


La película Llovizna (1978) de Sergio Olhovich nos presenta una mirada de la estigmatización de las lenguas originarias en México. El filme se desarrolla en el horizonte del proyecto de nación que pretendía llevar su versión de ‘civilización’ a cada rincón del país, con el supuesto de que la educación implicaba una centralidad de la lengua castellana y con la directriz educativa en el nivel básico que ordenaba la negación del perfil indígena y de sus manifestaciones culturales, y de las lenguas originarias que fueron perseguidas en nombre del progreso y la civilización. Uno de los protagonistas de ese proyecto fue Rafael Ramírez Castañeda, quien fue enarbolado durante la hegemonía de partido único en nuestro país, principalmente su libro Cómo dar a todo México un idioma (1925), obra escrita bajo la lógica positivista que se había consolidado en nuestro país desde la dictadura porfirista y que pretendía borrar nuestra diversidad lingüística.
Dentro del filme, el narrador en primera persona nos conducirá a través del laberinto del miedo y la indiferencia, in foro interno, como si se tratara de una aventura de confrontación del hombre citadino con sus propios demonios, es decir, con la otredad constituida desde su posición cultural hegemónica.
Desde la violencia estructural que condiciona la posibilidad de lo que se narra, es decir, una axiología asimétrica ciudad-campo, hombre de ciudad-hombre indígena, burócrata-campesino, hombre civilizado-hombre salvaje; hasta una violencia física que se matiza a través de la presencia del arma de fuego. Llovizna nos permite explorar una amplia gama de formas de lo violento, en esta ocasión el caso de la violencia lingüística, es decir, la confrontación de una lengua hegemónica contra una subalterna, así como los efectos de dicha confrontación en términos de la construcción de un marco cultural donde unas y otras adquieren sentido.
La violencia lingüística se manifiesta como la negación de la palabra a un interlocutor, la negación del sentido que traslada dicha palabra para imponer otro que no le corresponde. Así, podemos caracterizar la actitud indiferente del mestizo mexicano frente a las lenguas originarias en general. Dicho de otro modo, la posición de sujeto enunciador y eje de la narración están determinadas por la lengua castellana. Su universo semántico será impuesto como barrera y racero de la lengua sometida y culturalmente despreciada, veremos que la lengua indígena no vale nada, y así, llevada a su mínima expresión, es portadora de un estigma que marca la subjetividad de los hablantes, los sataniza y los convierte, una vez más, en el alter ego de la lengua oficial.
No está en juego solamente la dificultad de subtitular la película en aquellos momentos donde interviene la lengua náhuatl. Nada de eso. Mi supuesto es que en este caso no se incluyeron subtítulos para mantener el carácter desconocido, salvaje y amenazante de la lengua náhuatl frente a espectadores hispanohablantes que, si bien saben de la presencia de lenguas originarias en México, difícilmente las conocen y mucho menos tienen independencia y fluidez en ellas. Me gusta pensar en un efecto narratológico que no ha sido considerado en su justa dimensión, pues la historia gana en tensión e intensifica la sensación de peligro a través de esta situación.
De tal forma, la necesidad de sutura del personaje y de los espectadores es enorme, pues son llevados a completar el sentido de los diálogos en náhuatl con los prejuicios que durante años han pesado en contra de la población indígena. Recordemos que el efecto de sutura señala una falta fundamental, es decir, del significado de las palabras pronunciadas por los indígenas, la brecha es tan grande y profunda que el personaje siente dolor, desespera, casi se vuelve loco por no saber qué rayos están diciendo “esos malditos indios”.

Debido a la búsqueda frenética de sutura, nuestro personaje se perderá en el espesor de los mundos abiertos por su miedo, su odio y sus prejuicios; ya que, si el personaje y el espectador de la película no conocen la lengua, estarán en incapacidad de darse cuenta qué es lo que dice cada uno de estos indígenas en los diálogos. A manera de ejemplo, tomemos el diálogo de su encuentro en la carretera donde la camioneta del protagonista se ha atascado (29:30), donde los albañiles dicen: “xiquilhuili in teh, Xiquilhui… (dile, dile tú) Patrón, llévenos por favor, …solo semos albañiles, ximotzocuilli mocamatzi notatzi (cállese tantito papacito) Matehuica… Ahmo ximocalaqui, tehuatzi Tatzi ximocahuilli incuac quichiuah, ¿lo ayudamos patrón? ¿lo ayudamos? (Vámonos, no se meta usted papacito, pobrecito, usted quédese aquí en lo que hacemos…)” A lo que el protagonista responde mientras corre por la lluvia “Empujen”, los albañiles corren y dicen… “Nepa, tiahue, ticchicahua.” (allí, vamos, vamos con fuerza) En este contexto, una ayuda resulta una amenaza, condición que es explotada a su máximo expresión, pues el protagonista recibe las palabras como golpes, retrocede y desborda los ojos lo que dejará todo dispuesto para que dentro de la camioneta se desate su paranoia. Así, a través de un náhuatl deformado y sin norma, se intensifica el efecto de misterio, el peligro y el salvajismo provocado por la presencia de los indios y por sus interlocuciones indescifrables para el protagonista y para los espectadores.
En su conjunto, prejuicios y violencia lingüística, conforman el cóctel que termina con la tranquilidad de nuestro protagonista y lo llevan a sufrir la euforia de un viaje al borde de la locura y el terror. De tal forma, metidos en esa encrucijada, Sergio Olhovich, nos presenta una de las formas más frecuentes de negar la presencia del indio, de escuchar su voz, sí, pero cancelando su sentido.
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Nahuatlato, Profesor de Tiempo Completo del Colegio de Morelos. ↑

