8 de marzo de voces que exigen un futuro distinto y que, dolorosamente, recuerden a las que ya no están. 

La Jornada Morelos