

La mayoría del público internacional que condena las acciones de Israel, y comete el error antisemita de condenar la mera existencia de Israel, parte de una ignorancia de su historia y de sus condiciones políticas actuales, o por lo menos eso me gustaría pensar. Previamente he hablado sobre la historia israelí y sobre cómo evitar caer en antisemitismo al criticar las acciones de la nación judía. Ahora toca hablar del hombre al que podemos culpar por estas acciones y cómo llegamos a esta situación.
Benjamin Netanyahu ha perdido muchas elecciones y juicios de corrupción en contra de miembros de su partido (además de acusaciones contra él mismo). Netanyahu perdió las elecciones de 2019, 2020 y 2021, elecciones que pasaron de manera consecutiva justamente por la inestabilidad que Netanyahu causaba en la política israelí. Cuando por fin logró aferrarse de nuevo al poder en 2022, fue gracias a su alianza con partidos radicales de derecha, partidos marginales que nunca hubieran tenido una oportunidad de influenciar el gobierno. Pero la desesperación de Netanyahu potenció su poder, poniendo a personajes como Itamar Ben-Gvir y Bezalel Smotrich como figuras centrales en su gabinete. Con esta influencia, el gobierno de Netanyahu ha impulsado una expansión de los asentamientos en los territorios ocupados, ha escalado la retórica genocida en contra del pueblo palestino y ha impulsado una reforma judicial que, efectivamente, le daría los poderes de la Suprema Corte al primer ministro, acabando con uno de los balances de poder vitales para el funcionamiento de la democracia.
El ascenso de Netanyahu y su mera existencia sigue una tendencia creciente en la política israelí; por ejemplo, la violencia política que le ha dado forma a la nación, desde los grupos paramilitares de la independencia (que en ocasiones peleaban entre sí), al asesinato en 1995 del primer ministro Yitzhak Rabin, quien era uno de los mayores proponentes para alcanzar una paz estable en la región. Rabin fue asesinado por un extremista de ultraderecha, y su muerte simbolizó el fin de las pláticas de paz, pues nunca se ha logrado replicar un diálogo similar. Uno de los mayores problemas ha sido la negación de grupos como Hamas o la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) a reconocer la legitimidad de Israel. Aunque líderes como Yitzhak Rabin y Ehud Barak han intentado construir un acuerdo con estos y otros grupos, estos esfuerzos han sido repetidamente descarrilados por ataques de terror interno, discordancia entre grupos palestinos y la negación de naciones árabes a aceptar la existencia de Israel. Debido a esto, muchos han perdido la fe en la diplomacia, y la ultraderecha se ha posicionado como la única alternativa.
La guerra en Gaza le ha sido una útil herramienta a Benjamin Netanyahu, pues lo devastadora que ha sido es directamente porque el conflicto le sirve para aferrarse al poder. Tras el ataque del 7 de octubre de 2023, que acabó con la vida de más de mil israelíes y expuso fallos gigantescos en la seguridad de la nación (cosa por la que Netanyahu aún se rehúsa a aceptar responsabilidad), era obvio que habría acción retaliatoria. Pero la escala a la que esta llegó no es solo inhumana, sino totalmente innecesaria. Al único a quién beneficia es a Netanyahu, pues la guerra constante y su negación a aceptar tratos de alto al fuego han puesto al país en una inestabilidad política que previene elecciones que lo sacarían del poder. Esta estrategia, además, ha empoderado a los sectores ultraderechistas de su gobierno, pues han impulsado la guerra como una oportunidad para expandir los asentamientos, y figuras como Itamar Ben-Gvir han abogado por una expulsión masiva de palestinos.

