Han pasado cinco años desde la aparición de un brote de neumonía respiratoria en Wuhan, China. Los primeros reportes clínicos describían personas con severas dificultades respiratorias, fiebre y tos seca. Imágenes de los pulmones de estos individuos señalaban daño alveolar progresivo que en muchos casos, los llevó a la muerte. Para finales de enero de 2020, la neumonía respiratoria se había extendido en China y otros países, y el agente biológico causante de la misma se había identificado. Investigadores del Instituto de Virología de Wuhan, obtuvieron evidencias de la presencia de un virus en muestras de trabajadores del mercado de Wuhan con neumonía respiratoria.

El virus denominado SARS-CoV-2, causante de la neumonía, pertenece a la familia de los coronavirus conocidos por causar enfermedades respiratorias en aves y mamíferos. En los humanos, se conocían hasta antes del SARS-CoV-2, el virus del síndrome respiratorio de oriente medio (MERS) que apareció en 2012, y el virus del síndrome respiratorio agudo (SARS), denominado SARS-CoV-1 fue detectado en 2002. Todos ellos son virus con un genoma de Ácido Ribonucleico (ARN), envueltos en una cápsula de proteínas y lípidos. Bajo el microscopio electrónico aparecen como partículas redondeadas con espículas en la superficie, semejando una corona, de ahí proviene su nombre.

Al día de hoy, aunque no dejan de surgir casos de infección, la epidemia está controlada. El SARS-CoV-2 y la pandemia que causó, han sido objeto de más de medio millón de artículos de investigación registrados en la Biblioteca Nacional de Medicina (PubMed). No obstante, hay aspectos del virus y la pandemia todavía poco conocidos e incluso controvertidos. Uno de ellos es el origen del SARS-CoV-2.

Las primeras observaciones señalaron un origen zoonótico del SARS-CoV-2, de modo similar al de otros virus de la familia. Los primeros casos de COVID fueron ligados a un mercado en Wuhan, cuyo comercio se dedica a la venta de especies del mar y otros animales, incluyendo mamíferos, aves y reptiles, algunos de ellos considerados exóticos o en peligro de extinción. Las autoridades chinas documentaron la carencia de medidas sanitarias adecuadas para albergar y comerciar animales en tal mercado. Como consecuencia de la aparición de los primeros casos de COVID, el mercado fue cerrado y descontaminado el primero de enero de 2020. Sin embargo, los trabajadores sanitarios colectaron más de un centenar de muestras ambientales que posteriormente fueron analizadas para la presencia de ADN de SARS-CoV-2. El resultado del estudio, publicado recientemente en la revista Cell, demostró la existencia de SARS-CoV-2 asociado con ADN de ratas, perros, gatos silvestres, y mapaches. Esto sugiere, pero no prueba, que estos animales podrían ser hospederos intermediarios del SARS-CoV-2 antes de pasar al humano. Otro conjunto de evidencias recabadas en distintos animales señala que los murciélagos y el pangolín alojan coronavirus muy parecidos al SARS-CoV-2. Dichos coronavirus son poco eficientes para para infectar células humanas y tienen escasa posibilidad de propagarse en humanos. Esto se debe a que tienen poca afinidad hacia posibles receptores en las células humanas. Si el SARS-CoV-2 se originó en estos animales, tuvieron que suceder múltiples pasos de mutación, recombinación y adaptación al ser humano. Aunque esto es posible desde el punto de vista evolutivo, no hay evidencia de coronavirus en un estado intermedio entre los aislados silvestres y el SARS-CoV-2 hasta ahora estudiados.

Por otro lado, algunos científicos han argumentado que el origen del SARS-CoV-2 se debió a un fuga accidental de una variante recombinante bajo estudio en el Instituto de Virología de Wuhan. Si bien la teoría del origen zoonótico carece de evidencia científica directa y presenta ciertas limitaciones, la hipótesis de una fuga del virus resulta aún más complicada de sostener. No obstante, esta última ha tenido un mayor impacto en la prensa y redes sociales, y ha sido objeto de manipulaciones políticas con motivaciones poco claras. Recientemente, la Agencia Central de Inteligencia (CIA) afirmó tener evidencia —que no presentó— en apoyo de la teoría del escape del virus. Con un enfoque más riguroso, algunos científicos han señalado la presencia de una inserción en la proteína de las espículas, que facilita el reconocimiento de las células humanas. La repetición de ciertos aminoácidos en esta región podría parecer atípica; sin embargo, estudios comparativos han demostrado que la composición y la inserción de segmentos en las proteínas de los coronavirus no son tan raros.

La difusión de teorías sin fundamento en redes sociales, tanto por parte de gobiernos como de individuos —con o sin bata de laboratorio—, contamina el debate, distorsiona la información y dificulta la comunicación de las evidencias científicas obtenidas en los laboratorios. Es posible que nunca conozcamos con certeza el origen del SARS-CoV-2, pero la ciencia ha reunido un sólido cuerpo de pruebas que apuntan a un origen zoonótico. Lo más sensato es centrarnos en la preparación para futuros brotes similares con la ayuda de los antecedentes científicos que nos ha dejado esta última pandemia.

PS. La pandemia del COVID 19 no se olvida. Una pregunta del biólogo y profesor Manuel Mancera, me hizo escribir esta nota, muchas ¡gracias!

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Víctor Manuel González