

«Vivas y unidas: la fuerza que no se borra»
El pasado sábado 8 de marzo vivimos una manifestación, llena de voces, de ternura radical, de digna rabia que tiñen de morado nuestras calles, miles y miles de mujeres nos encontramos en las calles, en las consignas para recordar que el 8 de marzo no es una celebración, es una lucha en colectivo. Es memoria y es futuro.
Pero sobre todo, recordarles que es una marcha para visibilizar a las que ya no están, para exigir un presente sin violencia sexual para las infancias, para cuestionar a los tres poderes, ¿dónde están nuestras hermanas, hijas, madres? ¿dónde están los asesinos de nuestras amigas? ¿cuándo tendremos espacios educativos sin agresores? no un desfile.
Quiero mencionar, que ahora que hay voces quejándose de los gritos y los vidrios y las paredes, les recuerdo que en 1996 cuando marchaban cinco o seis feministas, el estado se burlaba de “nuestras miniprotestas”
En 1996 recuerdo, a Patricia Lavín, Patricia Bedolla, Adriana Añorve, Patricia Lavín, Elena de Florencia, y otras compañeras que impulsaron Convergencia 8 de marzo, gracias a cada una de ellas por abrir camino, por ser las primeras en tomar las calles, a nombre de las que ya no podían.
Llevamos en nuestras pañoletas, consignas y flores la potencia y la valentía de las mujeres que luchamos juntas.

Las deudas históricas con nosotras son muchas. Nos han despojado del derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, nos han impuesto un destino basado en la reproducción y el cuidado, como si nuestra existencia estuviera al servicio de otros. Margaret Atwood, en El cuento de la criada, imaginó un mundo donde las mujeres son meros vientres al servicio de una estructura patriarcal brutal. Pero ¿es realmente ficción? En muchos lugares, esa “distopía” es una realidad, con gobiernos que buscan arrebatarnos derechos conquistados con décadas de lucha.
Las mujeres seguimos exigiendo justicia, igualdad, pero sobre todo que dejen de asesinarnos. Nos arrebataron el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, nos impusieron una función reproductiva por encima del goce y la autonomía, nos confinaron a la maternidad como destino único. ¿Acaso nos han convertido en las June de nuestra propia historia, como en el cuento de la criada donde la oligarquía patriarcal diseña cada aspecto de nuestras vidas?, donde las mujeres son meros vientres al servicio de una estructura patriarcal brutal.¿ O acaso hoy la emboscada del pensamiento es más sutil, disfrazada de discursos «en favor de la familia», promovida por líderes misóginos que quieren retroceder las conquistas logradas?
Y si la memoria se pierde, si nos arrebatan también el derecho a recordar, ¿qué nos queda? Hace poco, el servicio de calendario inteligente de Google eliminó de sus eventos automáticos fechas clave como el Mes del Orgullo, el Mes de los Pueblos Indígenas, la Historia Negra, la Herencia Hispana y el Día del Recuerdo del Holocausto. Nos preocupa el presente, pero también el futuro.
¿Qué pasaría si la tecnología decide borrar también nuestras luchas históricas? Si la historia se reescribe sin nosotras, ¿nos borrará también la memoria colectiva? No podemos permitirlo. Nuestra resistencia también está en la palabra, en la memoria, en la transmisión de nuestras luchas de generación en generación.
Este 8 de marzo, las mujeres alzamos la voz por la libertad, la empatía y el cuidado mutuo. No sólo entre nosotras, sino también por la tierra, por el ambiente y por la memoria. Porque resistir también es recordar. Porque seguimos aquí y no nos van a borrar, Todas nosotras merecemos una vida plena, en libertad y con autonomía, una vida donde la valentía no sea volver a casa con vida, sino alcanzar nuestras metas sin miedo. Que ser valientes signifique practicar la sororidad y el affidamento, no resistir ante la impunidad de quienes asesinan a nuestras amigas. Que nuestra fuerza se mida en la construcción de manadas violetas y sueños colectivos, no en el acompañamiento de madres que buscan a sus desaparecidos. Que llevemos el amor como bandera, pero nunca más en relaciones donde el peligro sea la propia pareja.
Este 8 de marzo fue histórico con la primera mujer presidenta y en Morelos la primera gobernadora, las pintas en las paredes son un recordatorio de que ser mujer no puede seguir siendo sinónimo de precarización o muerte, fue la voz de las que buscan, las que sanan, las que sueñan y las que resisten, recordándole al mundo que aquí estamos, vivas y unidas, porque la justicia no llega con silencio.
Las amamos a todas: a las que sostienen antorchas violetas para alumbrar caminos de lucha y a las que convirtieron el dolor en rabia organizada. Porque gracias a ellas —a nosotras—, el fuego arde no para consumirnos, sino para transformar un mundo que aún nos debe la vida.

FOTO: VIOLETA LUNA

