La identidad de un estado se construye con objetos significativos, los que le dan forma a las historias, a los anecdotarios familiares, vecinales y comunitarios con los que poco a poco se construye algo mucho más sólido, eso que conocemos como la historia regional. Esto tendría que ser un conocimiento elemental para cualquiera que aspire a administrar una ciudad o gobernar un territorio, pues en gran medida tocará a estas personas la responsabilidad de custodiar, por lo menos, o en el mejor de los casos enaltecer esos símbolos y las historias asociadas a ellos que nos dicen quiénes somos y todo lo que nos importa.

Entre la arrolladora modernidad, el grosero vandalismo y la imperdonable indolencia de muchos de sus gobernantes, Morelos se había acostumbrado a perder objetos y espacios que constituían mucho más que cosas cotidianas. Muchos atribuyen las omisiones de las autoridades en la conservación del patrimonio a la falta de oriundez. Los ejemplos recientes más evidentes son los de los exgobernadores, Graco Ramírez Garrido y Cuauhtémoc Blanco Bravo, el primero nativo de Tabasco y el segundo de la Ciudad de México, durante cuyas gestiones Morelos perdió una gran parte de su memoria e identidad. La desidia que mostraron ambos respecto a la conservación y recuperación del patrimonio histórico resultó evidente en el abandono del monumento a José María Morelos y Pavón que marcaba la entrada norte del estado. El abandono mostrado por ambos fue un síntoma del “oscurantismo cívico y político” que prevaleció los últimos doce años en Morelos.

Graco Ramírez trazó una política cultural con vigor aparente; pero lejana a la tradición morelense. Cuauhtémoc Blanco ni siquiera hizo el intento. En efecto, sus periodos fueron de erosión grave en la memoria de Morelos y sus habitantes. Doce años de no encontrarnos en prácticamente ningún sitio, en casi ningún objeto.

Pero hay elementos para asegurar que la falta de oriundez no es, necesariamente, el origen de los descuidos gubernamentales. El esplendor del Casino de la Selva, un icono turístico, cultural y social de Cuernavaca, aunque había estado apagado por años fue condenado al total olvido por la administración de Sergio Estrada Cajigal, cuya raigambre (y la de toda su familia) en la ciudad y el estado es innegable. Alcaldes, diputados y gobernadores han contribuido por acciones u omisiones en la pérdida de muchos elementos de nuestro patrimonio cultural.

La identidad de un territorio permite la unidad, es un elemento básico para la convivencia pacífica, para el trazo de objetivos comunes, para la construcción de la paz y el desarrollo de cualquier región. Por eso es tan relevante el esfuerzo que la administración de Margarita González Saravia en el gobierno de Morelos ha emprendido por la recuperación de los elementos simbólicos del estado. No se trata solo de cosas, estatuas, bailes, vestidos, carnavales, edificios, sino de elementos que nos dan historia, que hacen nuestra patria chica.

Encontrar los espacios donde nos reconocemos es fundamental para construir los reencuentros que nos fueron negados por doce años. El monumento a Morelos, si bien la más grande e importante de las piezas de identidad que se van recuperando, está en la lista de elementos (algunos de ellos rituales como los honores a la bandera en las plazas; otros simbólicos, como la apertura del Palacio de Gobierno, o la difusión intensiva de las fiestas populares) que poco a poco nos devuelven los recuerdos, esos pequeños elementos con que construimos nuestra memoria.

La Jornada Morelos