Un camello juguetón

 

«La flor de mayo,

un susurro de colores

que pinta el alma de alegría».

María Elena Walsh

Recuerdo un seminario durante mi formación académica dedicado exclusivamente a Así habló Zaratustra de Friedrich Nietzsche. Recuerdo haber estado sumido en un sinfín de sensaciones y revelaciones acerca de mi vida, interiorizando y reflexionando a partir de las metáforas, las parábolas y el oxímoron, en la virtud y ética que prolíficamente dicho texto expone.

Grata experiencia, de dicha y júbilo, y no sé si más por mi entusiasmo de estar cursando un posgrado, que por el propio texto, pero ¡cómo poder separar dicha experiencia de tal manera!, quizá el valor de la misma recae en ambos, tanto en mí como en el texto.

“La diosa lunar y matrona del tejido, se disfraza de flor de mayo para ser cortejada por el colibrí, dios solar”, Mito Maya.

Sin embargo, aunque hermoso y profundo el pasaje que lleva por nombre “De las tres transformaciones”, debo decir que hoy día lo entiendo de manera diferente, sin duda alguna, debido a que, como Heráclito dice, “el Sol no sólo es nuevo cada día, sino siempre nuevo, continuamente”, aludiendo desde su filosofía al intercambio continuo de lo húmedo y lo seco, tanto en una llama, como en el sol; y, si así el sol, qué podemos decir de nosotros con nuestro continuo vibrar de emociones.

En dicho pasaje hay tres transformaciones: el camello, el león y el niño. Y mi descubrimiento, que quiero compartir aquí, fue como sigue.

Primero me enfoqué en el león, su conquista de la libertad. Para el león es importante vencer el tú debes y conquistar el yo quiero, y se requiere para ello mucho corazón, mucho valor y ser valiente, pues toda libertad enfrenta un riesgo, por ejemplo, dejar de ser como uno es o ha sido para convertirse o transformarse en alguien diferente; el león debe anteponerse a principios que han dictado su vida y que él ha asumido como correctos e inamovibles.

Antes del león, está el camello, recordé la lectura, en quien el principal rasgo es la fortaleza, pues puede llevar sobre sí muchísimo peso, nuestras costumbres quizá, aquello que estamos habituados a hacer y que arrastramos con nosotros a cada momento de nuestra vida. Sin duda es una capacidad admirable, todo el peso que como camellos somos capaces de cargar, pero, a pesar de lo asombroso que ello pueda ser, y no puedo dejar de insistir en ello, nuestra fortaleza pide nuestra libertad, añadir al peso que podamos cargar el valiente y yo qué quiero, no sólo el yo puedo.

Ahora vemos por qué hacía falta un león: su fortaleza de corazón, su yo quiero, debía ser proporcional a la fortaleza y al peso que el camello es capaz de cargar, su yo puedo.

Y así como se requirió un camello para entender la fortaleza y la libertad que el león aporta, así también se requiere la fortaleza y la libertad que el león aporta, para entender al niño de Zaratustra, “Pero, decidme, hermanos míos, ¿qué es capaz de hacer el niño que ni siquiera el león ha podido hacer? ¿Por qué el león tiene que convertirse todavía en niño?”.

Pues bien, una mañana, de súbito, como suelen decir, pensé: el niño de Zaratustra nos dice que, para crear, para mover, para generar nuevos comienzos, ciclos de vida nuevos, nuevas formas de estar, juntos o separados, solos o en colectivo; es decir, que, para transformar sólidos hábitos y pesadas costumbres (camello), mediante la conquista de nuestra libertad (león) en nuevas formas de estar (niño), se requiere poner en juego, sí, jugar, todo lo que nuestro ser es. A veces sale al quite el corazón, cuando la cabeza se abruma, otras veces la cabeza, cuando el corazón está apesadumbrado; pero, aunque no sepamos bien cómo, ni cuándo, de eso se trata el juego, de ser un camello juguetón.

“Inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí” (Nietzsche).

“Sin curarse de mi empeño,

Flor de Mayo se alejó,

y en la noche, como un sueño,

misteriosamente triste se perdió”.

Poema La canción de Flor de mayo de Amado Nervo.

* Profesor de Tiempo Completo de El Colegio de Morelos.

Aristeo Castro Rascón