La necesidad de mejorar los hábitos de alimentación, activación física y cuidado de la salud ha estado presente en el discurso de la salud pública desde siempre, aunque adquirió un tono de urgencia durante el presente siglo.

El cambio de patrones de actividad, el aumento de contenidos calóricos en la dieta, la comodidad de la comida rápida que ha desplazado la disponibilidad de los productos nutritivos en el mercado de alimentos, la pérdida de espacios públicos donde las familias y especialmente los menores puedan ejercitarse, y otros factores, han provocado el aumento de la obesidad en general y de la obesidad infantil en particular. Sólo en la última década, la cantidad de menores con sobrepeso ha aumentado en 20% de acuerdo con el dato oficial.

Los esfuerzos por una vida más saludable han sido múltiples y de diversos grados de intensidad, ha habido programas federales, estatales y hasta municipales que buscan atender el problema en tres pistas, la buena alimentación, la activación física y la formación de una cultura de cuidado a la salud. A veces por separado y mucho más a menudo en conjunto, las líneas de trabajo no han tenido el éxito deseable, aunque probablemente hayan logrado contener un aún mayor crecimiento de los problemas de salud asociados con el sedentarismo y la mala alimentación.

En este contexto aparece la estrategia nacional “Vive saludable, vive feliz” que el gobierno federal impulsa y que determinó arrancar simbólicamente en Morelos, un estado donde la preocupación por el problema de la obesidad infantil y el cuidado de la salud pública en la fase preventiva han adquirido un nuevo impulso con la administración de la gobernadora, Margarita González Saravia.

El programa se diferencia de anteriores campañas de fomento a la salud en varios detalles, pero una línea fundamental. Esta vez se dará seguimiento a las acciones en cada uno de los 853 planteles educativos donde operará y para cada uno de los 165 mil niñas y niños a quienes se busca atender.

Para este seguimiento se montarán cuatro estaciones, y con el consentimiento de madres, padres de familia o tutores, se medirá el peso y talla de las y los menores, como una forma sencilla de dar seguimiento a las acciones y con ello evaluar los resultados.

La estrategia también plantea la promoción de estilos de vida saludable con el propósito de reducir el sobrepeso y la obesidad, asociados con enfermedades como la hipertensión arterial y la diabetes infantil. También se realizarán estudios de salud visual y bucal.

Además, por primera vez parece haber un compromiso más allá de la palabra, de las autoridades educativas no solo para frenar la venta de comida chatarra en las escuelas y sus alrededores, algo que en el pasado se intentó con poco éxito; sino también para poner, a disposición de los menores, alternativas de alimentación sana en las cooperativas escolares; nuevamente se apuesta a que el poder multiplicador de los estudiantes pueda cambiar los hábitos alimenticios en casa.

La estrategia, por supuesto, es perfectible, pero el aporte de datos que significará el registro frecuente de talla y peso, y de otros factores de salud de los estudiantes, puede servir para detectar más puntualmente los retos que se encuentran. Uno que desde ahora se percibe es la poca disponibilidad y menor accesibilidad de la comida saludable para las familias morelenses, que podría ser ubicado en su dimensión real a partir de los datos que arroje la aplicación puntual de la estrategia.

La vida saludable es mucho más que dejar de comer alimentos chatarra, pero para cambiar los hábitos tiene que empezarse por algo, y este punto de partida parece tan bueno como cualquiera otro.

La Jornada Morelos