Fernanda Isabel Lara Manríquez*

Esta columna quincenal abordará diferentes sucesos y relatos de vida, todos vinculados a combates en el ring (principalmente boxeo) y a combates en la arena de lo social. Se tocarán temáticas relacionadas a pueblos originarios, pueblos originarios urbanos de CDMX, defensa del territorio, religiosidad popular, rituales y creencias asociadas con el agua, historia y autonomía política indígena, injusticias de género, marxismo, y finalmente, reflexiones sobre nuestra Abya Yala y la continuidad de relaciones coloniales.

Fernanda Lara, quien escribe esta columna, es Socióloga, Maestra en Estudios Regionales y Doctora en Estudios del Desarrollo. Problemas y Perspectivas Latinoamericanas. Escribe con el corazón, abajo y a la izquierda. Ha acompañado algunas luchas de pueblos originarios, es aficionada a la práctica del boxeo y a los movimientos sociales, y ha escrito también en Desinformémonos y La Izquierda Diario. Aquí mi primera colaboración para La Jornada Morelos.

“Rosa ‘La Roja’: ser mujer, marxista, investigadora y militante de izquierda”

El pasado 15 de enero se cumplieron 106 años del asesinato de la economista marxista polaca Rosa Luxemburgo. Su asesinato ha sido reconocido como uno de los feminicidios más dolorosos y cruentos de la historia del machismo global. Antes de este hecho fue sujeta a diversas formas de represión y violencia de género, incluso por parte de aliados al marxismo y no sólo por hombres de derecha.

Rosa Luxemburgo. Licencia Creative Commons.

En una carta escrita por Paul Levi el 23 de septiembre de 1921 dirigida a Clara Zetkin (compañera de lucha e íntima de la rosa roja), anuncia que un deber actual es el de “analizar los más profundos orígenes de los errores de los rusos precisamente en lo ideológico, y mostrar cómo estas fallas provienen de una interpretación leninista, contra la cual luchó Rosa Luxemburgo hace unos 20 años […]”. A lo largo de dicha carta, Levi hace el señalamiento de la lectura injusta que sobre el trabajo de Rosa hizo Lenin, así como del constante ninguneo hacia su trabajo teórico, intelectual y político.

A 106 años en que una de las mujeres más brillantes en la historia de la teoría marxista fue víctima del más grave grado de violencia de género, el feminicidio, varias mujeres que se dedican al mismo trabajo y a la investigación social siguen viviendo diversas manifestaciones de machismo asociadas al cuestionamiento de sus desarrollos teóricos por el hecho de ser mujeres.

Lo anterior no es solamente una cuestión cuantitativa sino de profundidad cualitativa, es decir, de imaginarios sociales y percepciones que saltan a los sentires cuando las mujeres expresamos nuestras ideas en seminarios académicos y se nos ignora o se nos plagian nuestras ideas. También cuando hacemos trabajo de campo, experiencias que abundan.

Durante los procesos de investigación social empírica, se pueden rescatar varios ejemplos, uno de ellos es cuando se realiza entrevistas, principalmente a hombres, sobre todo de edad avanzada. La violencia machista se manifiesta en acoso y coqueteos invasivos mientras se está trabajando, o cuando se trata de grupos focales en donde la mayoría de los integrantes son hombres y sólo la investigadora es mujer, ésta plantea las preguntas, y el entrevistado contesta mientras mira a los ojos de los hombres presentes, ignorando así a la mujer que pregunta.

Otros casos que se han registrado también demuestran el condicionamiento de entrevistas a salir a cenar o comer con quiénes se desea entrevistar. La situación es la misma cuando se realiza trabajo etnográfico bajo el cual hay que vivir diversos comentarios, miradas y acercamientos incómodos. Este tipo de injusticias epistémicas suman más retos a las complejidades asociadas al trabajo de campo, cuestiones que los varones investigadores casi no viven.

La edad de la investigadora suele ser un objeto de “duda” machista hacia su trabajo. Esto también ha ocurrido durante investigaciones en pueblos originarios, en donde no siempre, pero si más frecuente de lo que se pensaría, los adultos mayores cuestionan los saberes de las jóvenes investigadoras y toman por sentado los conocimientos de sus iguales varones. Frecuentemente se escucha: “si no vinieras acompañada te trataría diferente”, y así, en lo cotidiano del trabajo de quienes hacemos investigación y somos mujeres los riesgos se recrudecen en escenarios con conflictos sociales.

El dudar del conocimiento de una mujer por el hecho de ser mujer sigue siendo una práctica recurrente pero que a su vez ha generado redes feministas que no dependen más de la legitimación masculina del saber, sin embargo, hay que estar alertas de no terminar relegadas en el espacio académico a investigar temas de género únicamente, sino ocupando lugares en la ciencia que nos han sido negados históricamente, y ocuparlos desde las epistemologías feministas contrahegemónicas.

*Socióloga

La Jornada Morelos