

NUEVO ORDEN INTERNACIONAL
El cambio de época que estamos viviendo se expresa también en lo que conocemos ahora como geopolítica. El locuaz presidente del decadente imperio estadounidense se está encargando de agitar el actual orden y derecho internacional.
Recordemos que en 1991 se rompió el orden mundial bipolar, por la desaparición de la Unión Soviética, y con ello se reafirmó el poder de Occidente, lidereado a la medida y al gusto del gobierno y de los intereses globales de los Estados Unidos de América. Sin embargo, lo que parecía ser un modelo de hegemonía unipolar de muy larga duración, abortó en unos cuantos lustros, por múltiples razones, pero básicamente por la descomposición interna del país hegemónico.
En este contexto, reaparece por segunda vez Donald Trump (1946), que, como aprendiz de dictador mundial, nos anuncia que se quiere apoderar de territorios del Canadá, Dinamarca, y Panamá, en beneficio de su propio país; determina que la castigada, desplazada y empobrecida población palestina de Gaza y Cisjordania se disperse en otros países; y expresa su deseo de que la Riviera de Gaza se desarrolle urbanísticamente con su participación, para con ello, eso lo afirmo yo, completarle el trabajo al genocida israelita y a sus titiriteros europeos. Seguramente seguirá en esa misma línea anunciando su rompimiento de acuerdos y pactos internacionales, buscando “el regreso de la grandeza de su América”, así como amenazando, vía imposición de aranceles, a todos aquellos que no colaboren con su propósito.
Al margen de cómo el mundo civilizado impida que se concreten estos sin sentidos, esta inusual situación da pie para reflexionar colectivamente sobre cómo habrá de organizarse la comunidad mundial ante la nueva realidad de un Occidente decadente, y de un Oriente en fortalecimiento. Todo apunta a la necesidad de construir un pacto internacional distinto al creado al final de la segunda guerra mundial. De hecho, este ejercicio ya inició con la creación del grupo de países conocido como los BRIC’S+, los cuales buscan que las relaciones internacionales, y especialmente las comerciales, operen bajo respetuosos acuerdos bilaterales o multilaterales, sin hegemonías, fortaleciendo las monedas nacionales, facilitando el crédito, buscando el fortalecimiento mutuo, y no la sumisión y dependencia.
Estos y otros movimientos mundiales son ocasión para revisar el sentido y alcances de la creación de los Estados nacionales, como ahora los conocemos, esto es, entidades compuestas por un territorio delimitado, una población estable, un gobierno y un instrumento jurídico supremo que rige las relaciones de sus habitantes. Su creación estuvo inspirada en la llamada Paz de Westfalia (1648) y por la Revolución francesa (1789). Esta forma de organización de las sociedades se generalizó en los siglos 19 y 20, bajo el principio de soberanía y libre determinación territorial, y teniendo como referencia el derecho internacional que norma las relaciones entre los Estados nacionales.

En la actualidad, esta figura del Estado nación ya está vulnerada por el fenómeno de la globalización, y su vertiente económica neoliberal, impulsada y controlada por poderes corporativos supranacionales, convertidos en la versión moderna y amigable de los poderes coloniales. Estos poderes indujeron la proliferación de los “tratados de libre comercio” bilaterales y multilaterales no siempre equitativos. A su vez, este diseño de relaciones internacionales, se apuntaló con el crecimiento de las deudas nacionales, expresión moderna de la esclavitud. Como resultado, los gobiernos de los “los países libres y soberanos”, se han transformado gradualmente en meros administradores territoriales de los intereses de los países hegemónicos y las corporaciones de influencia mundial.
Es en este entorno, en el que paradójicamente el país hegemónico de Occidente decae (sin tautología), y sus dependientes “países soberanos” se encuentran sin mucho margen de acción para recomponerse. Las pretensiones arriba mencionadas del peligroso fanfarrón presidente de los Estados Unidos nos recuerdan que el tema de la soberanía territorial es un elemento clave para la existencia de un Estado nacional, a la vez que es motivo de guerras, y rupturas del orden internacional.
La importancia de la territorialidad se confirma también con la intromisión autodefensiva que hizo Rusia en Ucrania, y con los bombardeos de tierra arrasada de Israel contra Palestina y partes de Siria. Se suma a ello la pretensión de China de recuperar en los hechos la isla de Taiwán, y el conflicto del Sahara occidental, por la ocupación marroquí. A estos ejemplos de disputa o apropiación territorial, se suman, en otra escala, los de regiones dentro de un país que quieren convertirse en estados independientes, como es el caso de Cataluña, en España, y el de Escocia, en la Gran Bretaña.
Por otra parte, el experimento de la convergencia de países en un modelo de organización que los potencie, bajo normas que los obligan a ceder soberanía, como es el caso de la Unión Europea, está también siendo cuestionado y con riesgo de que fracase.
Lo cierto es que el futuro de los estados nacionales se perfilará en función de los que suceda en el sistema de las relaciones internacionales. En la actualidad predomina la idea, en lógica de poder comercial, que los países deben competir entre sí, cuando en un nuevo orden mundial lo que tendría que regir serían los principios de complementación, equidad, y solidaridad en las transacciones comerciales y en la cooperación internacional.
Hay que renovar el actual “orden internacional” para que realmente se respete el territorio y soberanía de los países, y para que no existan países hegemónicos que impongan sus reglas y sus fuerzas para que el mundo opere como ellos deseen. Un orden que neutralice a gobiernos perniciosos y tóxicos, como es el caso actual de los Estados Unidos de América.
*Interesado en temas de construcción de ciudadanía

