Andrea Manrique Hernández

Laboratorio de Contra/Narrativas (CIIHu-UAEM)

Me citaron a las dos de la tarde. No fui puntual: me retrasé por cinco minutos. Tuve que esperar tres horas para que me atendiera. Cuando llegó mi turno, la ginecóloga no me miró. Me hizo el ultrasonido y me dijo que todo estaba bien. Me indicó que me limpiara la barriga con una bata usada; se dio la vuelta y preferí usar mi suéter. De espaldas a mí, la doctora señaló que el bebé seguía sentado. Era la semana treinta y siete, me dijo, pero tenía que esperar a las contracciones, ya que allí no programan cesáreas. En ese momento, un parto natural era imposible. Le entregué mis estudios, fingió leerlos, parecía que iba a terminar la consulta, así que tuve que hacerlo notar: «¿No vio que mi conteo de plaquetas es inferior a 50?». Ella reaccionó, pero no parecía apenada. Me mandó a Urgencia, y allí me indicaron que regresara en tres horas. Regresé puntual pasado de las nueve. Mientras me conectaban una sonda vesical que provocó a mi cuerpo entrar en pánico y que no pudiera dejar de temblar, incluso después de la anestesia, escuché que el ginecólogo criticaba a quien me atendió en la tarde: “Cómo era posible, para qué hacerme esperar, ese bebé no va a salir por sí solo, la cesárea es necesaria”. En el IMSS, si tu embarazo no es de alto riesgo no conocerás el área de tocología hasta el parto. Allí, no hay acompañante, quien te da apoyo moral, si tienes suerte, es la anestesióloga. No hay contacto físico con tu hijo al momento de nacer, te lo muestran apenas unos segundos, que tal vez no bastan para memorizar su rostro. Solo hay dos incubadoras para los recién nacidos, donde permanecen mientras desaparece el efecto de la anestesia en la madre. Pasado unos minutos me preguntaron si me sentía lista para cargar a mi hija, les dije que no, que mis piernas seguían entumidas, pero no importó, un bebé prematuro de veintisiete semanas acababa de ingresar y necesitaban el espacio. Después de siete horas, pasé a piso. Allí había cuatro mujeres más: tres de ellas habían parido a niñas, y la otra, estaba haciendo todo lo posible para no tener un parto prematuro de menos de veinticinco semanas. Estábamos solas, todas mujeres, madres e hijas, en un espacio hostil. Las enfermeras cada que tenían la oportunidad nos cargaban con comentarios pasivo-agresivos, pero nadie se defendía, no había ánimos, solo la ocasional mirada de compasión entre nosotras. Pasamos dos noches solas; nuestros familiares solo podían entrar en horarios de visita, pues después del COVID-19 prohibieron al acompañante de tiempo completo. Algunas de mis compañeras tenían sed de madrugada, dolor, ganas de ir al baño, pero nadie aparecía. Las horas en el hospital transcurrieron lentas, pero al final cada una pudo irse a su casa, con el cuerpo doliente para comenzar con el rito de la maternidad.

Imagen cortesía de la autora

Andrea Manrique Hernández