La muerte es una posibilidad real para todas y todos. De hecho, se trata de las pocas certezas que tenemos en la vida. Sin embargo, existen ciertas experiencias que la vuelven más cercana. Así sucedió con las y los militantes guerrilleros de las décadas de 1960 y 1970, quienes ⎯al tomar las armas como forma de expresión política⎯ tuvieron a la muerte como una constante íntimamente ligada a su cotidianeidad.

En el marco de la militancia guerrillera, la muerte adquirió significados específicos. Por ejemplo, en la disposición tanto de entregar la vida en la búsqueda de un ideal —en este caso la instauración del socialismo mediante la lucha armada—, como también en la disposición de quitarle la vida a alguien más. En ese sentido, la muerte no era un hecho meramente biológico, sino un evento cargado de significados que buscaban justificar y dar sentido a luchas políticas y sociales.

Ricardo Melgar Bao, quien fuera investigador del Centro INAH-Morelos, hace un análisis sobre lo que llama “simbolización y ceremonialización de la muerte” en el imaginario guerrillero latinoamericano (publicado en el primer tomo del libro Movimientos armados en México, siglo XX, editado por El Colegio de Michoacán y el CIESAS). El autor destaca cómo, en el contexto de las organizaciones guerrilleras, se desarrollaron procesos rituales de iniciación, combate y muerte, donde —en algunos casos— esta última era “trascendida” bajo ideas de permanencia y una “mitología del renacer”.

Quizá el ejemplo más emblemático de este fenómeno es el caso de Ernesto “Che” Guevara, quien, desde su muerte (el 9 de octubre de 1967), se convirtió en un símbolo universal de la lucha revolucionaria. La figura del Che marcó una narrativa de sacrificio que inspiró a diversas generaciones de militantes, la cual claramente trasciende países y generaciones para dar sentido a luchas diversas, aún hoy en día. En el caso mexicano, personajes como Lucio Cabañas y Genaro Vázquez también han adquirido un lugar destacado en los imaginarios de las izquierdas mexicanas (aunque lo dejo sólo apuntado, no es así con dirigentes de organizaciones que combinaban la guerrilla rural con la urbana o se concentraban sólo en la segunda).

Siguiendo las reflexiones de Melgar Bao, había imaginarios guerrilleros que representaban la muerte como un destino deseado, ya que otorgaba a los caídos un carácter heroico. En ese proceso entraban en disputa los significados atribuidos a cada deceso. Para las fuerzas del orden, las muertes de las y los guerrilleros eran justificadas bajo el argumento de defender el “orden público” y combatir la “amenaza” del comunismo. Para las guerrillas, las muertes de sus miembros eran exaltadas como actos de entrega y sacrificio en la lucha por una sociedad más justa. En ambos bandos solía haber interpretaciones que justificaban las muertes de sus enemigos en combate, aunque cada uno utilizaba sus propios argumentos.

Los homenajes a las y los caídos cumplen una función especial dentro de esa idea de la muerte como un lugar deseado. Tales homenajes se convierten en momentos claves para reforzar la narrativa de lo justo y apropiado de la causa revolucionaria. Sin embargo, no siempre había uniformidad al interior de las mismas organizaciones guerrilleras sobre la legitimidad de ciertas acciones violentas; hubo, por ejemplo, debates internos sobre cuándo era correcto “ajusticiar” a civiles o miembros de las fuerzas del orden, algo que suele ser pasado por alto tanto en publicaciones académicas como de divulgación sobre estas temáticas.

De esta forma, es importante reflexionar al respecto desde un análisis cultural que permita esclarecer no sólo los argumentos en torno a la violencia política, sino también el entramado simbólico que los sostiene. Tal enfoque ayuda a revelar las complejas tensiones y disputas de sentido que rodean las muertes en contextos de lucha armada y, sobre todo, cómo impactan en el presente.

Esto es especialmente relevante en un país donde las violencias son una parte muy importante —¡y dolorosa! — del día a día, además de que sus significados continúan siendo materia de disputa. Creo que habrá poco debate si afirmamos que la violencia (junto con la desigualdad) es el principal problema del país. Con todo y que la violencia revolucionaria y la criminal presentan muchas diferencias entre sí (para empezar, de objetivo), una mirada al pasado puede ayudarnos a comprender cómo enfrentan y narran las sociedades contemporáneas sus propias violencias.

*Profesor de Tiempo Completo en El Colegio de Morelos. Doctor en Estudios del Desarrollo por el Instituto Mora.

Imagen generada por Inteligencia Artificial / Cortesía del autor

Cuitláhuac Alfonso Galaviz Miranda