

La última reta
Ricardo Nava Dirzo
Es un domingo soleado. Llego a la cancha para observar un partido de fútbol de la talacha. Los torneos llaneros tienen algo especial: se respira un ambiente que cae en lo pasional. En ocasiones el resultado pasa a segundo término y para los asistentes toma mayor importancia el disfrutar de la tarde, beber una caguama, botanear. Al sentarme en las gradas, observando a la afición del equipo local, escucho cómo alguien relata una pelea campal entre aficiones que ocurrió hace años en ese mismo centro deportivo. De repente, me distraigo del juego y comienzo a pensar sobre la mutación de la violencia, la que se encarga de trascender cualquier barrera, llegando hasta lo deportivo, al fútbol llanero, incluso. En los últimos años es más común escuchar noticias sobre asesinatos en canchas deportivas, de un sujeto armado que ingresa al recinto, le dispara a uno o varios individuos para después desaparecer del escenario. Algunos quedan con heridas físicas y emocionales, mientras otros, con menos suerte, pierden la vida. No solo son dolorosas las muertes, sino también las secuelas para las personas que sobreviven, incluyendo las que lo presencian o las que se enteran. Me vienen a la mente cantidad de casos, y uno de ellos es la masacre que sucedió durante la noche del 1 de septiembre de 2022 en Yecapixtla. Mientras se disputaba un torneo, sujetos armados ingresaron al recinto y asesinaron a balazos a cuatro personas, incluido el exalcalde, Refugio Amaro Luna; otras 10 personas salieron heridas. Otra historia es la del exfutbolista de Arroceros Cuautla, Sergio Alberto Jáuregui, quien fue asesinado cuando disputaba un partido llanero: Sergio se alejó del campo para beber agua y de repente un hombre le disparo en seis ocasiones, lo que le termino costando la vida. Otro caso reciente es el que pasó a principios de febrero, cuando en un campo de la colonia 3 de mayo en Emiliano Zapata, una balacera dejó un saldo de una persona asesinada y tres heridos. Casos así ha habido bastantes, no solo en Morelos, sino en todo el país, perjudicando a la población que vive en los barrios, repercutiendo en la sociabilidad y en su desarrollo futbolístico, viéndose afectado el futuro de estos espacios. Cada vez son más las personas que dejan de asistir a las canchas por temor y procuran más su integridad al quedarse en casa, a lo que Gabriel Gatti denominaría como “territorio seguro”. Esto es perjudicial para el fútbol, pues se presenta como barrera para aquellos que sueñan con ser futbolistas o que simplemente quieren practicarlo, siendo totalmente irónico, pues, se supone, los espacios deportivos son lugares de convivencia que sirven para mantener alejadas a las personas de actividades ilícitas. Parece que esto está disminuyendo, adquiriendo mayor dominio territorial el término delincuencia organizada.


