Desde Andador Galería en el centro de Cuernavaca, se inauguró la exposición del artista oaxaqueño Manuel Miguel, quien actualmente mantiene tres muestras simultáneas en Oaxaca, Houston (Texas) y ahora en Morelos. En ella, el artista conjuga técnica, experimentación y una profunda relación con la naturaleza, la espiritualidad y la línea. Permanecerá hasta febrero del 2026, antes de emprender un recorrido por otros estados.

Originario de Teococuilco de Marcos Pérez, en la Sierra Juárez, Manuel Miguel creció entre paisajes zapotecos que marcaron su sensibilidad. Formado junto a reconocidas figuras como Alejandro Santiago y Maximino Javier, ha construido una trayectoria sólida que abarca pintura, escultura y gráfica, con un amplio dominio de materiales como metal, cerámica, madera y óleo. Su obra, presentada en más de 130 exposiciones en México y el extranjero, ha llegado a museos, embajadas, ferias y espacios universitarios, incluyendo el Consulado de México en Phoenix, las Embajadas de México en Japón y Alemania, y el Museo Histórico de Berna, en Suiza.

En entrevista para La Jornada Morelos, el creador habló sobre sus orígenes, su relación con el proceso creativo y el camino que lo condujo a convertirse en una de las voces destacadas del arte contemporáneo en Oaxaca.

¿El artista se nace o se hace?

Manuel recuerda que él no pensaba dedicarse al arte, “mi destino era ser campesino, como todos en mi familia”. Fue el hallazgo de un pequeño libro con grabados de José Guadalupe Posada el que despertó su vocación, las calacas y el dinamismo de las líneas detonaron su “obsesión por la línea”. Más tarde, cuando migró a Estados Unidos en su juventud, aquella semilla encontró un terreno distinto, relató que un reportaje sobre un creador oaxaqueño que realizó 2,500 esculturas de migrantes le hizo creer en el camino del arte.

A pesar de dedicarse por mucho tiempo a la construcción, el arte le “estaba tocando la puerta”, comenta al recordar que él llenaba libretas de dibujos, como si “fuera algo a lo que ya estaba predestinado”. En su regreso a Oaxaca tras un accidente y con la claridad que solo el arte le puedo dar, la vida lo puso donde debería estar. “Después pasé tres años estudiando restauración”, experiencia que le permitió entender la historia de los materiales y la evolución técnica desde la pintura rupestre hasta el arte conceptual. “Yo no pensaba pintar. Quería aprender, nada más. Pero cuando me di cuenta, ya estaba pintando, ya estaba exhibiendo. El arte me jaló”, dice.

Todo parte de la línea

Su mirada sobre el trazo parte de una reflexión más amplia sobre la existencia: “siempre he considerado que el hombre es un punto lineal dentro de un espacio. A partir de esa idea, afirma, comprendió que todo, desde el tejido social, arquitectónico y lo humano responde a estructuras que nacen mínimas y se expanden.

Respecto a su proceso creativo actual, Manuel Miguel sostiene que, “los límites son mentales, el miedo y el error también es parte del camino, aunque a veces te bloquean, el arte te enseña que hay soltar”.

Al hablar sobre los elementos que conforman su lenguaje plástico, explicó que sus obras se nutren de formas naturales y simbólicas que continúan creciendo como parte de una geometría orgánica: “Mi trabajo toma elementos que fluyen en el entorno, árboles, animales, rostros que aparecen y desaparecen… todo se sigue desarrollando como si fuera un organismo vivo; desde lo más mínimo hasta las grandes estructuras”.

Por ejemplo: “Los insectos son maestros silenciosos; están en todas partes, sostienen los ciclos y casi nadie los mira. En mi obra les doy un lugar porque hablan del equilibrio, de lo que se nos olvida ver”. Las líneas que atraviesan sus pinturas, curvas, repetidas, casi respirando, dialogan con ese universo microscópico: hilos que imitan raíces, trayectorias, caminos que recuerdan la migración, la memoria y el ir y venir entre territorios.

En sus óleos, grabados y esculturas, los pequeños detalles no son adornos, sino señales. Cada punto, sombra o textura responde a una observación minuciosa del mundo natural que lo acompañó desde la infancia. “Me gusta pensar que lo diminuto también tiene fuerza. A veces una línea que casi no se nota cambia la intención completa de la pieza”. Esa atención obsesiva por lo “mínimo”, define gran parte de su práctica, una construcción paciente donde el gesto manual, la memoria de la tierra y la experimentación técnica conviven para revelar un imaginario que se mueve con la precisión de un todo, un organismo vivo.

Imagen que contiene cuarto

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De la serie “el cortejo”, técnica mixta sobre loneta, 2024. Foto: AG

Mapa

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Escarabajo de la serie “tejidos internos”, 2025. Foto: AG

Un dibujo de una persona

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Su propuesta plástica retoma el origen de la vida desde la estructura de la naturaleza. Agave, técnica mixta sobre loneta, 2024. Foto: AG

Patrón de fondo

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En sus piezas, la “geometría orgánica” emerge como lenguaje entre planos y entramados. Pintura de la serie “entre seres diminutos”. Foto: AG

Patrón de fondo

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Las formas anímicas y la línea atraviesan la obra del artista, donde el cuerpo y el movimiento se convierten en tejidos visuales. Detalle. Foto: AG

Imagen que contiene tabla, reloj, pájaro

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Escultura de colibrí en resina, edición 2 de 3, 2025. Foto: AG

Imagen que contiene interior, parado, tabla, pequeño

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Técnica resina, serie 3 de 10 piezas. Foto: AG

Jazmin Aguilar