

El pintor autodidacta José Luis Calzada Mata, gran amigo de este periódico, forjó su arte en el cruce vital de la literatura, la poesía y una militancia política arraigada en la izquierda revolucionaria. Esta corriente, que marcó el movimiento estudiantil de la UNAM en los años sesenta, impregnaría su visión artística y poco después, el espíritu de los infrarrealistas y del cine de autor de la época. Aunque su lienzo se ha nutrido principalmente de la pintura, el dibujo, el grabado y la poesía (camino que exploró sin seguirlo de lleno), dejó en su obra una huella profunda e indeleble.
Originario de Durango, avecindado en la Ciudad de México y radicado desde hace una década en Cuernavaca, José Luis Calzada Mata recibió en exclusiva a La Jornada Morelos para recorrer los caminos que han definido su trayectoria artística y evocar a los personajes que su pintura le ha permitido conocer. Hace algunas semanas, este medio cubrió su más reciente inauguración en el icónico restaurante Le Pastis, donde los comensales pueden disfrutar una pequeña retrospectiva de su obra. En aquella ocasión, exploramos los rasgos de su lenguaje plástico; ahora, nos adentramos en los entramados detrás del artista, en esas historias que plasma con avidez en cada cuadro.
La llegada a la UNAM
Marcado por una militancia revolucionaria desde temprana edad, en 1968, Calzada llegó a la Ciudad de México para estudiar Arquitectura en la UNAM, justo cuando el país atravesaba uno de sus momentos más convulsos. La conmoción del movimiento estudiantil lo alcanzó desde sus primeros meses como universitario y muy pronto dejó Arquitectura y pasó a Ciencias Políticas, donde encontró un territorio intelectual que se entrelazaba con sus intereses culturales. Dedicó sus días al Cine Club, donde descubrió el cine italiano, el Cinema Novo brasileño, la Nouvelle Vague y el nuevo cine mexicano.
De forma paralela asistía a los talleres de Punto de Partida de la UNAM, proyecto emblemático que apoyaba la creación literaria y visual de jóvenes autores, donde coincidió con quienes serían referentes de la literatura contemporánea: Juan Villoro, Mario Santiago Papasquiaro y otros integrantes de los infrarrealistas; y que más tarde junto a Octavio Paz y Roberto Bolaño se volverían en la vanguardia literaria de México. “Fueron años de muy enriquecedores de mucha formación porque al mismo tiempo yo militaba en una población de izquierda al mismo tiempo que leía, yo leía poesía hasta caminando por las calles iba leyendo poesía porque era tanto mi necesidad de nutrirme, de conocer poetas”, recuerda.
En esos años Calzada creyó que sería poeta. Escribió cuadernos que conserva hasta hoy. Sin embargo, la pintura terminó imponiéndose como su verdadero oficio; en la que la literatura se quedó como fuente inagotable de temas y de ahí, dio un salto al grabado; aprendió técnicas como el aguafuerte, fundamental para su estilo que se volvió una constante que luego identificaron editores de periódicos y revistas culturales.

“Yo siempre he creído que la ilustración, o sea, la imagen y el texto son como primos hermanos. Uno alimenta al otro. Un poema puede producir una pintura, un dibujo, o al revés, un grabado puede inspirar un poema. Hay una relación muy estrecha. Hasta la fecha lo sigo haciendo. De hecho, muchos de mis dibujos en blanco y negro han ilustrado y participado en algunas revistas o suplementos culturales, en la revista Doble Jornada (de La Jornada), ilustraba poemas, cuentos, novelas cortas y ensayos. Y lo hacía también para periódicos de Durango, de Sinaloa, y en revistas de facultades de la UNAM, como la Facultad de Economía o la de Filosofía y Letras”.
Del Jardín del Arte a Gabriel García Márquez
Tras cuarenta años ininterrumpidos de dedicación, José Luis Calzada Mata se prepara para jubilarse de los Jardines del Arte, un circuito que define con orgullo como “la galería al aire libre más grande del mundo”, única en su tipo. “Ahí somos alrededor de 600 artistas que cada fin de semana expone y crea obra, eso no existe ni en París ni en ninguna parte, solo en México”, afirma. En este enclave cultural, fue donde forjó y perfeccionó una carrera marcada por el contacto humano guiada por el grabador Víctor Utoff. “En el Jardín estás en contacto con la gente, porque el pueblo no entra a las galerías lujosas; y aquí el arte está a la vista de todos”, reflexiona sobre la democratización del arte que practicó, llegando incluso a intercambiar grabados por el lavado de un coche con un viene-viene.
Este contacto directo y constante con visitantes de todo el mundo propició uno de los encuentros más significativos de su vida. Un día, entre la multitud, una figura se detuvo frente a su obra Macondo, un grabado inspirado en su profunda admiración por Cien años de soledad. “Yo leí la primera edición y me cautivó tanto la novela, me identifiqué porque yo soy de origen campesino”, confiesa Calzada. La persona que admiró el cuadro era el propio Gabriel García Márquez, quien, acompañado de su hijo, preguntó por el autor.
En ese primer encuentro, Calzada no dudó en regalarle el grabado al Nobel, gesto que conmovió profundamente al escritor. García Márquez regresaría al Jardín en varias ocasiones, consolidando una breve pero memorable amistad. La última vez que se vieron, recuerda, fue cuando el escritor le obsequio un ejemplar de su obra maestra. Con una dedicatoria que transformaba la soledad en alegría, le escribió, “100 años de alegría para mi gran amigo José Luis Calzada”. “¿A quién le pasa eso? Solo a alguien prodigio…”. Hoy ese libro ocupa un nicho en su estudio, como un testimonio tangible de un diálogo entre dos creadores que, desde la pintura y la literatura, celebraron el universo mágico de lo real. Un aspecto inefable del trabajo del pintor.
Uno de sus mayores orgullos es su libro El bazar de los prodigios, publicado por Conaculta y distribuido por el Fondo de Cultura Económica. El volumen recoge 50 años de trabajo en pintura y grabado. “No lo vas a creer, pero en un año se agotó”, señaló. La difusión nacional, la presencia en librerías como Gandhi y El Sótano y el impulso del poeta y editor José Ángel Leiva hicieron posible un fenómeno editorial poco común en publicaciones de arte.
Entre sus páginas aparece una de sus fotografías más queridas: su encuentro con Gabriel García Márquez, a quien conoció un año antes de la muerte del Nobel.
El pintor prodigio
Llegando a la recta final, Calzada Mata define que su obra dialoga con la literatura, la política, la memoria estudiantil y la vida cultural del país. Aunque su trayectoria está hecha de múltiples rutas, militante, poeta, grabador, ilustrador, pintor, mantiene una idea clara sobre el arte: la creación es inseparable de la experiencia social y de las lecturas que acompañan la vida. La pintura es hoy su lenguaje principal, pero la poesía es la que sostiene sus temas.
Aunque ya no forme parte del Jardín del Arte, Calzada mantiene el pulso creativo que lo ha acompañado durante décadas y que hoy se proyecta hacia nuevas búsquedas en pintura y arte digital. Su trabajo sigue creciendo, dialogando con el presente y ofreciendo nuevas rutas para leer su propia historia. Quienes deseen acercarse a esta etapa pueden visitar la exposición que actualmente alberga Le Pastis, así como la décima muestra del próximo año de Los 12 apóstoles del mezcal, donde el artista compartirá obra reciente junto a sus colegas Leonel Maciel, Kijano, Alejandro Aranda, entre otros. En ambos quien guste puede reencontrase con la solidez de su trayectoria y con la vitalidad que aún impulsa la producción de un artista profundamente revolucionario.

