

Los universitarios trepadores: de los libros al poder
En su discurso de ingreso a El Colegio Nacional en 1984 titulado: «Imprenta y vida pública», el ingeniero poeta Gabriel Zaid da cuenta de que existe en nuestra cultura una vieja tradición que ve en los libros una especie de alejamiento y contemplación del teatro del mundo, de los circuitos del poder, de las corruptelas del dinero. En su libro La República, Platón, ve con desprecio a los políticos, a los soldados, a los comerciantes y, en general, a todos los que se limitan a sus personales intereses individuales, estrechos y mezquinos, en vez de dedicarse a la contemplación última de las cosas. Zaid dice que Platón:
Considera que los únicos que en verdad merecen el poder son los contemplativos, aunque prefieran apartarse al estudio limpios, de iniquidad y de crímenes, porque es la sociedad enferma la que debe buscar al médico de sus males, y no está bien que el piloto ruegue a la tripulación que le entregue la dirección del navío…[1]
A partir del surgimiento de la imprenta, la lectura y los lectores crecieron y se multiplicaron como los panes y los peces del milagro en la montaña. La imprenta hizo crecer como nunca al público lector, lo cual permitió gradualmente cambiar la correlación de fuerzas en las relaciones del saber con el poder. Con la multiplicación de los libros y la prensa se fue extendiendo la tribu invisible «de los que si saben cómo resolver los problemas». Los profesionales universitarios de todas las especialidades crecieron, y con ellos se multiplicaron por miles los aspirantes al poder.
Hay una vieja creencia, que afirma, que es posible pasar de los libros al poder, y por supuesto, a todos sus privilegios. Se abre así otra vertiente distinta a la de los platónicos lectores contemplativos. De esta forma el ascenso de los universitarios al poder parece la cosa más legítima del mundo, a diferencia del ascenso por vía del parentesco, la nobleza, la edad, la propiedad, la fuerza o la suerte. La vía universitaria asegura que es el saber el camino para detentar el poder, aunque lo importante sea la libertad. Creció y sigue creciendo la tribu invisible de los universitarios, la clase social de los que no tenemos conciencia de ser una clase social. Los universitarios sueñan con pasar de los libros al poder y empezar de este modo el proceso de acumulación de capital curricular, útil para trepar en las estructuras de los organisaurios burocráticos controlados por universitarios. Dice Zaid:
Las tribus universitarias se extienden por el planeta y lo van dominando, no porque tengan una conciencia cínica, sino porque no la tienen: porque sinceramente creen que su dominación es un servicio en beneficio de todos.

Las tribus de los universitarios progresistas encabezan la oferta del progreso improductivo, digital y ecocida. Podemos afirmar junto con Iván Illich —de quien Zaid es uno de sus más atentos lectores— que la escuela, y la universidad como su culminación en la pirámide educativa, han llegado a ser la religión del proletariado moderno. La cultura del progreso es el evangelio predicado por la tribu de los universitarios progresistas. Quienes se ven a sí mismos como los encargados de predicar y extender el dogma del progreso moderno. Apunta Zaid en primera persona del plural:
No son los arios, ni los proletarios, ni los cristianos, ni los occidentales los que imponen su ser, como modelo culminante de la humanidad: son los universitarios, la gente de libros. Platón se sonroja, titubea, pero finalmente dice que la humanidad debe ser como Platón […] Damos por supuesto que somos una bendición para la humanidad, y hasta nos parece de mal gusto examinar nuestros intereses particulares: Lo natural es que los reflectores se dirijan a lo otro: lo mucho que necesita examen, esclarecimiento, dirección, ayuda, por su propio bien […] Por eso es de mal gusto que, al discutir el interés universal de la humanidad en el progreso, se discuta nuestro interés particular: el hecho indiscutible de que somos las únicas personas preparadas para entender y dirigir el progreso de los demás.[2]
En su Atenea política de 1932, Alfonso Reyes veía en el mundo un paulatino advenimiento al poder de las clases universitarias. Ese ascenso de clase y de función lo disfrutan aún más cierta clase de estudiantes universitarios que no necesitan leer ni estudiar, más aún que se organizan para no leer. «Hablamos de estudiantes que no estudian —o que estudian poco—y que practican una política de bandas y de tráfico de influencias en las que se alternan deporte y delito, política y crimen.» Sexo, drogas y Rock&Roll que no pueden faltar entre los jóvenes universitarios. Comenta Adolfo Castañón en su libro: Algunos giros para Gabriel Zaid, (2024) que presentaremos el viernes 24 de enero a las 17:00 horas en el auditorio de El Colegio de Morelos.
En «Imprenta y vida pública» remata Castañón en su breviario sobre Zaid, se presentan los rasgos ideales de un oficio, el del quehacer cultural independiente. El oficio de aquel que se esmera no por el poder de dominar a los otros, sino por el poder dominarse a sí mismo.
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Memoria de El Colegio Nacional, Tomo X, número 3, 1984, p. 110. ↑
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Zaid, Gabriel, Crítica del mundo cultural, T. 3, El Colegio Nacional, México, 1999, p. 321-324. ↑

