

Un elemento característico de la revolución mexicana, sin duda fue el uso de una amplia gama de sombreros, fabricados a partir de hojas palma, pelo de conejo, lana, etc. con grandes copas y alas anchas, estos forman parte de las imágenes más características de ese proceso de nuestra historia. Un caso particular es el de los zapatistas quienes por décadas han sido retratados como campesinos vestidos de manta con grandes sombreros de palma y sus jefes como una suerte de charros-campesinos, con sombreros de estilo similar a los antes mencionados pero de materiales más sofisticados.
Aunque el estado de Morelos en el siglo XIX y principios del XX nunca fue sede de grandes eventos sociales en los cuales se lucieran las últimas tendencias de la moda, principalmente europea, la presencia de sombreros de diferentes formas y tipos era un símbolo de estatus social así como de poder adquisitivo. En Morelos coexistieron sombreros costosos y sombreros económicos, de gala y de diario. Fue un elemento imprescindible para el en su mayoría soleado estado suriano, desde el más acaudalado hacendado hasta el más humilde campesino tenían uno o más sombreros.
A pesar de tratarse de un elemento característico de la cultura de nuestro país, en el sombrero “mexicano” es un crisol de culturas, por un lado la influencia asiática de las filipinas y el tejido de palma para cubrir la cabeza, por otro lado, sin duda está el sombrero español que a su vez recibió la influencia de los sombreros usados por los árabes durante la conquista del Al-Ándalus. Aun cuando se trata de un símbolo de la mezcla cultural, durante el porfiriato se intentó limitar y eventualmente se pretendía eliminar el uso del sombrero de palma entre la población campesina por considerarlo como un símbolo del atraso intelectual. Por ejemplo en 1907, el periódico El Kaskabel, del estado de Jalisco publicaba lo siguiente:
¡GUERRA AL SOMBRERO DE PETATE!
Pesados y grotescos sombrerones que merecen una guerra encarnizada, para extirparlos cuanto antes de la indumentaria de nuestro pueblo. ¿Para qué sirven esas pirámides altísimas y esas enormes faldas arriscadas? Para nada, á no ser que para guardar dentro de la copa, un paliacate colorado y una cajetilla de cigarros, y sobre la falda á guisa de batea, chicharrones, tortillas y otras porquerías.
Una máxima casi inapelable versa que si quieres que algo se vuelva popular, las autoridades deben prohibir su uso. Aunque es cierto que los sombreros amplios de palma o de tipo charro ya eran muy populares en Morelos, no podemos asegurar que su uso incrementó como un desafío ante los intentos de “modernización social” que pretendía el Estado. Sin embargo, lo que no se logró mediante decretos y leyes, el paso del tiempo, el acceso a la información y el intercambio de ideas paulatinamente fue despojando en primer lugar a las elites, pasando por las capas medias, hasta llegar a la base de la pirámide social, del uso de sombreros.

Todavía hasta la década de los 50, no era difícil llegar a algún pueblo morelense y encontrar a hombres de edad avanzada reunidos en plazas y parques, portando grandes sombreros como los vistos en fotos de la revolución. Pero es a partir de entonces que esto comenzó a ser cada vez menos común. Fácilmente podemos hacer un símil con lo que pasó en España con el uso de la boina, la masificación de otros productos como las gorras de plástico, sombreros de palma tipo texanas más baratos y que requerían menos tiempo de elaboración al fabricarse, fue limitando y haciendo obsoleto el uso del sombrero ancho, de piloncillo o de tres telas como algunos veteranos de la revolución le llamaban.
La guerra contra el sombrero de petate iniciada por Porfirio Díaz, a la larga terminó logrando sus objetivos. Hoy día en Morelos, es difícil cuando no imposible encontrar fabricantes de sombreros del tipo de los utilizados durante el proceso revolucionario y parte de la primera mitad del siglo XX. Esto se debe como ya he dicho antes a los costos de fabricación, la nula demanda o bien por la pérdida de conocimientos en su elaboración. A pesar de todo lo anterior, con una resignificación y utilizado para fines totalmente distintos, el sombreo de chinelo de Tlayacapan, sin forros de terciopelo, puede ser circunscrito como el último sombrero morelense similar en aspecto a los usados por los zapatistas, durante la Revolución. Mismo que puede ser conseguido en algunos mercados del Estado. Al momento de escribir esta columna, desconozco si en Morelos aún quedan artesanos o lugares donde puedan encontrarse sombreros iguales a los usados a principios del siglo XX, más allá de los que se venden en las esquinas alusivos a las fiestas patrias.
* Historiador

Sombrero Emiliano Zapata