José Luis Calzada Mata, pintor y grabador autodidacta e integrante por cuatro décadas del Jardín del Arte de San Ángel, compartió los vínculos entre literatura, militancia y artes plásticas que han marcado su trayectoria. Su producción, que va del agua fuerte al collage digital, dialoga con autores del infrarrealismo mexicano y del boom Latinoamericano. Foto: AG

Ejemplar del libro publicado por Conaculta y distribuido por el Fondo de Cultura Económica, en el que se reúne medio siglo de trabajo de José Luis Calzada Mata en pintura y grabado. La edición, hoy agotada, fue titulada El bazar de los prodigios por el poeta José Ángel Leyva, aludiendo al carácter casi milagroso de episodios como el encuentro del artista con García Márquez y a la fuerza imaginativa que atraviesa toda su obra. Foto: AG

Foto de la anécdota del Jardín del Arte de San Ángel, donde José Luis Calzada Mata recibió inesperadamente la visita de Gabriel García Márquez, quien quedó cautivado por uno de sus grabados inspirados en Cien años de soledad.

Macondo, grabado inspirado en Cien años de soledad, donde José Luis Calzada Mata traduce la atmósfera húmeda y fantástica del universo del Nobel en una escena poblada de peces de colores que flotan por las ventanas, tal como narra Melquíades. Foto: AG

Carlos Marx con la Guadalupana, es un grabado creado en los años ochenta, cuando el debate sobre la relación entre política y religión ocupaba el centro de las discusiones intelectuales. Calzada retoma ese clima cultural y lo mezcla con lecturas marxistas y con su propia observación de México como un país “guadalupano y futbolero”. Foto:AG

Canzada Mata también ha saltado del caballete al Arte Digital; en esta reproducción el artista se la dedicada a la coreógrafa y escritora fundamental de la Revolución mexicana Nellie Campobello. La obra se realizó en Photoshop y es parte de una serie pulicdaa en su libro El Bazar de los prodigios. Foto: AG

Inspirada en Rayuela y en la atmósfera del boom latinoamericano, en esta obra el artista recrea los trayectos entre la Condesa y la Biblioteca Universitaria de Ciudad de México en los años setenta. Los personajes de espaldas evocan la errancia de Oliveira y La Maga por las calles de París; en la esquina, su gata manchas. La maga, reproducción digital sobre tela. Foto: AG

Cuadro titulado con un verso de Vicente Huidobro. Aquí Calzada dialoga con la poesía creacionista y apuesta por transformar la imagen verbal en un gesto plástico casi suspendido en el aire. Qué pez volador se paró en la puerta abierta de tu sonrisa… 2018. Foto: AG

Pintura elaborada tras la lectura del libro Historia del color azul, regalado por su hija; en contraste con el predominio histórico del color rojo. La obra explora las tonalidades del azul como símbolo de transición estética y emocional, terminada apenas un día antes de su exhibición para Le Pastis. Jaque mate, óleo sobre tela de algodón, 2025. Foto: AG

Homenaje afectivo a Rigo Tovar, donde la música popular mexicana y los recuerdos personales del artista se entrelazan. La pieza convoca una nostalgia por la cultura sonora de los años setenta. Tuvimos un sirenito… Rigo Tovar. Reproducción digital sobre tela, 2021. Foto: AG

