

“Mi relación con el cine es la de un
matrimonio mal avenido, no podemos
vivir ni juntos, ni separados. En una época
de pleito con el cine yo dije que había escrito Cien años de soledad contra el cine”
Con respecto a todo lo que tenía que ver con su vida y con su obra, Gabriel García Márquez le dijo a su familia: “Cuando yo esté muerto hagan con ellas lo que quieran”. Ese deseo ante lo inexorable fue un sencillo gesto de sentido común, en alguien que sabía muy bien lo inútil de librar batallas si no se está presente. Los hijos de García Márquez tomaron como una “indicación implícita” esas palabras y dieron el visto bueno para que se filmara la serie Cien años de soledad, en Netflix, que ha desatado un debate desaforado donde las opiniones van de una punta a otra y nadie logra ponerse de acuerdo.
“Nos dimos cuenta de que tarde o temprano alguien la iba a hacer. Si no lo autorizábamos nosotros lo autorizarían nuestros hijos o nuestros nietos, y poco después de eso pasaría al dominio público y la haría quien quisiera como quisiera”, ha repetido una y mil veces Rodrigo García Barcha, advirtiendo que la decisión fue tomada en consenso entre los dos hermanos García y Mercedes, su madre. Qué más da, la serie ya está allí y creo que vale la pena profundizar a partir de sus resonancias.

La condena y la celebración al unísono son algo perfectamente natural, tratándose de una producción basada en una obra que es en sí misma desmesurada y portentosa. Fulminante ha sido Carolina Sanín, una escritora colombiana que se ha pasado buena parte de su vida estudiando, analizando y enseñando Cien años de soledad: “No es bueno para el alma ver esta serie. Mi primer reparo es el daño espiritual… Me dio congoja la reducción que se puede hacer de algo grande. Qué sentimientos de revancha, de venganza quizá, que sentimientos parricidas pudieron llevar a los hijos de García Márquez a vender esto”. La realidad, o la ficción, siempre se percibe dependiendo de donde se esté parado. En este caso, los argumentos de Carolina Sanín provienen de un enojo desbordado para alguien que se ha sumergido en las vastas profundidades de Macondo, en la sutileza y las revelaciones de su lenguaje mitológico.
Es implacable Carolina Sanín: “Esta novela, que trata sobre la alquimia de convertir todo en oro, sigue convirtiendo todo en oro, en el sentido de plata. Esta serie va a dar mucho dinero y esta novela sigue haciendo funcionar su alquimia, al literalmente convertir metales bajos en oro. Esa porquería la va a convertir en dinero, pero ya no hace lo otro que hacia la alquimia: purificar el alma y llevarla a conocer el infinito. Lo que el libro le hace a quien lo lee no lo hace la serie, y con eso vuelvo a lo que decía en el principio: que le hace mal al alma”.
Hay un dejo de purismo en esta desaforada y desbordada crítica, pero es radicalmente opuesta a la manera en que ha sido vista la serie por un público ajeno a la intelectualidad académica, sobre todo quienes ni siquiera han leído Cien años de soledad, y que muy probablemente buscaran su lectura, en el mejor de los casos.
Es verdad que, en innumerables ocasiones, Gabriel García Márquez se negó a que el coronel Aureliano Buendía tuviera el rostro de Anthony Quinn, o Úrsula Iguarán el de Sofía Loren. Pero no sólo tenía aversión a que se fijara un determinado rostro en sus personajes, sino que también consideraba imposible adaptar los monólogos de esos personajes, el manejo del tiempo narrativo o lo intrincado de las generaciones de los Buendía.
Cien años de soledad, la serie, está despojada de ese frondoso y desbordado lenguaje que sólo la lectura puede encontrar. En ese sentido, Carolina Sanín tiene razón al decir que le hace mal al alma, por lo menos a esa alma que habita en los lectores de ciertos libros cuya naturaleza hace imposible llevarlos al cine.
Con cierta cautela, me asomé a los dos primeros capítulos de la serie, y eso me bastó para optar por una salida de emergencia: la relectura de esa portentosa novela, que muy joven me abrió las puertas de la percepción. «Cuando las puertas de la percepción se abran, entonces veremos la realidad tal cual es: infinita», decía el poeta inglés William Blake. Releer Cien años de soledad me hizo valorar de una manera distinta la serie. Me dejó muy claro que llevarla a la pantalla, buscando un equivalente, jamás tendrá una oportunidad sobre la tierra. Y, sin embargo, el desafío de haberlo intentado no es del todo en vano. Recordar estas palabras de García Márquez vienen muy bien a cuento: “Hubo una época en la que el cine me interesaba mucho más que la novela. Creía que era un medio de expresión que permitía llegar mucho más lejos que con la literatura”, a sabiendas de lo que él mismo decía: la literatura es la literatura y el cine es el cine.

Foto de Raúl Silva

