

Lo que los caimanes saben y nosotros aún no aprendemos
Estoy teniendo un invierno difícil. De repente, siento que la vida me ha metido en un pozo de agua helada y no puedo moverme. Literalmente.
Hace una semana, en un arrebato de heroísmo innecesario, salí a quitar la nieve de la entrada de mi casa. Pero no era la nieve suave y esponjosa de las películas de Netflix, esa que cae en copos perfectos mientras suena música de fondo y la gente sonríe con cara de atontados. No.
Era esa nieve pesada y traicionera que parece cemento y que, si la dejas ahí, se endurece hasta convertir tu patio en una pista de hielo lista para hacerte resbalar y, con suerte, solo herirte el orgullo.
Agarré la pala, me cuadré como si fuera a pelear un torneo de taekwondo y me puse a darle con todo. De repente, sentí un tirón en la espalda, una advertencia silenciosa de mi cuerpo diciendo: «Ríndete, que esto no va a terminar bien.» Pero lo ignoré. La nieve no se iba a quitar sola.
Pasé un par de días con un dolor molesto, de esos que no te dejan inmovilizado, pero que están ahí, como un grano en la nalga, punzante y doloroso al menor movimiento. Tomé relajantes musculares y, cuando parecía que la cosa mejoraba, llegó otra tormenta.

Salí de nuevo, como una gladiadora con la pala en mano y cero sentido común, a enfrentarme a la bendita nieve. No iba a permitir que la tormenta me dejara atrapada en mi propia casa. Y como era de esperar, al día siguiente, no pude levantarme de la cama. Un dolor paralizante, como un latigazo, me recorrió desde la espalda hasta la mitad de la pierna izquierda. Ahí entendí que había perdido la batalla. Nieve 1, yo 0.
Me rendí y me arrastré—casi literalmente—hasta urgencias. La doctora me escuchó, me observó con la paciencia de quien ha visto casos más ridículos y, con toda la calma del mundo, dijo:
—Reposo absoluto.
—¿Pero puedo ir al gimnasio a hacer solo antebrazo y pantorrilla? —pregunté.
La doctora se rio y me dijo:
—Eres muy graciosa.
Tal vez pensó que bromeaba, pero para mí, moverme no es un capricho. No es una cuestión de estética ni un intento fallido de dejar de ser gorda. El ejercicio es mi medicina, mi antidepresivo, mi dosis diaria para no volverme loca, para no dejar que el caos de la vida me revuelque como una ola traicionera.
Pero sabía que ese dolor era paralizante y que debía hacerle caso al médico, al menos por una vez en la vida. Así que acepté mi destino y me resigné a vivir los siguientes días como un caimán.
Dicen que los caimanes son máquinas prehistóricas de supervivencia. Han estado en este planeta desde que los dinosaurios hacían fiestas de cumpleaños y, a diferencia de ellos, el meteorito gigante no les hizo ni cosquillas. Nunca han necesitado bótox ni tratamientos de rejuvenecimiento a base de baba de caracol. No tienen crisis de la mediana edad ni se preocupan por la celulitis en la cola. No corren detrás de la eterna juventud porque, al parecer, nacieron sabiendo algo que a nosotros nos cuesta una vida entera entender, y es que el secreto de la supervivencia no es resistirse al cambio, sino aceptarlo con calma.
Cuando bajan las temperaturas y el agua empieza a congelarse, los caimanes no huyen, no buscan otro hábitat más cálido ni se preocupan por lo que no pueden controlar. Simplemente se dejan congelar, pero sin dejar de respirar. Se sumergen en el agua helada, sacan solo la punta del hocico y entran en un estado de letargo, como si le dieran al botón de «pausa» a su metabolismo. No luchan contra el invierno. Esperan.
Y si eso no es una metáfora de la vida, y un ejemplo de adaptabilidad nivel experto, apaga y vámonos.
Todos hemos pasado por inviernos emocionales. Momentos en los que la vida duele, las oportunidades se congelan y parece que no hay salida. Puede ser una crisis económica, un duelo, la pérdida de un empleo, una enfermedad o simplemente una racha de esas en las que todo lo que podría salir mal, y efectivamente sale peor. Nuestra primera reacción, muchas veces, es resistir. Luchar con todo, movernos desesperadamente, gastar energía buscando soluciones inmediatas. Pero, a veces, como los caimanes, la mejor estrategia no es pelear con el invierno, sino esperarlo.
No es resignación, es estrategia.
Los caimanes no son víctimas del frío. No se quedan congelados por azar. Lo hacen porque saben que, si intentan moverse en las aguas heladas, gastarán una energía que no podrán recuperar. Saben que su oportunidad vendrá cuando el sol regrese y estarán listos para moverse en ese momento.
En la vida pasa lo mismo. Hay temporadas en las que forzar algo solo nos desgasta. No se trata de rendirse, sino de guardar fuerzas para el momento correcto. Aceptar que hay épocas de letargo, de pausa, de baja productividad o de inestabilidad no significa que hemos fracasado. Significa que estamos sobreviviendo de la forma más inteligente posible.
El invierno no es eterno. Pero la capacidad de esperar el momento correcto puede marcar la diferencia entre sobrevivir o desaparecer.
Lo más importante en la vida es saber que, tarde o temprano, el sol volverá a salir. Y cuando lo haga, ahí vas a estar, listo para moverte otra vez.

Foto: Cortesía de la autora

